FAZER LOGIN—Sí, Mía, en cuanto termine aquí vuelvo a casa. No te preocupes.
—Tienes que llamarme, Sofía. Giorgio se ha pasado todo el día preguntando por ti —la voz de Mía sonaba asustada y todavía temblaba por las noticias del atentado—. Le dije que fuiste a visitar al abuelo y que tardarías un poco en volver. Sofía se tensó en la cama del hospital. —No tenías que darle esos detalles, Mía. Nunca le he hablado de él. Sabes perfectamente por qué. —Se me salió, lo siento... Pero no te imaginas la alegría que sintió ese niño al saber que también tenía un abuelo. Sofía guardó silencio. En su afán de proteger a su hijo, también le había negado el derecho de conocer sus raíces. Tragó el nudo en la garganta antes de responder. —Está bien, no pasa nada. Cuando pueda te llamo con más calma. El médico dijo que tengo que seguir en reposo por el golpe en la frente. —Sofi, cuídate mucho, por favor. Si no me llamas para avisar cómo estás, llamaré directamente a tu hermano y me aseguraré de que él me cuente la verdad de todo esto. Sofía colgó después de los regaños de su amiga. Siempre había algo reconfortante en ellos. Le recordaban que no estaba sola. Sin embargo, un pensamiento fugaz cruzó su mente: ¿desde cuándo Mía y Luciano parecían tan unidos? ¿O era solo el cansancio? Trató de acomodarse en la cama. El dolor y los mareos por el golpe del falso médico habían mejorado con los analgésicos, pero había algo más que le pesaba en el pecho. Ese miedo que se negaba a reconocer: casi había perdido a Ricardo. No lo había perdonado. Y no era fácil olvidar el desprecio ni el destierro. Pero verlo reducido a aquel estado, convertido en una sombra del hombre que había sido su héroe durante la infancia, el magnate que le enseñó cada estrategia de negocios, le dolía más de lo que quería admitir. A pesar del odio que sentía por lo que les había hecho, Sofía guardaba un secreto que jamás había confesado a nadie: durante los primeros años después de ser expulsada de la familia Bianchi, Ricardo la buscaba en secreto. Más de una vez, escondida tras una ventana, reconoció a lo lejos la matrícula del auto de lujo estacionado cerca de su departamento. Sabía que él estaba allí, observándola desde la distancia, pero nunca tuvo el valor de bajarse. Y ella, con el mismo orgullo que había heredado de él, tampoco dio el primer paso. Se habían alejado el uno del otro a fuerza de silencio. La puerta se abrió e interrumpió sus pensamientos. Luciano entró en la habitación. —Sororilla, ¿te encuentras mejor? —preguntó, acercándose a la camilla. —Sí. ¿Y tú? ¿Qué pudiste averiguar con seguridad y el laboratorio? Luciano se acercó más, con varias carpetas médicas y documentos confidenciales en las manos. —Puse a hombres de mi absoluta confianza a custodiar la suite de Ricardo. Nadie entra ni sale de ese piso sin una revisión exhaustiva. También revisé personalmente las cámaras del hospital. El atacante conocía a la perfección cada punto ciego del edificio. No logramos captar su rostro en ningún ángulo. Y... —¿Y qué pasa con el medicamento de la jeringa? —lo presionó Sofía, incorporándose. —Es mucho peor de lo que pensábamos, Sofía —confesó él, con la voz apagada—. Ese líquido translúcido no era un veneno para matarlo de inmediato. Es un compuesto diseñado para desestabilizar su ritmo cardíaco poco a poco. Le han estado administrando ese supuesto "medicamento de apoyo" en dosis microscópicas durante meses para mantenerlo postrado. Sofía ahogó un grito. —¿Qué estás diciendo? —Las complicaciones médicas y las crisis que aparecían justo antes de cada operación programada... todas fueron provocadas por ese fármaco. —¿Y ningún médico de este hospital tan prestigioso se dio cuenta? —preguntó, con la rabia desbordándose en su voz. —Al parecer, el compuesto pasa completamente desapercibido en los exámenes de rutina. Con el tiempo provoca un infarto agudo y fulminante. Al morir, ni siquiera los forenses notarían que fue provocado. Habría parecido una muerte natural debido a su condición. