ログインUma semana antes da nossa cerimônia de marcação, eu disse a Ethan Stormwind que queria terminar com ele durante a festa de um amigo dele. Todos riram. Todos sabiam que, nos últimos seis anos, o objetivo da minha vida tinha sido me tornar a sua marcada Luna. Faltando apenas uma semana para a cerimônia, como eu poderia querer terminar? Até Ethan achou que eu estava sendo irracional. — Só porque eu preciso levar Selene ao curandeiro para o retorno no dia da nossa cerimônia, você está fazendo birra querendo terminar? — Nós dois somos adultos. Dá para agir com mais maturidade? Você pode simplesmente remarcar a cerimônia. Por que insiste exatamente nesse dia? Eu não tenho tempo para seus joguinhos de ciúme. Eu apenas assenti em silêncio. Sim, algo precisava mudar. Mas não era a data da cerimônia. Era ele. Eu iria aceitar a marca de outra pessoa.
もっと見るMi esposo estaba teniendo sexo con otra mujer en nuestra habitación.
Podía escucharlos. Los gemidos, las risitas descaradas, el golpeteo constante de la cabecera de nuestra cama contra la pared. Ni siquiera se había molestado en cerrar la puerta bien, como si no le importara el hecho de que yo lo descubriera. —¿Lo hago mejor que tu esposa? —gimió la pelirroja a la cual reconocí de inmediato. Era su secretaria, Amelia Thomson. Esa mujer que siempre actuaba tan regia, elegante, que me miraba con gesto de superioridad. No podía apartar los ojos de la escena que se reproducía en cámara lenta frente a mí. Theodore, el hombre con el que me casé por obligación, tenía los pantalones abajo, embistiendo a la pelirroja, cuya falda estaba enrollada en su cintura. —No hables de esa inválida mientras te follo —gruñó, sin dejar de acometer contra la mujer. Las palabras me atravesaron como cuchillos. Inválida… A eso se había reducido mi vida estos últimos dos años. Antes era una joven con el sueño de ser modelo, pero se me fue arrebatado el día de nuestra boda. Una boda que yo no quería. Ese día hubo un atentado contra la familia King; los hombres armados irrumpieron, atacaron y una de las balas impactó en mi columna, llevándose consigo la movilidad de mis piernas, anclándome a una silla de ruedas a la corta edad de veinte años. Dos años después: He pasado por dos cirugías de alto riesgo y alto costo, pero mis piernas seguían sin responder. Necesitaba una tercera cirugía de reconstrucción. Era mi última oportunidad. El doctor dijo que si esto no funcionaba, ya no podría volver a caminar. Apreté las manos en el reposabrazos hasta que mis nudillos palidecieron. Estaba en esta maldita silla de ruedas por su culpa. Por culpa de su familia y la mía. Yo no quería este matrimonio, pero mi padre me obligó. Su empresa estaba cayendo y los King estaban al acecho. Un apellido muy adecuado para quienes se sentían los Reyes del país. Al principio no me preocupé, porque tenía a Maximilian King; el hermano mayor de Theodore. Había prometido que se casaría conmigo. Siempre estuve perdidamente enamorada de él. No, no solo enamorada. Lo amaba y él me amaba a mí. O… eso pensé. Pero cuando más lo necesitaba, me destruyó el corazón. Él era el único en quien confiaba de esa familia y me decepcionó. —No me casaré contigo, Vienna —El recuerdo de ese día me perseguía como si hubiera sido ayer. Las palabras habían sido pronunciadas con tanta frialdad que, por un segundo, no lo reconocí. Sus ojos azules oscurecidos—. Solo fuiste un entretenimiento para mí. Fuiste una distracción agradable mientras duró, pero los negocios no se construyen a base de sentimentalismos baratos. Ese rechazo marcó un antes y un después en mi vida. En especial, porque nunca pude decirle todo lo que pensaba, gritarle por la forma en que me lastimó… Porque al poco tiempo, se marchó. No solo de mi vida, sino de la de todos. Desapareció del país sin dar ninguna explicación. Sin embargo, era obligada a escuchar su nombre en todos lados. En las noticias, en la radio, en las redes sociales. Estaba triunfando en el extranjero, creando su propia fortuna, su propia empresa. “Un King empezando desde cero”, “El heredero de la fortuna King decidió emprender sin el apoyo económico de su familia”, “Maximilian King se convierte en el soltero más codiciado del continente europeo”. Y yo… tuve que quedarme, atrapada entre ambas familias. Al