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Renací por la venganza de mi bebé
Renací por la venganza de mi bebé
Author: Peachy

Capítulo 1

Author: Peachy
En cuanto envié a mi hijo lejos, regresé a la fiesta, encontrándome con la desafiante mirada de Bianca. Llevaba puesto el mismo vestido blanco angelical que recordaba.

Tras dedicarme aquella mirada, se alejó con sigilo hasta el borde de la piscina.

Miré el agua y mi corazón se hundió.

Un cochecito negro flotaba en el agua helada. Dentro, un bebé envuelto en una manta yacía completamente inmóvil.

—¡BIANCA! —grité.

Mi voz destrozó las risas de los invitados.

Matteo y su madre, Teresa, salieron corriendo al exterior.

La matriarca soltó un grito desgarrador y cayó de rodillas, mientras Matteo se acercaba, tambaleante, temblando de pies a cabeza, con la mirada fija en la piscina.

—Mandy, cariño... no está respirando.

Ni siquiera pude obligarme a mirar, sino que corrí hacia el segundo piso, donde Bianca se había encerrado en su habitación.

—¡Bianca, abre esta maldita puerta! —grité, aporreando la puerta con fuerza—. ¡¿A quién empujaste?!

La niña no respondió. Sin embargo, podía escuchar cómo ella y su pequeña amiga se reían al otro lado.

—Bianca, ¿estamos en problemas? ¡Mi papá me va a matar!

—No, tranquila. De todos modos, no fue intencional y, además, la Familia no castiga a los niños.

Aquellas descaradas palabras me atravesaron los oídos como un picahielos y comencé a temblar sin control.

—¡Sal de ahí! —rugí, pegándole una fuerte patada a la puerta—. ¡¿Acaso no te das cuenta de que acabas de matar a alguien?!

En ese momento, Matteo apareció corriendo detrás de mí y me sujetó por los brazos.

—¡Mandy, cálmate! —pidió, con los ojos enrojecidos—. No asustes a las niñas.

Lo miré fijo, con el odio brotando de mis ojos.

Era exactamente igual que en mi vida anterior. Él creía que nuestro hijo estaba muerto, y lo único que le preocupaba era que no asustara a su maldita sobrina.

—Ay, cariño... —dijo Teresa, subiendo las escaleras mientras se enjugaba las lágrimas—. Bianca se pasó esta vez, pero Mandy, no seas tan dura. —Hizo una pausa y se acercó un poco más a nosotros—. Sé que estás sufriendo por el pequeño Nico. Pero… son cosas que pasan. Todavía eres joven y puedes tener más hijos.

El mundo comenzó a girar bajo mis pies.

Ellos pensaban que era Nico. ¡Mi hijo! ¿Y esa era su reacción?

Esa misma frialdad repugnante y familiar.

Pero mis guardaespaldas acababan de llevarse a mi hijo. Entonces, ¿a quién pertenecía el pequeño cuerpo que flotaba en la piscina?

Matteo me abrazó con fuerza.

—Mandy, juro que haré justicia por Nico. Pero Bianca solo es una niña, no sabe lo que hace...

—¿Qué quieres decir? —pregunté, apartándolo antes de que pudiera terminar—. Si no sabe lo que hace, ¿por qué no se ahogó ella misma?

Dicho esto, caminé hasta el armario del pasillo, de donde saqué un pesado atizador de hierro de la chimenea y lo estrellé contra la puerta de Bianca como una loca.

Teresa soltó un jadeo y retrocedió.

La puerta tembló violentamente y toda la mansión pareció sacudirse.

—¡Bianca, saca tu maldito trasero de ahí ahora mismo! ¡Si no quieres que derribe la puerta!

¿Por qué ella iba a salirse con la suya después de cometer un asesinato? Aunque el niño fallecido no fuera mi hijo, ¡tenía que hacer justicia por él!

Al escuchar los violentos golpes, Bianca gritó desde el otro lado:

—¡Detente! ¡Si no paras, me tiraré del balcón!

Respirando con dificultado, solté el atizador, arranqué un cuchillo de caza decorativo de la pared y empecé a golpear la madera con él. La hoja se clavó tan profundo en la puerta que quedó atascada.

—¡Entonces salta! ¡Porque si entro, de todas formas, te mataré! —exclamé, mientras destrozaba la cerradura.

Finalmente, la puerta se abrió de golpe y al otro lado apareció Bianca, de pie, con una expresión molesta.

—¿Qué? —preguntó, inclinando la cabeza y me mirándome con esos ojos negros, fríos y sin vida—. ¿Por qué haces tanto ruido?

—¿A quién empujaste a la piscina, Bianca? —inquirí, observándola con el ceño fruncido.

Ella miró hacia el bebé que estaba abajo y luego volvió la mirada hacia mi rostro, tras lo cual una pequeña sonrisa burlona apareció en sus labios.

—A tu hijo, obviamente. El mocoso que robó la atención del tío Matteo.

«¡Plaf!» Le di una fuerte bofetada que resonó por toda la habitación.

Su cabeza giró hacia un lado y las lágrimas aparecieron al instante en sus fríos ojos, mientras se llevaba una mano a la mejilla, conmocionada.

—¿Cómo te atreves a golpearme? ¡Ni siquiera mi papá me pega! Tú ni siquiera eres de la Familia de verdad, perra...

Le di otra bofetada, furiosa.

—¡Que tu padre nunca te haya golpeado es exactamente la razón por la que te has convertido en un pequeño monstruo! —exclamé, agarrándola por le cuello de su ropa y, con los dientes apretados, rugí—: Te lo preguntaré una última vez. ¡¿A quién empujaste a la piscina?!

Bianca finalmente dejó de fingir, se llevó una mano a la mejilla y, con voz llorosa, se quejó:

—A tu Nico. Mi mamá dijo que los bebés saben nadar naturalmente. Solo quería comprobar si era verdad. —Sollozó—. Pero dejó de moverse como a los diez segundos. No pensé que realmente fuera a morir.
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