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sofía. —Luciano, esto es un plan a gran escala. Alguien muy poderoso dentro de nuestro entorno quiere deshacerse de Ricardo de una vez por todas. —Lo más seguro es que sea el tío Franco —soltó Luciano, apretando los dientes. —Pero el tío Franco no ganaría nada con su muerte. Legalmente, tú eres el heredero universal de la corporación. —Sí, en el papel —replicó con amargura—. Pero lo que no sabes es que Franco ha estado comprando en silencio a los socios mayoritarios de la junta durante años. Si tú no hubieras vuelto, tal vez yo ya no tendría ninguna oportunidad de defender el patrimonio. Sofía entrecerró los ojos al notar el dolor que su hermano intentaba ocultar. —¿Qué es lo que no me estás contando, Luciano? —Sororilla... las cosas en la corporación han cambiado demasiado —admitió él, apartando la mirada—. Franco, sus hijos e incluso la abuela han estado operando en las sombras para sacarme de la jugada. Ni yo mismo sé hasta dónde han metido las manos ni qué nivel de poder real tienen ahora. Para ellos siempre seré el inútil que prefiere la pintura antes que los negocios. —Eso es mentira —lo interrumpió Sofía con vehemencia—. Eres inteligente y sumamente capaz. Con apenas diecinueve años asumiste el control de un imperio al borde del colapso tras el encierro de papá y, bajo tu gestión, la empresa ha avanzado muchísimo. No dejes que te hagan dudar de ti mismo. Luciano esbozó una sonrisa cansada y se acomodó los anteojos. Era una de sus manías cuando estaba a punto de revelar algo importante. —No es solo eso, Sofía. Hay algo que no quería contarte hasta estar seguro, pero dadas las circunstancias debes saberlo. Yo nunca creí que el supuesto "error" de la prueba de paternidad de hace diez años fuera un accidente de laboratorio. Y resulta que Ricardo tampoco se lo creyó al principio. Sofía contuvo el aliento. —¿Qué? —Ricardo te amaba con locura, Sofía. Eras su orgullo. Cuando llegó ese resultado que decía que no eras su hija, se negó a aceptarlo. Mandó a repetir los análisis tres veces más en diferentes laboratorios, pero el resultado fue siempre el mismo: ningún vínculo de sangre. El genetista que firmó esas pruebas murió misteriosamente en un accidente automovilístico cuatro años después. Luciano hizo una pausa mientras buscaba una carpeta específica. —Antes de morir, ese doctor me mandó un mensaje cifrado a mi correo personal. Por eso empecé a investigar el caso desde cero. Y adivina qué: alteraron las muestras originales desde el banco de sangre central. Las pruebas de Ricardo siempre estuvieron manipuladas. El hospital solo dio esa disculpa pública para lavarse las manos y evitar una demanda millonaria. A Sofía se le heló la sangre. Las revelaciones llegaban una detrás de otra. —Me estás diciendo... ¿que todo nuestro sufrimiento, el destierro, la locura de Ricardo y la destrucción de nuestra familia fue planeado a sangre fría? ¿Por quién? —No lo sé con certeza, pero lo sigo averiguando —dijo Luciano, tomándole la mano—. Alguien quiso destruir nuestras vidas desde la raíz y lo logró. Por eso te lo pido, sororilla... no nos perdones a papá ni a mí si no quieres. Pero te necesito a mi lado. Necesitamos descubrir juntos quién nos hizo esto. Te necesito, Sofía. Sofía miró la expresión decidida y vulnerable de su hermano. Era demasiada información para un solo día, pero en lugar de quebrarla, despertó en ella una determinación que llevaba años intentando contener. Alguien había destruido a su familia por pura codicia. Había separado