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RENACIDA PARA LA VENGANZA (LOS VOTOS DE EVELYN)
RENACIDA PARA LA VENGANZA (LOS VOTOS DE EVELYN)
Auteur: MURK ROSE

Capítulo uno

Auteur: MURK ROSE
last update Date de publication: 2026-11-05 09:33:21

Punto de vista de Evelyn

Lo último que sentí fue el ardor del veneno.

Tendida sobre el mármol helado de aquel ático que yo creía nuestro nido de amor, escupía sangre mientras mis uñas se astillaban contra el suelo. No fue una muerte apacible. La sustancia me desgarraba las entrañas y me cerraba la garganta en un espasmo asfixiante.

Sobre mí, Marcus hacía girar con calma su copa de vino tinto. Sus ojos, tan tiernos antaño cuando me susurraba promesas al oído, ya solo expresaban un asco glacial. No quedaba nada del príncipe azul por el que había traicionado a mi marido, vendido los secretos de mi hogar y abandonado a mi hijo.

«Eres terriblemente ingenua, Evelyn —dijo, apoyando un pie sobre mi mano temblorosa y aplastándome los dedos sin inmutarse—. Destruiste a Caleb por mí. Si fuiste capaz de traicionar al hombre que te lo dio todo, ¿qué me aseguraba que no me harías lo mismo a mí?».

A su lado, Sarah, mi mejor amiga, la que a diario alimentaba mi rencor contra mi marido, se arrodilló junto a mi rostro ensangrentado. Recogió mi bolso de marca y esbozó una sonrisa cruel.

«No te preocupes por lo que venga, Eve. Yo me ocuparé muy bien de los activos de Caleb cuando esté arruinado. ¿Y tu mocoso? ¿Leo? Un internado miserable en el fin del mundo, en Siberia, servirá. O quizá un desafortunado accidente de coche...».

Quise gritar. Quise arrancarles los ojos. Pero de mi garganta solo salió un estertor sangriento. La última imagen de mi primera vida fue el choque de sus copas de cristal brindando sobre mi agonía.

Después, el vacío. Y en ese vacío inmaterial entre la vida y la muerte, se me impuso una visión aterradora.

Vi lo que vino después.

Caleb. Mi frío, distante e impasible marido. Cuando la policía archivó mi muerte como «sobredosis accidental», aquel hombre al que durante años acusé de ser un robot sin corazón puso la ciudad entera patas arriba. Lo vi, con los ojos inyectados en sangre, rondar las comisarías, golpear escritorios con los puños, contratar a decenas de detectives. Lo sacrificó todo para demostrar que me habían asesinado.

Pero Marcus y Sarah lo esperaban. Metódicamente, hackearon su empresa con los accesos que yo les había entregado. Vaciaron sus cuentas y destruyeron su reputación. Y una noche de invierno, arruinado y acorralado, Caleb fue embestido de lleno por un camión en una carretera oscura. Mi pequeño Leo, aterrado, iba esperándolo en el asiento del copiloto. No sobrevivieron.

Mi marido y mi hijo murieron porque yo le había regalado nuestra vida a un monstruo.

«¡No! ¡Caleb! ¡LEO!».

Me incorporé de golpe con una inhalación convulsa, aferrándome la garganta. Sin sangre. Sin veneno. Sin suelo helado.

Mis dedos temblorosos apretaban una bata de seda rosa. A mi alrededor, el aire olía a rosas y vainilla. Estaba sentada ante mi tocador, frente a un espejo iluminado. El rostro que se reflejaba en el cristal era joven, liso, libre de las arrugas de amargura y de las ojeras de odio que había ido acumulando con los años.

Bajé la vista hacia el reloj digital: 14 de mayo, 08:15.

Mi corazón se saltó un latido. El 14 de mayo. El día de la Gala de Primavera.

En mi vida anterior, esa misma mañana, aproveché que Caleb se estaba duchando para robar de su caja fuerte la memoria USB con los prototipos del Proyecto Aegis. Esa misma noche se la entregué a Marcus, convencida de que lo ayudaba a vencer a un «marido tirano». Fue la primera ficha del dominó de nuestra perdición.

Un leve golpe contra la puerta me sobresaltó. La puerta se entreabrió.

Una carita adormilada, coronada de cabello revuelto, apareció por la rendija. Llevaba su pijama de dinosaurios.

«¿Mamá?», susurró Leo.

Del sobresalto, había tirado un frasco de perfume que se hizo añicos contra el parqué. Al ver los trozos de vidrio, el rostro del niño de cuatro años se descompuso. Retrocedió un paso con los hombros tensos y levantó por instinto sus manitas para protegerse.

«Perdón... Oí un ruido. No te enojes, mamá. Me vuelvo a mi cuarto».

Una hoja invisible me atravesó el corazón. En mi vida anterior, yo lo apartaba una y otra vez. Le gritaba en cuanto tocaba mis cosas y lo veía como una carga que me ataba a Caleb. Me tenía miedo.

«Leo... no, quédate», dije, con la voz quebrada por los sollozos.

El pequeño se quedó inmóvil, con la mirada inquieta. «¿Me vas a pegar en las manos otra vez, como la última vez?».

Me invadió la náusea. Dios mío, ¿qué le he hecho?

Bajé del taburete hasta quedar de rodillas, sin hacer caso de los vidrios que tenía al lado, y extendí los brazos. «Nunca. Nunca más, mi amor. Ven aquí... por favor».

Dudó, observando mis lágrimas con una perplejidad conmovedora, y dio unos pasos cautelosos. Cuando lo abracé, estaba rígido como una tabla. Hundí la cara en su cuello y aspiré el olor dulce del champú infantil. Lloraba a lágrima viva, empapándole el pijama.

