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Capitulo 5

Penulis: Monn Star
last update Tanggal publikasi: 2026-09-04 16:21:46

Valeria sonrió de nuevo, y esta vez la sonrisa era más amplia, más genuina.

—No se lo diré —murmuró— No hasta que sea necesario. Que se lo piense. Que se pregunte si quiere casarse conmigo por un hijo que quizás no sea lo que espera.

Era un pensamiento mezquino, lo sabía. Pero después de todo lo que había pasado, después de que un extraño hubiera irrumpido en su vida para decirle que su hija no era suya, que pertenecía a su familia, a su sangre, a su legado... Valeria sentía que necesitaba conservar algo.

"Algo que fuera solo suyo. El sexo de su bebé. Su princesita. Su pequeño tesoro."

Las horas pasaron. Valeria atendió a los últimos clientes de la tarde con una sonrisa mecánica en los labios, pero su mente estaba en otra parte. En las palabras de Sebastián. En sus amenazas. En la extraña mezcla de dureza y vulnerabilidad que había visto en sus ojos cuando le habló de su sobrino, de su país, de sus enemigos.

Enemigos. La palabra resonó en su cabeza como una advertencia. Las preguntas a pesar de no querer hacerlas estaban en su mente ¿Quiénes eran esos enemigos? ¿Qué querían? ¿Y qué tenían que ver ella y su hija con todo aquello? No quería admitir que quería respuesta, que solo Sebastián podía darle.

El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados, cuando la campanita de bronce sonó de nuevo. Valeria levantó la vista, y su corazón dio un vuelco.

No era Sebastián. El hombre que había entrado era más bajo, más delgado, con un traje gris que no encajaba con el ambiente relajado de Puerto Esperanza. Su rostro era afilado, con una nariz prominente y unos ojos oscuros que recorrieron el local con una frialdad calculadora.

Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

"Tranquila" se dijo. Es solo un cliente. Un cliente más.

—Buenas tardes —saludó, forzando una sonrisa— ¿En qué puedo ayudarle?

El hombre no respondió de inmediato. Se acercó a la vitrina con pasos lentos, estudiando los pasteles y panes expuestos con una atención que parecía más propia de un tasador que de un comprador.

—Tiene un establecimiento muy... acogedor —dijo finalmente, y su voz era suave, casi melosa— ¿Lleva mucho tiempo aquí?

—Casi un año —respondió Valeria, manteniendo la sonrisa— ¿Le gustaría probar algo? Las galletas de jengibre son las más populares.

El hombre levantó una ceja.

—Galletas de jengibre. Qué... pintoresco. —Señaló al azar— Me llevaré media docena. Y también un par de esos pastelitos de crema.

Valeria asintió y comenzó a preparar el pedido, pero sus manos temblaban ligeramente mientras colocaba las galletas en una bolsa de papel. Algo en aquel hombre no le gustaba. Algo en su mirada, en su forma de moverse, en la manera en que sus ojos se posaban en ella con demasiada intensidad.

—¿Y qué tal la clientela por aquí? —preguntó el hombre mientras ella cerraba la bolsa—. ¿Muchos turistas? ¿Gente de fuera?

—Algunos —respondió Valeria, evasiva— pero la mayoría son locales. Gente del pueblo.

—Ya —El hombre asintió, y luego, casi de manera casual, añadió— ¿Conoce a un tal Sebastián Montenegro? He oído que anda por estos lares.

El nombre cayó como una bomba en el silencio de la panadería. Valeria sintió que el corazón se le paraba. Sus dedos se aferraron a la bolsa de papel con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon.

—No —dijo, demasiado rápido— No conozco a nadie con ese nombre.

El hombre sonrió, y era una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—¿Segura? Porque tengo entendido que llegó hoy. Y que, casualmente, visitó este mismo establecimiento.

Valeria tragó saliva. Las palabras de Sebastián resonaron en su cabeza como una campana de alarma.

"Mi familia tiene enemigos. Muchos enemigos."

—No sé de qué me habla —dijo, forzando una calma que no sentía— Aquí no ha venido nadie con ese nombre. ¿Quiere algo más? Porque estoy a punto de cerrar.

El hombre dio un paso adelante, y esta vez su sonrisa se borró por completo.

—Señorita Fuentes, no soy un hombre paciente. Y no me gusta que me mientan. —Su voz se endureció, perdiendo toda la suavidad anterior— Sé que Sebastián Montenegro estuvo aquí. Sé que hablaron. Y quiero saber qué le dijo exactamente.

Valeria dio un paso atrás, instintivamente protegiéndose el vientre con las manos.

—No tengo nada que decirle. Por favor, váyase.

—No me iré hasta que obtenga respuestas —insistió el hombre, y esta vez dio otro paso, acercándose peligrosamente al mostrador— ¿Es usted su amante? ¿Su esposa secreta? ¿Por qué vino a verla?

—No soy nada de eso —respondió Valeria, y su voz temblaba— ¡No tengo ninguna relación con él!

—Miente —dijo el hombre, y su mano se extendió para agarrarla del brazo— Miente y lo sabe.

Valeria sintió el pánico apoderarse de ella. Intentó retroceder, pero el mostrador la bloqueaba. Intentó gritar, pero la voz se le quedó atascada en la garganta.

—¡Francisco!

La voz de Sebastián llenó el local como un trueno. El hombre —Francisco, lo había llamado— se giró bruscamente, soltando a Valeria como si su piel quemara.

