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CAPITULO 10: Grandes relevaciones

last update Data de publicação: 2026-09-19 02:14:43

—Sí, Mía, en cuanto termine aquí vuelvo a casa. No te preocupes.

—Tienes que llamarme, Sofía. Giorgio se ha pasado todo el día preguntando por ti —la voz

de Mía sonaba asustada y todavía temblaba por las noticias del atentado—. Le dije que

fuiste a visitar al abuelo y que tardarías un poco en volver.

Sofía se tensó en la cama del hospital.

—No tenías que darle esos detalles, Mía. Nunca le he hablado de él. Sabes perfectamente

por qué.

—Se me salió, lo siento... Pero no te imaginas la alegría que sintió ese niño al saber que

también tenía un abuelo.

Sofía guardó silencio. En su afán de proteger a su hijo, también le había negado el derecho

de conocer sus raíces. Tragó el nudo en la garganta antes de responder.

—Está bien, no pasa nada. Cuando pueda te llamo con más calma. El médico dijo que

tengo que seguir en reposo por el golpe en la frente.

—Sofi, cuídate mucho, por favor. Si no me llamas para avisar cómo estás, llamaré

directamente a tu hermano y me aseguraré de que él me cuente la verdad de todo esto.

Sofía colgó después de los regaños de su amiga. Siempre había algo reconfortante en ellos.

Le recordaban que no estaba sola. Sin embargo, un pensamiento fugaz cruzó su mente:

¿desde cuándo Mía y Luciano parecían tan unidos? ¿O era solo el cansancio?

Trató de acomodarse en la cama. El dolor y los mareos por el golpe del falso médico habían

mejorado con los analgésicos, pero había algo más que le pesaba en el pecho. Ese miedo

que se negaba a reconocer: casi había perdido a Ricardo.

No lo había perdonado. Y no era fácil olvidar el desprecio ni el destierro. Pero verlo reducido

a aquel estado, convertido en una sombra del hombre que había sido su héroe durante la

infancia, el magnate que le enseñó cada estrategia de negocios, le dolía más de lo que

quería admitir.

A pesar del odio que sentía por lo que les había hecho, Sofía guardaba un secreto que

jamás había confesado a nadie: durante los primeros años después de ser expulsada de la

familia Bianchi, Ricardo la buscaba en secreto.

Más de una vez, escondida tras una ventana, reconoció a lo lejos la matrícula del auto de

lujo estacionado cerca de su departamento. Sabía que él estaba allí, observándola desde la

distancia, pero nunca tuvo el valor de bajarse. Y ella, con el mismo orgullo que había

heredado de él, tampoco dio el primer paso.

Se habían alejado el uno del otro a fuerza de silencio. La puerta se abrió e interrumpió sus pensamientos. Luciano entró en la habitación.

—Sororilla, ¿te encuentras mejor? —preguntó, acercándose a la camilla.

—Sí. ¿Y tú? ¿Qué pudiste averiguar con seguridad y el laboratorio?

Luciano se acercó más, con varias carpetas médicas y documentos confidenciales en las

manos.

—Puse a hombres de mi absoluta confianza a custodiar la suite de Ricardo. Nadie entra ni

sale de ese piso sin una revisión exhaustiva. También revisé personalmente las cámaras del

hospital. El atacante conocía a la perfección cada punto ciego del edificio. No logramos

captar su rostro en ningún ángulo. Y...

—¿Y qué pasa con el medicamento de la jeringa? —lo presionó Sofía, incorporándose.

—Es mucho peor de lo que pensábamos, Sofía —confesó él, con la voz apagada—. Ese

líquido translúcido no era un veneno para matarlo de inmediato. Es un compuesto diseñado

para desestabilizar su ritmo cardíaco poco a poco. Le han estado administrando ese

supuesto "medicamento de apoyo" en dosis microscópicas durante meses para mantenerlo

postrado.

Sofía ahogó un grito.

—¿Qué estás diciendo?

—Las complicaciones médicas y las crisis que aparecían justo antes de cada operación

programada... todas fueron provocadas por ese fármaco.

—¿Y ningún médico de este hospital tan prestigioso se dio cuenta? —preguntó, con la rabia

desbordándose en su voz.

—Al parecer, el compuesto pasa completamente desapercibido en los exámenes de rutina.

Con el tiempo provoca un infarto agudo y fulminante. Al morir, ni siquiera los forenses

notarían que fue provocado. Habría parecido una muerte natural debido a su condición.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sofía.

—Luciano, esto es un plan a gran escala. Alguien muy poderoso dentro de nuestro entorno

quiere deshacerse de Ricardo de una vez por todas.

—Lo más seguro es que sea el tío Franco —soltó Luciano, apretando los dientes.

—Pero el tío Franco no ganaría nada con su muerte. Legalmente, tú eres el heredero

universal de la corporación. —Sí, en el papel —replicó con amargura—. Pero lo que no sabes es que Franco ha estado

comprando en silencio a los socios mayoritarios de la junta durante años. Si tú no hubieras

vuelto, tal vez yo ya no tendría ninguna oportunidad de defender el patrimonio.