a sus padres, la había expulsado de su hogar y había convertido sus vidas en un infierno. Iba a descubrir quién estaba detrás de todo aquello. Nunca más volvería a huir. Se enfrentaría a todos: a su tío Franco, a sus primos, a la junta directiva e incluso al mismísimo Alexander. —Vamos a planear esto con cabeza fría, Luciano —sentenció Sofía, con una voz firme que hizo que su hermano enderezara la espalda—. Desde hoy me mudo de vuelta a la mansión contigo. Luciano la miró con los ojos muy abiertos. —¿Estás completamente segura? Pensé que habías jurado no volver a pisar esa casa. —Estoy tan segura como que me llamo Giuliana Sofía Bianchi. Su hermano esbozó una sonrisa de triunfo. La verdadera heredera de los Bianchi había vuelto. Y Luciano sabía perfectamente que, cuando Sofía tomaba una decisión, era muy difícil hacerla cambiar de opinión. —Voy a preparar tu alta médica y a coordinar el traslado clandestino de papá —dijo Luciano, recuperando la energía—. Vamos a montar un centro cardiológico de alta tecnología en el ala médica de la mansión. Compraremos todo el equipo necesario. Así lo mantendremos seguro, lejos de sus asesinos. —Perfecto. Ve, yo te espero aquí. En cuanto la puerta se cerró, Sofía tomó su teléfono y escribió al hombre que, hasta hacía unas horas, ni siquiera se había dignado a contestarle: "Señor Alexander, acepto una reunión formal con usted a través de mi asistente para evaluar la propuesta de Nexus. Pero que le quede algo muy claro desde ahora: esta negociación se hará bajo mis propios términos y condiciones. Usted no tiene el control de este juego." Bloqueó la pantalla con una sonrisa fría. La guerra acababa de comenzar.Alexander leyó el mensaje por tercera vez y se recostó en su sillón con una sonrisa que nose le quitaba de la cara desde hacía media hora.—Aceptó —dijo, girando el teléfono hacia Nicolás—. Giuliana Bianchi aceptó la reunión.Nicolás dejó la tableta sobre el escritorio y leyó con calma.—Aceptó que te reunieras con su asistente, en sus términos y bajo sus condiciones. Eso no es aceptar, Alexander.—Es lo mismo. Hace unos días me cerró la puerta en la cara y hoy abre una rendija. Se dobló.—Se dobló tanto que te dice que no tienes el control de este juego. Léelo otra vez.—Ya lo leí. —Alexander volvió a mirar la pantalla—. Su asistente. ¿A quién crees que va a mandar?Nicolás suspiró.—Ahí quería llegar. No estás celebrando por Nexus.—Claro que sí. Sin Nexus...—Sin Nexus la empresa perdería muchísimo, me lo sé de memoria. Pero cuando llegó el mensaje no preguntaste por la fecha ni por las cláusulas. Preguntaste a qué hora sale Sofía del edificio de los Bianchi. —Nicolás l
—Sí, Mía, en cuanto termine aquí vuelvo a casa. No te preocupes.—Tienes que llamarme, Sofía. Giorgio se ha pasado todo el día preguntando por ti —la vozde Mía sonaba asustada y todavía temblaba por las noticias del atentado—. Le dije quefuiste a visitar al abuelo y que tardarías un poco en volver.Sofía se tensó en la cama del hospital.—No tenías que darle esos detalles, Mía. Nunca le he hablado de él. Sabes perfectamentepor qué.—Se me salió, lo siento... Pero no te imaginas la alegría que sintió ese niño al saber quetambién tenía un abuelo.Sofía guardó silencio. En su afán de proteger a su hijo, también le había negado el derechode conocer sus raíces. Tragó el nudo en la garganta antes de responder.—Está bien, no pasa nada. Cuando pueda te llamo con más calma. El médico dijo quetengo que seguir en reposo por el golpe en la frente.—Sofi, cuídate mucho, por favor. Si no me llamas para avisar cómo estás, llamarédirectamente a tu hermano y me aseguraré de que é