final, como ganado, los King me entregaron a su hijo menor, quien me aceptó. A nadie le interesaba lo que pensara, solo querían a una mujer que engendrara como yegua y poder seguir con el distinguido linaje King. Pero terminé defectuosa el mismo día de nuestra boda, después de decir “Acepto”, y ahora estaba atrapada en esta familia infernal que me trataba como un estorbo. —Theodore —susurré. La mano me temblaba al terminar de abrir la puerta. Antes era considerada una mujer muy atractiva, que atraía la atención de mujeres y hombres por igual. Todos me decían lo hermosa que era, halagaban mi porte, la forma en que me desenvolvía y eso me daba la confianza que necesitaba para querer cumplir mi sueño de ser una modelo exitosa pese a que mi padre lo desaprobaba. Pero todo eso se esfumó con el atentado. Ahora solo recibía miradas de compasión por mi incapacidad o de desprecio de aquellas personas que consideraban que arruiné el linaje tan preciado de los King, que me había convertido en una carga. Ya no había halagos, ya no me desenvolvía y ese sueño… murió. La Vienna Harlow que algún día estuve orgullosa de ser, ya no estaba. Ahora solo era un fantasma de lo que fui. Vienna King; la esposa defectuosa. —¡Theodore! —Me atreví a decir un poco más fuerte. El hombre de ojos negros giró la cabeza con lentitud, atreviéndose a verme. Continuó bombeando en su interior, sin sobresaltarse por mi presencia. —¿No piensas parar? —La voz me temblaba. Mis manos se cerraron con fuerza alrededor de los reposabrazos—. Estoy aquí. Soy tu esposa. Casi se río por la mención de mi posición. Su apellido ahora era el mío, legalmente. Pero no he cumplido mi papel de esposa. Los King me hicieron a un lado apenas el doctor les informó mi estado físico hace dos años. Mi vientre aún podía concebir, pero el asco que le provocaba a Theodore tener que estar con una inválida fue suficiente para que sus padres entendieran que yo era una inversión fallida que los perseguiría, ya que su familia no cree en el divorcio. Más que mi corazón, era mi orgullo el que estaba siendo herido hasta hacerlo sangrar. Porque yo había puesto empeño en ser una buena esposa, había intentado adaptarme a esa vida que no elegí, había tratado de encontrar un lugar en esa casa, de ganarme aunque fuera un poco de respeto. Y todo lo que obtuve fue que me pisotearan. —Al menos deberías disfrutar el espectáculo, es lo más cerca que estarás del sexo en tu vida ya que no pienso tocarte —Jadeó con su tono despectivo al que ya estaba acostumbrada. Sus palabras mordaces eran algo a lo que estaba acostumbrada, después de todo, no tenía reparo de burlarse de mí frente a sus padres o sus conocidos. Aunque era la primera vez que se atrevía a engañarme. Dio uno que otro golpeteo antes de gruñir contra el cuello de su secretaria. Los ojos de Amelia jamás me abandonaron. En lugar de lucir extasiada o complacida, casi parecía alardear ante mí. Como si su objetivo principal fuera mi humillación. Él se apartó, jadeando, cerrando la cremallera de su pantalón. —Eres un desgraciado —dije con la mandíbula apretada—. Engañarme de esa manera, cuando tu familia podría verte. Deberías tener un poco de vergüenza y no comportarte de esa forma en este lugar. Al menos respeta este matrimonio. —¿Engañarte? —Se burló, acomodándose la camisa mientras su secretaria se bajaba la falda—. Este matrimonio fue una transacción, un negocio. No hay amor en juego, ni sentimientos. Puedo follarme a todas las mujeres que quiera y tú no puedes decir nada. —¡Sigo siendo tu esposa! ¡Me debes respeto! —No pude evitar gritar, soltando toda esa rabia que tenía alojada en la garganta, que me quemaba por dentro. Pero no era rabia por celos, era rabia por haber desperdiciado dos años de mi vida intentando ser buena esposa para un hombre que nunca lo valoró. Por haber cocinado, sonreído, acompañado y callado cuando lo único que merecía era desprecio. —¡Y tú me debes un heredero que jamás me darás porque no pienso tocarte en lo más mínimo! —Contratacó con fuerza. Su mandíbula apretada—. Cuando tus padres te ofrecieron para convertirte en mi esposa, no dudé en aceptar porque estabas completa, funcional. Eres una mujer atractiva y hermosa, pero, ¿de qué me sirve eso si no puedes mover las caderas? Si pareces una muñeca de trapo, un