Y allí estaba él, en la puerta de la panadería. Sebastián Montenegro, con el traje gris carbón ligeramente desordenado, el cabello oscuro revuelto por el viento y los ojos azules lanzando chispas de furia.

—Explícame —dijo, dando un paso adelante—. Dime qué haces aquí, acosando a una mujer embarazada.

Francisco sonrió, pero era una sonrisa tensa, forzada.

—Solo estaba haciéndole unas preguntas, Sebastián. No hay necesidad de ponerse dramático.

—No te he pedido que me expliques lo que hacías —respondió Sebastián, y su voz era de acero, cortante como una hoja— Te he pedido que me des una buena razón para no romperte la cara aquí mismo.

El silencio se alargó entre los dos hombres. Valeria observaba, paralizada, sintiendo el corazón latirle tan fuerte que temía que se saliera de su pecho.

—¿Por ella? —preguntó finalmente Francisco, y su voz se llenó de desdén— ¿Por esta mujer rechazaste el matrimonio con Patricia?

La pregunta cayó como un mazazo. Valeria parpadeó, confundida. ¿Patricia? Sebastián la miró un instante, y en sus ojos vio algo que no supo interpretar. ¿Vergüenza? ¿Rabia? ¿Dolor?

—Tenia sospechas pero no estaba seguro hasta ahora que la idea de casarme con la hermana menor de mi difunta esposa se te hubiera ocurrido a ti —dijo finalmente, y su voz era tan fría que Valeria sintió un escalofrío— Pero ya que lo mencionas, déjame decirte algo, Francisco: un matrimonio con una Sánchez Gallardo bastaba para mí. Uno. No necesito repetir experiencia.

Francisco palideció.

—Eso fue cruel —murmuró.

—Tú empezaste —respondió Sebastián, y dio otro paso adelante, colocándose entre Francisco y Valeria— Ahora, te voy a dar cinco segundos para salir de aquí antes de que me olvide de que una vez fuistes mi cuñado y te patee hasta la puerta.

Francisco lo miró, y por un instante, Valeria vio algo parecido al miedo en sus ojos. Pero no era miedo a Sebastián. Era miedo a lo que pudiera descubrir.

—Esto no ha terminado —dijo finalmente, ajustándose la chaqueta— Tarde o temprano, saldrá a la luz. Y cuando ocurra, todos sabrán la verdad.

—La única verdad que importa —respondió Sebastián— es que estás a punto de arrepentirte de haber puesto un pie en esta panadería.

Francisco no dijo nada más. Se giró y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se volvió una última vez.

—Cuida bien a esa mujer —dijo, y su sonrisa era venenosa— Porque si no lo haces, otros lo harán por ti.

Y entonces se fue, dejando tras de sí un silencio tan denso que Valeria sintió que no podía respirar. Sebastián se volvió hacia ella, y en su rostro vio el cansancio, la furia contenida, el miedo que apenas ocultaba tras su fachada de acero.

—¿Está bien? —preguntó, y su voz era más suave de lo que ella esperaba— ¿Le hizo daño? ¿La tocó?

Valeria negó con la cabeza, pero sus manos seguían temblando.

—No... no llegó a hacerme daño. Pero...

—Pero tenía miedo —completó él, y asintió— Lo sé. Lo siento. Esto es exactamente lo que trataba de explicarle.

Valeria levantó la vista y lo miró. Vio las sombras bajo sus ojos, las arrugas de preocupación en su frente, la forma en que sus manos se aferraban a los bordes del mostrador como si necesitara un ancla.

—¿Quién era? —preguntó— ¿Y por qué mencionó a Patricia?

Sebastián cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había una tristeza en ellos que Valeria no había visto antes.

—Francisco Sánchez Gallardo —dijo— Es el hermano menor de mi difunta esposa, y actualmente, uno de los principales consejeros de mi sobrino. Y Patricia es la benjamín de la familia. Al parecer, han estado presionando para que me case con ella ahora que la chiquilla tiene la mayoría de edad.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

—¿Y usted? ¿Quiere casarse con ella?

La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla. No sabía por qué le importaba. No debería importarle. Pero Sebastián la miró, y algo en sus ojos cambió.

—No —dijo, y su voz era firme— No quiero casarme con Patricia. No la amo, es como una hermana para mi. Y nunca he tenido intención de volver a casarme... hasta que supe de usted.

Valeria abrió la boca, pero no encontró palabras.

—Lo sé —continuó él— No es lo que quería decirle. Y no es la forma en que quería decírselo. Pero ahora ya ha visto lo que puede pasar. Francisco ha llegado hasta aquí. Y otros vendrán.

Hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, su voz era apenas un susurro.

—Necesito que tome una decisión, Valeria. No tengo una semana. No puedo esperar. Francisco sabe algo, y si no actúo rápido, mi sobrino estará en peligro.

Valeria lo miró, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor. No tenía elección. Nunca la había tenido. Y en aquel momento, lo supo.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó, y su voz tembló.

Sebastián la miró, y por un instante, la fachada de acero se resquebrajó.

—Casarse conmigo —respondió— Mañana porque ya hoy es imposible registrar el matrimonio.

Y Valeria, con el corazón en la mano y la vida patas arriba, asintió. Porque no había otra opción. Porque su hija merecía estar segura. Porque, aunque no lo admitiera en voz alta, una parte de ella ya no estaba tan segura de querer seguir huyendo.

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