—Pero qué desgraciado...Sofía apenas podía dar crédito a lo que leía en la pantalla. Sabía que Alexander era untiburón implacable en el mundo de los negocios, pero no imaginó que caería tan bajo.—¿Tan desesperado estás por mi tecnología, o esto es solo una venganza personal?—susurró para sí misma, apretando el celular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaronblancos.—Sofía, ¿estás bien? ¿Por qué tienes esa cara?Luciano se acercaba por el pasillo del hospital sosteniendo dos tazas de café. Las ojerasdelataban que, al igual que ella, no había dormido en toda la noche.—¿Le pasó algo a papá? —preguntó Luciano, con la voz cargada de ansiedad—. Losmédicos dijeron que ya estaba estable, no debería...—Ricardo está bien, Luciano, no te preocupes —lo interrumpió ella rápidamente, guardandoel teléfono—. Solo recibí un mensaje inesperado.—¿De Alexander?Sofía parpadeó, sorprendida.—¿Cómo lo sabes?—Es el único hombre sobre la tierra capaz de alterarte de esa mane
Capítulo 8 — Obsesión sin treguaAlexander no regresó a su mansión. Condujo de vuelta al edificio corporativo de SterlingCompany en mitad de la madrugada, devorándose los semáforos en rojo. Su cabeza era uncaos.Subió por el ascensor privado directo a su despacho del último piso. Al encender las luces,el gran ventanal le devolvió el reflejo de un hombre con la mandíbula tensa, los ojos fijos enel vacío y los puños tan apretados que le dolían las articulaciones. Lanzó su saco sobre unode los sillones de cuero y comenzó a caminar en círculos.La imagen seguía ahí, quemándole los párpados. Sofía con otro hombre. Y ese niño. Eseniño que tenía los mismos rasgos refinados y los ojos verdes de Luciano, la prueba vivientede su traición.La puerta de su oficina se abrió de golpe, interrumpiendo su tormento. Nicolás entró aldespacho con la respiración agitada, sosteniendo su computadora portátil bajo el brazo.—Te dije que fueras con cuidado, Alexander —reclamó Nicolás, cerrando la puer
Esa es exactamente la pregunta que yo me hago sobre ti. No creo que sean horas devisitar ,Sterling.Luciano se cruzó de brazos, sin moverse del marco de la puerta.—No estoy de humor para juegos —advirtió con voz fría.—Yo tampoco.Ninguno de los dos se movió. Alexander miró por encima del hombro de Luciano, hacia elinterior del apartamento.Si el estúpido de Nicolás se equivocó, lo voy a matar, pensó para sí mismo, recordando ladirección que su amigo le había dado antes. Pero lo que realmente deseo con todas misfuerzas... es que se haya equivocado.La duda no le duró mucho cuando escuchó una voz que anhelaba oír hacía mucho tiempo,la misma que solía despertarlo en las mañanas más felices de su vida.—¿Quién es? —preguntó Sofía, apareciendo detrás de Luciano en una bata de sedapegada a su cuerpo.Se detuvo en seco al ver a Alexander en la puerta.—Alexander, ¿qué haces aquí tan tarde? ¿Cómo es que diste con mi casa?Él señaló a Luciano con la cabeza, con una mueca de evidente de
Sofía no apartó la vista de Alexander. Sostuvo la mano de Giorgio con más fuerza, sintiendoel sudor frío en las palmas.—No voy a hablar de esto aquí —su voz sonó más firme de lo que esperaba.Alexander dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos.—Entonces dime dónde y cuándo, Sofía, porque no pienso dejar las cosas así —replicó él,bajando el tono, aunque la exigencia seguía intacta—. Desapareces por seis años y ahorapretendes que actúe como si no pasara nada.En ese instante, el teléfono en el bolsillo del saco de Alexander comenzó a vibrar. Lo ignoróla primera vez, pero volvió a sonar casi de inmediato. Soltó una maldición entre dientes ymiró la pantalla con fastidio.Mamá.—Ahora no, madre —murmuró, desviando la llamada.El teléfono volvió a vibrar.—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos mientras buscaba con lamirada una salida.—No. Esto es más importante —respondió él, guardando el aparato.Pero Victoria no parecía dispuesta a rendir