cascarón vacío. Ningún hombre querría estar con una mujer rota como tú. Tragué saliva, sintiendo el escozor de sus palabras penetrando mi piel, destruyendo la poca confianza que me quedaba. Pero no era la primera vez que me decía algo así. Lo que dolía era saber que, a pesar de todo, yo seguí intentando. Seguí tratando de ser la esposa que él necesitaba, de adaptarme a esa vida, de encontrar algo bueno en medio de tanto desprecio. Y solo conseguí que me escupieran en la cara. En esto se había basado los últimos dos años de mi vida. En desprecio y humillaciones, pero ya no podía soportarlo. Ya no quería seguir viviendo de esta forma, dejando que esa familia se alimentara de mi sufrimiento. —No pienso quedarme en un lugar donde no me respetan —hablé con convicción, retrocediendo en mi silla de ruedas ya que no planeaba malgastar mi tiempo con esa basura—. Me divorciaré de ti, Theodore King. Me adentré al pasillo, tratando de disolver el nudo que cubría mi estómago, pero era imposible. La bilis subía por mi garganta. Había intentado tanto, había dado tanto de mí para que funcionará… De pronto, un fuerte golpe me tiró al suelo, volcando la silla de ruedas. El ruido del metal impactando contra el mármol fue estridente, el reposabrazos se clavó en mis costillas, sacándome un alarido. —Levántate y vete tú misma, si tanta dignidad tienes —dijo desde arriba, pisando la rueda de mi silla. Una manera cruel de mostrarme dónde estaba él en la jerarquía y dónde estaba yo: en el suelo—. Ah, no, espera. No puedes. Cerré las manos en puños, sintiendo la impotencia golpear mi pecho. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero me esforcé para no derramar ni una en su presencia. Theodore se puso en cuclillas, sujetando mi mandíbula con el pulgar y el índice, obligándome a mirarlo. Su tacto me producía asco. —Escucha bien, Vienna. Sabes que hay una cláusula que te prohíbe divorciarte de mí. Tú no puedes pedir el divorcio. Tú no puedes pedir nada. Tu familia sigue dependiendo de los King. Y tu cirugía, esa tercera operación milagrosa que esperas que te devuelva las piernas, la paga mi padre. Si quieres volver a caminar, vas a comportarte como una buena esposa invisible. ¿Queda claro? No respondí. Sin embargo, el labio inferior me temblaba y eso fue todo lo que necesitó para sonreír victorioso, tomando mi silencio como un triunfo. Porque sabía que estaba contra las cuerdas. Había firmado un acuerdo prenupcial antes de casarme. Pero no era un acuerdo normal, era uno donde me prohibía solicitar el divorcio. Él sí podía, pero por más que decía que me odiaba, no buscaba divorciarse de mí. Él se alejó, sus pasos resonando en el mármol hasta que desapareció detrás de la puerta de nuestra habitación, cerrándola con fuerza, encerrándose con su secretaria mientras a mí me dejaba tirada en el suelo. Sola en aquel pasillo, permití que las lágrimas se derramaran por mis mejillas. Me giré con dificultad, sintiendo el dolor en mi costado, mas lo ignoré. Tiré de la silla, pero se me hacía imposible enderezarla. Apreté los dientes, la frustración llenaba mi pecho. Sin poder evitarlo, golpeé la rueda con todas mis fuerzas. ¡Lo odiaba a él! ¡Odiaba lo que me hizo! Pero más que odio, sentía un cansancio profundo. Había dado todo de mí, había intentado ser la esposa que nunca pidieron, había tratado de adaptarme a una vida que no era mía, de sobrevivir al abandono de Maximilian y al desprecio de Theodore. Y solo recibí migajas de desprecio. Quería recuperar la fuerza que perdí tras el atentado. Quería recuperar mis piernas, pero ya no quería que mi futuro dependiera de mi matrimonio con ese hombre. Oí unos pasos resonar en el mármol, acercándose. Eran seguros, confiados. No fui capaz de levantar la cabeza, de enfrentarme a la persona que me vería en tan vergonzosa posición hasta que unos zapatos negros de cuero italiano entraron en mi campo de visión. