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Capítulo 2

مؤلف: Sardina Rebelde
Poco después de enviar el correo, Ignacio recibió una notificación de WhatsApp.

Abrió el mensaje.

“Jefe, entonces empiezo a ponerme en contacto con ellos. ¿Cuándo podrías reunirte con sus representantes?”

Ignacio sonrió ligeramente y respondió: “Sin prisa. Primero confirma todos los detalles y cuéntame. Después decidiré cuándo reunirme con ellos.”

El Grupo Zelaya debía de necesitar ayuda con urgencia.

Sin embargo, llevaba años colaborando con el Grupo Delgado, y los vínculos entre ambas empresas eran complejos.

Ignacio no aceptaría nada sin averiguar primero si el asunto involucraba al Grupo Delgado.

Después de enviar la respuesta, soltó un largo suspiro y por fin se relajó.

Al poco rato, el cansancio lo venció y se quedó dormido.

Lo despertaron unas voces alteradas en la planta baja.

Escuchó con atención.

Parecía que Federico estaba regañando a alguien.

Se levantó y salió en silencio hasta las escaleras.

Al asomarse, vio a Federico mirando con furia a Tadeo, que permanecía de pie, cabizbajo y sin decir una palabra.

De pronto, Tadeo levantó la vista y descubrió a Ignacio en el piso de arriba.

En sus ojos apareció un destello de rencor.

Ignacio frunció el ceño.

Algo le inquietó, pero bajó las escaleras aparentando tranquilidad.

—Papá, ¿qué pasó? ¿Tadeo te hizo enojar?

Se acercó a Federico con la intención de aliviar la tensión.

Al verlo, la expresión de Federico se suavizó un poco, aunque seguía mostrando cierta frustración.

—Todo fue por ti. Como no fuiste a la fiesta, Camila se molestó y se fue antes de tiempo.

Ignacio se quedó desconcertado.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Tadeo no pudo contenerse. Se acercó de golpe y lo agarró del cuello de la camisa.

—¡Deja de hacerte el inocente! ¿Qué hay entre Camila y tú? ¿Por qué se enojó por tu culpa?

La reacción tomó por sorpresa a Ignacio.

Él apartó a Tadeo de un empujón.

—¿De qué estás hablando? ¡Ni siquiera conozco a Camila!

Tadeo no le creyó. Soltó una risa burlona y subió a su habitación.

Ignacio y Federico intercambiaron una mirada y permanecieron unos instantes en silencio.

Federico suspiró.

—Cuando Camila supo que estabas enfermo, dijo que vendría mañana a verte. Procura estar preparado.

Ignacio lo miró, alarmado y confundido.

Recordaba perfectamente que, en ese momento de su vida, todavía no conocía a Camila.

Contuvo la inquietud como pudo y asintió.

—Ya es tarde. Vuelve a tu cuarto y descansa.

Después de decirlo, Federico también se retiró.

Para Ignacio, aquella noche fue un tormento.

Dio vueltas en la cama sin poder dejar de pensar en Camila.

Si de verdad aparecía al día siguiente, ¿cómo iba a enfrentarla?

***

A la mañana siguiente, una empleada tocó a su puerta.

—Señor Ignacio, la señorita Camila ya llegó.

¡De verdad había ido!

Ignacio seguía acostado. Apretó las cobijas entre las manos y frunció aún más el ceño.

No había olvidado nada: la traición de Camila después de casarse, sus sospechas hacia él, la injusticia de haberlo enviado a prisión ni la crueldad de mandar a otros a torturarlo.

Ahora que tenía otra oportunidad, solo quería mantenerse lejos de ella y vivir su propia vida.

¿Por qué Camila tenía que venir a buscarlo?

Estaba ahí mismo, en la planta baja.

Saber que estaba tan cerca le oprimía el pecho.

No tenía idea de cómo enfrentarla.

***

En el sofá de la sala estaba sentada Camila, de facciones delicadas.

Tenía los labios rojos ligeramente entreabiertos y una expresión distante.

El vestido rosa suavizaba su apariencia, aunque sus movimientos conservaban una mezcla de firmeza y elegancia.

Ya le habían servido café a Camila varias veces, y el ambiente en la sala de estar era muy pesado.

La empleada había subido dos veces a apurar a Ignacio y él seguía sin aparecer.

Federico comenzaba a molestarse.

Ignacio siempre había sabido comportarse. ¿Qué le pasaba ese día?

Camila, en cambio, no parecía tener prisa.

Bebió un sorbo de café con serenidad, como si no le importara cuánto la hiciera esperar.

En ese momento, Tadeo bajó las escaleras.

Se había vestido de una manera distinta a la habitual.

La camisa blanca y el pantalón negro le daban una apariencia pulcra y cuidada.

Se acercó sin prisa y se sentó frente a Camila.

Su intención de impresionarla era tan evidente que Federico sintió vergüenza.

Federico miró de reojo a Camila para comprobar cómo reaccionaba.

Ella siguió tomando café, como si ni siquiera hubiera notado la presencia de Tadeo.

Pasó otro buen rato antes de que Ignacio se dignara a bajar.

Llevaba la pijama y una chaqueta puesta de cualquier manera.

Ni siquiera se había rasurado. Parecía que acababan de sacarlo de la cama a la fuerza.

—Papá.

Saludó desde las escaleras y caminó lentamente hacia la sala.

Federico le hizo una seña con la mirada.

Sin más remedio, Ignacio se acercó a Camila.

Se detuvo a un par de pasos de ella y habló con voz ronca:

—Disculpe. No me siento muy bien y no alcancé a arreglarme. Lamento haberla hecho esperar.

Mantuvo la cabeza baja y evitó mirarla a los ojos.

Su plan era saludar, inventar una excusa y marcharse.

Sin embargo, pasó bastante tiempo y Camila seguía sin responder.

El silencio se instaló en la sala y el ambiente se volvió cada vez más incómodo.

Inquieto, Ignacio levantó la vista y se encontró con la mirada de Camila.

Ese día se veía distinta de como la recordaba.

No llevaba el traje ejecutivo de siempre.

Tenía el cabello suelto sobre los hombros, con algunos mechones rozándole las mejillas, y su expresión parecía mucho más dulce.

Pero sus ojos seguían siendo indescifrables, y la intensidad con que lo miraba lo ponía nervioso.

Estaba a punto de decir algo cuando Camila se levantó y caminó hacia él.

Ignacio se alarmó.

Quiso retroceder por instinto, pero antes de que pudiera hacerlo, ella lo abrazó.

Todos se quedaron atónitos.

Tadeo se levantó de golpe del sofá, con el rostro desencajado.

Federico también estaba sorprendido, aunque logró conservar la compostura.

Miró a Camila y abrió la boca, pero al final no dijo nada.

A Camila no le importaba la reacción de los demás.

Se limitó a abrazar con fuerza a Ignacio y a levantar el rostro para mirarlo sin parpadear.

El corazón le latía a toda velocidad.

La alegría de haber recuperado a la persona que había perdido era tan intensa que estuvo a punto de llorar.

Sentir el calor de su cuerpo y aquella seguridad tan familiar le impedían soltarlo.

En su vida anterior, cuando había llegado a la cárcel y por fin lo había abrazado, Ignacio ya era un cadáver frío y rígido.

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