LOGINA la mañana siguiente, el cielo de Londres amaneció cubierto por una capa fina de nubes grises que presagiaba lluvia. Alanne se observó detenidamente frente al espejo del baño, pasando la mano por la tela de su ropa. Para la ocasión, eligió unos pantalones negros de corte campana, ajustados en los muslos y los glúteos, combinados con una blusa blanca de cuello sencillo y un abrigo negro estructurado que le daba un aire elegante y sobrio. Se recogió el cabello en una coleta alta bien pulida y se aplicó un poco de rubor en las mejillas para disimular la palidez generada por el cansancio y los nervios de los últimos días.Al bajar las escaleras y cruzar la puerta principal del edificio, Alanne hizo un gesto de fastidio inmediato. Aparcado junto a la acera se encontraba un Mercedes del año, deslumbrante bajo la luz fría de la mañana. Apoyado contra la puerta del vehículo estaba Julian, vistiendo un traje gris pero con los brazos cruzados y una expresión de evidente molestia y hastío en el
Tres horas mas tardeAlanne observaba desde la pequeña barra de la cocina cómo Jazmín llenaba la mesa con bolsas de tela ecológica, de las que comenzaban a salir contenedores de vidrio, frascos orgánicos y cajas llenas de vegetales frescos. Había absolutamente de todo: proteínas vegetales en polvo, semillas de chía, frutos secos, leches alternativas fortificadas, espinacas tiernas, suplementos de origen natural y frascos de vitaminas. Era una compra desmedida, suficiente para abastecer a una familia entera durante semanas.—Jazmín, por favor, detente —pidió Alanne, intentando interponerse suavemente mientras su amiga abría los gabinetes y empezaba a guardar las cosas—. De verdad, no puedo aceptar todo esto. Es demasiado. Tengo suficiente comida en la nevera y no tienes por qué gastar tu dinero de esta manera.Jazmín ni siquiera se molestó en mirarla; continuó sacando paquetes y acomodando cada frasco con una precisión casi quirúrgica, ignorando olímpicamente las protestas de su amiga.
Tony se quedó mudo, congelado en su sitio por la violencia inesperada de la reacción.—Te agradezco la sopa, de verdad te lo agradezco con el alma porque tenía hambre y sé que eres un excelente vecino —dijo ella con la voz temblando de rabia, agotamiento y humillación acumulada—, pero te voy a pedir por favor que no te metas en mi vida.—Solo estoy intentando ayudarte, Alanne, estás sola y...—¡Pues no necesito que me salves! —lo cortó ella, mirándolo fijamente con los ojos inyectados en lágrimas que se negaba a dejar caer—. No sabes lo que está pasando, no conoces la situación, no sabes absolutamente nada de lo que hay detrás de esto y no tienes ningún derecho a venir a mi casa a interrogarme, diciéndome qué hacer y cómo sentirme por el día de hoy!Un silencio pesadísimo, denso como el plomo, cayó sobre el comedor.Antonio pestañeó un par de veces, asimilando el golpe directo. Miró la respiración agitada de Alanne, vio la postura defensiva de sus brazos cruzados sobre el pecho y el n
Al escuchar el chasquido final del cerrojo y el eco de los pasos de Julian perdiéndose en el hueco de las escaleras, a Alanne se le terminaron de doblar las piernas. Se dejó caer despacio hasta quedar sentada en el suelo del pequeño recibidor, pegada a la madera de la puerta, con la frente apoyada sobre las rodillas y el pecho ardiendo en una mezcla insufrible de rabia y vergüenza.Le quemaba el rostro. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Tony parado en el pasillo, observándolo todo, evaluando las sombras de su vida dividida.Tony —diminutivo cariñoso de Antonio— era su vecino de enfrente. Un hombre español que se había instalado en el edificio mucho antes de que ella llegara con sus pocas pertenencias. Era un sujeto afable, trabajador, padre abnegado de dos niños pequeños. Tiempo atrás, cuando ella recién se mudaba, él la había invitado a salir en dos ocasiones con una cortesía transparente; invitaciones que retiró con elegancia y sin rencores en cuanto supo que Michael era s
No sabía exactamente por qué demonios había ido hasta el apartamento de Alanne. Se amonestó a sí mismo por ser tan impulsivo, por haber actuado como un principiante fuera de control. Había salido hecho un demonio de la oficina nada más recibir la llamada de Dalila. La voz rota de la viuda de su hermano, ahogada en hipos y sollozos inconsolables, le había encendido la sangre en cuestión de segundos.Para Julian, Alanne había sido una atrevida por enfrentarse a la pobre e inocente Dalila. Por maltratarla en medio de la calle como si la mujer no estuviera sufriendo lo suficiente. Dalila estaba fuera de sí, completamente destrozada. Se sentía vacía. La muerte repentina de Jake la había dejado pendiendo de un hilo, al borde del colapso emocional, y para colmo la vida le asestaba este golpe grotesque: arrebatarle su mayor sueño, el de ser madre y conservar el único legado con vida que le quedaba de su esposo.Por eso Julian había ido hasta allá. Había cruzado la ciudad en su auto con todo e
Alanne llegó a su pequeño apartamento con los pies pesados y el pecho destrozado. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra la madera, dejándose caer lentamente hasta quedar sentada en el suelo, llorando en silencio.Anna, su madre, salió de la cocina al escucharla y se llevó las manos a la boca al verla en ese estado tan lamentable.—¡Alanne! Por Dios, mi amor, ¿qué te pasó? —se apresuró a decir Anna, agachándose a su lado con el rostro lleno de preocupación.Alanne no podía articular palabra. Estaba totalmente deshecha. Su madre la ayudó a levantarse y la llevó hasta el sofá. Mientras Anna iba a preparar un té de manzanilla, Alanne se quedó mirando la pared fija, procesando todo.En medio de su dolor, no había tenido tiempo de pensar en cómo se sentía la esposa de Julian. Ahora que lo analizaba, esa mujer tenía todo el derecho de estar enojada. Aunque se estuviera desquitando con ella —que no tenía la culpa de los errores grotescos de la clínica—, Alanne no podía odiarla. Sencill