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, erizándome los vellos del cuerpo. Subí la cabeza despacio, detallando el traje negro hecho a la medida, amoldándose a su cuerpo fuerte, imponente y alto. Más alto que Theodore. Su mandíbula parecía tallada por los mismos dioses. Pómulos filosos, facciones severas y esos ojos… tan azules, tan profundos, como si pudiera ver a través de mí. Su cabello negro azabache estaba peinado hacia atrás, sin ningún mechón fuera de lugar. Tan perfecto… Así era él. El hombre que me rechazó como esposa hace dos años, el que rompió mi corazón en pedazos desapareciendo del país… Había vuelto. Mi cuñado; Maximilian King.Elas transbordaram antes que eu pudesse impedi-las. Trilhas quentes descendo pelas minhas bochechas.Mãe. Ah, mãe.Se ela pudesse ver o dia de hoje. Se pudesse estar aqui agora. Se pudesse ver como aquelas palavras ditas casualmente anos atrás se tornaram realidade dessa forma tão milagrosa. Me ver vestindo o vestido que ela idealizou. Caminhando em direção a alguém que realmente me valoriza e me ama. Ela ficaria tão, tão feliz. Eu sabia disso até os ossos.O dia do casamento chegou. Foi grandioso. Magnífico. Muito além de tudo o que eu jamais imaginei. O local estava decorado com milhares de rosas brancas. Lustres de cristal pendiam do teto, espalhando luzes coloridas por todo o ambiente. Quando vesti aquele vestido, mal consegui respirar. Ele servia perfeitamente. Como se tivesse sido feito sob medida para mim. O que, de certa forma, tinha sido.O tecido era suave contra a minha pele. Os bordados captavam a luz a cada movimento. Olhei no espelho e vi a visão da minha mãe ganhar v
Uma semana antes do casamento, os pais de Caspian finalmente retornaram às pressas da África. Pareciam cansados da longa viagem. Empoeirados pelo deslocamento. Mas os olhos brilhavam de entusiasmo. Os ventos do deserto não diminuíram em nada o ânimo da Sra. Shore. Nem um pouco sequer.No momento em que entrou pela porta, largou as malas e veio direto até mim.— Aria! Deixa eu te ver!Ela segurou minhas mãos. Apertou com força. O sorriso era tão caloroso que fez meu peito doer.O Sr. Shore veio logo atrás, carregando várias malas. Colocou-as no chão com um resmungo e me dirigiu um aceno gentil.— Bom te ver novamente, Aria. Você parece bem.— Obrigada por voltarem tão rápido. — Eu disse. — Sei que estavam no meio de um trabalho importante.— Bobagem! — A Sra. Shore me interrompeu. — O casamento do nosso filho é a coisa mais importante do mundo! Todo o resto pode esperar!Ela me puxou até o sofá. Fez com que eu me sentasse. A energia dela era contagiante.— Agora, tenho algo pa
A encenação caiu por completo, substituída por um medo cru e verdadeiro. Ela voltou a rastejar em direção a ele, de quatro, abandonando qualquer resquício de dignidade. Agarrou-se desesperadamente à perna dele com as duas mãos, desta vez chorando de verdade. Lágrimas reais, não as fabricadas sinteticamente de antes.— Não, não faça isso! Por favor, Ethan, não faça isso!A voz dela quebrou, ficando aguda e desesperada.— Eu errei! Eu sei que errei de verdade! Eu admito, eu admito tudo!A confissão saiu atropelada, num jorro.— Fui eu! Tudo foi eu! Mas eu só fiz essas coisas porque te amava demais!Ela já soluçava, catarro e lágrimas se misturando no rosto.— Eu não suportava o jeito que você olhava para ela! Não suportava você se casar com ela quando deveria ser comigo!Os dedos cravaram-se na perna dele, as unhas prendendo no tecido.— Por favor, pelo tempo que nos conhecemos, pelo acidente de carro que eu sofri por você, não chame o executor! Por favor!Agora ela implorava,
Ethan empurrou violentamente a porta da vila com as duas mãos. A força foi tamanha que a porta bateu contra a parede com estrondo. O som pesado ecoou pela sala de estar vazia, reverberando no teto alto e fazendo o espaço parecer ainda mais oco do que já era.Selene estava sentada no sofá no centro da sala, completamente à vontade. Pintava as unhas com tranquilidade, num tom vermelho profundo. A própria imagem do conforto doméstico, como se aquele lugar lhe pertencesse. Ao ver que apenas ele voltara, sozinho e em desalinho, um lampejo de alegria triunfante atravessou seus olhos.Vitória. Finalmente.Mas a expressão desapareceu num instante, substituída pela máscara de sempre. Uma inocência suave se espalhou por seu rosto, como um figurino usado vezes demais. Só naquele momento Ethan realmente enxergou. Enxergou de verdade que tipo de coração venenoso se escondia por trás daquela aparência frágil. Como ele tinha sido tão cego?Selene pousou o esmalte com cuidado, certificando-se de n






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