Al cabo de unos segundos, sentí su manita diminuta darme unas palmaditas torpes en el hombro.

«No llores, mamá... ¿Te pinchó el vidrio? Puedo ir a buscarte una curita si quieres».

«No, mi bebé, estoy bien... Es solo que te quiero muchísimo», dije entre hipidos, apretándolo hasta casi ahogarlo.

«¿Qué está pasando aquí?».

La voz, grave, seca y cortante, hizo trizas el silencio de la habitación.

Alcé la vista. Caleb estaba de pie en el umbral. Camisa blanca impecablemente planchada, corbata negra sin anudar alrededor del cuello, la mandíbula apretada. Sus ojos oscuros no mostraban ninguna calidez, solo una desconfianza fría y cansada.

Al verme en el suelo, despeinada, llorando, con Leo apretado contra mí junto al vidrio roto, su rostro se endureció. Dio tres zancadas, me apartó sin miramientos y tomó a Leo para ponerlo de inmediato detrás de su espalda, como protegiéndolo de un peligro.

«Si vas a hacer otra escena, descárgate conmigo, Evelyn —dijo con frialdad—. No metas a mi hijo en esto».

«Caleb, no... no es lo que piensas», balbuceé, secándome las mejillas.

Lanzó una mirada despectiva al frasco roto.

«¿Qué es esta vez? ¿Otro berrinche porque me niego a firmar la transferencia para tu villa en Cannes? ¿O tu querido Marcus te volvió a poner en mi contra esta mañana?».

Oír el nombre de Marcus en su boca fue como una descarga eléctrica. El odio que sentía por ese monstruo estuvo a punto de ahogarme, pero frente a Caleb me lo tragué todo.

«No quiero ninguna villa —dije con voz firme, a pesar del temblor—. Y no quiero volver a oír hablar de Marcus jamás».

Caleb soltó una risa breve, sin rastro de alegría.

«Muy creíble. Cada vez que haces de mártir es porque estás tramando algo o necesitas plata. ¿Qué hiciste? ¿Vaciaste otra cuenta de la empresa?».

«¡No!». Me puse de pie despacio, con las manos abiertas para mostrarle que no quería hacerle ningún daño. «Solo tiré el frasco sin querer. Voy a recoger los vidrios».

«Déjalo. El servicio se encargará —cortó con frialdad—. Mejor prepárate para la gala de esta noche. Es el evento del año, no querrás perderte una oportunidad de salir en las fotos».

«Yo... no tengo muchas ganas de ir», murmuré.

Caleb dio un paso hacia mí. Olía a madera de cedro y a jabón de afeitar. Su sombra me envolvía.

«Deja el teatro, Evelyn. Esa gala es crucial para los inversionistas de Aegis. Te vas a poner tu mejor vestido, me vas a tomar del brazo, le vas a sonreír a los periodistas y vas a interpretar a la familia perfecta durante dos horas. Después de eso, podrás retomar tu vida y seguir ignorándonos a Leo y a mí. Ese es nuestro trato, ¿no?».

Se volvió hacia el niño, que miraba la escena en silencio.

«Leo, baja con la señora Higgins. Tu desayuno está listo».

Leo lanzó una mirada furtiva entre su padre y yo, asintió con la cabeza y salió disparado por el pasillo.

Cuando Caleb se dio la vuelta para irse, atrapé la punta de su manga. El corazón me latía a todo galope. Se quedó paralizado al instante y retiró el brazo de un tirón, como si mi roce lo hubiera quemado.

«¿Qué más quieres?».

«Yo... lo siento —murmuré, con los ojos clavados en los suyos—. Por todo. Por el ruido, por el pasado».

Caleb entrecerró los ojos. Buscaba la ironía, la manipulación, la estrategia detrás de mis palabras. Al no encontrar nada en mi mirada suplicante, su fastidio no hizo más que crecer.

«Estás rara esta mañana. Limítate a estar lista a las siete en punto. Ya tengo bastantes problemas que resolver en la oficina como para que tú añadas más».

Dio dos pasos y se detuvo un instante en el umbral, con la espalda tensa.

«¿Caleb?», lo llamé en voz baja.

«¿Qué? —dijo sin voltearse.

«Esta noche... estaré a tu lado. De verdad. Puedes contar conmigo».

No respondió. Sus hombros se contrajeron apenas y luego salió, cerrando la puerta tras de sí.

Mi marido me despreciaba, mi hijo dudaba de mi amor, y esta noche el monstruo que iba a destruir nuestras vidas me esperaba en la gala para recoger las llaves de nuestro infierno.

Recogí un trozo del frasco roto. La punta afilada se me clavó levemente en el pulgar y brotó una gota de sangre muy real.

Esta vez no.

Me acerqué al interfono de la pared y pulsé la tecla de la cocina.

«¿Señora Higgins?».

«¿Sí, señora? —respondió el ama de llaves, con tono seco y distante—. ¿Desea su té verde en la habitación?».

«No —respondí con voz serena—. Dígale a Leo que bajo a desayunar a la mesa con él en diez minutos. Y por favor... prepare panqueques de chocolate».

Se hizo un silencio estupefacto al otro lado de la línea.

«¿Pa... panqueques, señora? Pero usted siempre dice que son demasiado grasosos para la mañana...».

«Panqueques —repetí, con una leve sonrisa que por fin se abría paso en mis labios doloridos—. Y haga el doble».

Colgué. Era un paso minúsculo, pero era el primero. Ya no era la mujer crédula que se había dejado manipular hasta la muerte.

Mientras el agua caliente de la ducha lavaba las toxinas espectrales de mi memoria, cerré los ojos. Sabía exactamente dónde estaban. Y sabía exactamente cómo iba a usarlos para destruir a Marcus antes de que pudiera volver a tocar a mi familia.

*

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