Sofía entrecerró los ojos al notar el dolor que su hermano intentaba ocultar.

—¿Qué es lo que no me estás contando, Luciano?

—Sororilla... las cosas en la corporación han cambiado demasiado —admitió él, apartando

la mirada—. Franco, sus hijos e incluso la abuela han estado operando en las sombras para

sacarme de la jugada. Ni yo mismo sé hasta dónde han metido las manos ni qué nivel de

poder real tienen ahora. Para ellos siempre seré el inútil que prefiere la pintura antes que los

negocios.

—Eso es mentira —lo interrumpió Sofía con vehemencia—. Eres inteligente y sumamente

capaz. Con apenas diecinueve años asumiste el control de un imperio al borde del colapso

tras el encierro de papá y, bajo tu gestión, la empresa ha avanzado muchísimo. No dejes

que te hagan dudar de ti mismo.

Luciano esbozó una sonrisa cansada y se acomodó los anteojos. Era una de sus manías

cuando estaba a punto de revelar algo importante.

—No es solo eso, Sofía. Hay algo que no quería contarte hasta estar seguro, pero dadas las

circunstancias debes saberlo. Yo nunca creí que el supuesto "error" de la prueba de

paternidad de hace diez años fuera un accidente de laboratorio. Y resulta que Ricardo

tampoco se lo creyó al principio.

Sofía contuvo el aliento.

—¿Qué?

—Ricardo te amaba con locura, Sofía. Eras su orgullo. Cuando llegó ese resultado que

decía que no eras su hija, se negó a aceptarlo. Mandó a repetir los análisis tres veces más

en diferentes laboratorios, pero el resultado fue siempre el mismo: ningún vínculo de

sangre. El genetista que firmó esas pruebas murió misteriosamente en un accidente

automovilístico cuatro años después.

Luciano hizo una pausa mientras buscaba una carpeta específica.

—Antes de morir, ese doctor me mandó un mensaje cifrado a mi correo personal. Por eso

empecé a investigar el caso desde cero. Y adivina qué: alteraron las muestras originales

desde el banco de sangre central. Las pruebas de Ricardo siempre estuvieron manipuladas.

El hospital solo dio esa disculpa pública para lavarse las manos y evitar una demanda

millonaria.

A Sofía se le heló la sangre. Las revelaciones llegaban una detrás de otra. —Me estás diciendo... ¿que todo nuestro sufrimiento, el destierro, la locura de Ricardo y la

destrucción de nuestra familia fue planeado a sangre fría? ¿Por quién?

—No lo sé con certeza, pero lo sigo averiguando —dijo Luciano, tomándole la mano—.

Alguien quiso destruir nuestras vidas desde la raíz y lo logró. Por eso te lo pido, sororilla...

no nos perdones a papá ni a mí si no quieres. Pero te necesito a mi lado. Necesitamos

descubrir juntos quién nos hizo esto. Te necesito, Sofía.

Sofía miró la expresión decidida y vulnerable de su hermano. Era demasiada información

para un solo día, pero en lugar de quebrarla, despertó en ella una determinación que

llevaba años intentando contener.

Alguien había destruido a su familia por pura codicia. Había separado a sus padres, la había

expulsado de su hogar y había convertido sus vidas en un infierno.

Iba a descubrir quién estaba detrás de todo aquello. Nunca más volvería a huir. Se

enfrentaría a todos: a su tío Franco, a sus primos, a la junta directiva e incluso al mismísimo

Alexander.

—Vamos a planear esto con cabeza fría, Luciano —sentenció Sofía, con una voz firme que

hizo que su hermano enderezara la espalda—. Desde hoy me mudo de vuelta a la mansión

contigo.

Luciano la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Estás completamente segura? Pensé que habías jurado no volver a pisar esa casa.

—Estoy tan segura como que me llamo Giuliana Sofía Bianchi.

Su hermano esbozó una sonrisa de triunfo. La verdadera heredera de los Bianchi había

vuelto. Y Luciano sabía perfectamente que, cuando Sofía tomaba una decisión, era muy

difícil hacerla cambiar de opinión.

—Voy a preparar tu alta médica y a coordinar el traslado clandestino de papá —dijo

Luciano, recuperando la energía—. Vamos a montar un centro cardiológico de alta

tecnología en el ala médica de la mansión. Compraremos todo el equipo necesario. Así lo

mantendremos seguro, lejos de sus asesinos.

—Perfecto. Ve, yo te espero aquí.

En cuanto la puerta se cerró, Sofía tomó su teléfono y escribió al hombre que, hasta hacía

unas horas, ni siquiera se había dignado a contestarle:

"Señor Alexander, acepto una reunión formal con usted a través de mi asistente para

evaluar la propuesta de Nexus. Pero que le quede algo muy claro desde ahora: esta

negociación se hará bajo mis propios términos y condiciones. Usted no tiene el control de

este juego." Bloqueó la pantalla con una sonrisa fría.

La guerra acababa de comenzar.

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