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CAPÍTULO 11: Un heredero para los Sterling

作者: Gaela Nakpil
last update 公開日: 2026-09-20 22:26:29

Alexander leyó el mensaje por tercera vez y se recostó en su sillón con una sonrisa que no

se le quitaba de la cara desde hacía media hora.

—Aceptó —dijo, girando el teléfono hacia Nicolás—. Giuliana Bianchi aceptó la reunión.

Nicolás dejó la tableta sobre el escritorio y leyó con calma.

—Aceptó que te reunieras con su asistente, en sus términos y bajo sus condiciones. Eso no es aceptar, Alexander.

—Es lo mismo. Hace unos días me cerró la puerta en la cara y hoy abre una rendija. Se dobló.

—Se dobló tanto que te dice que no tienes el control de este juego. Léelo otra vez.

—Ya lo leí. —Alexander volvió a mirar la pantalla—. Su asistente. ¿A quién crees que va a mandar?

Nicolás suspiró.

—Ahí quería llegar. No estás celebrando por Nexus.

—Claro que sí. Sin Nexus...

—Sin Nexus la empresa perdería muchísimo, me lo sé de memoria. Pero cuando llegó el mensaje no preguntaste por la fecha ni por las cláusulas. Preguntaste a qué hora sale Sofía del edificio de los Bianchi. —Nicolás lo señaló con el bolígrafo—. Te estás volviendo loco con esto.

—No me estoy volviendo loco.

—Casi te agarras a golpes por ella.

—Tenía motivos.

—Y hoy sonríes como un adolescente porque vas a sentarte frente a la mujer que te odia.

Dime cuál de las dos cosas me debe preocupar más.

Alexander abrió la boca para responder, pero la puerta del despacho se abrió sin que nadie

llamara.

—Hijo, mira a quién me encontré en el vestíbulo.

Victoria Sterling entró con su abrigo impecable y la sonrisa de quien ya ganó. Detrás venía una joven de cabello castaño, vestido azul sencillo y una carpeta bajo el brazo. Alexander se puso de pie. La sonrisa se le borró.

—Madre, ahora no.

—Contigo siempre es "ahora no" —replicó Victoria, sin inmutarse—. Ella es Isabelle Beaumont. Su padre y yo hemos estado hablando de ti.

—Encantada, señor Sterling —dijo la joven, y le tendió la mano—. Prometo no quedarme mucho.

Alexander se la estrechó por cortesía, sin soltar a su madre con la mirada. Nicolás

carraspeó y fingió un repentino interés en la tableta.

—Isabelle acaba de volver de París —continuó Victoria—. Estudió administración, habla

cuatro idiomas y dirige la fundación de su familia. Los Beaumont son exactamente la clase

de alianza que esta casa necesita.

—Lo que esta casa necesita es que dejes de organizarme la vida.

—Lo que necesita es un futuro, Alexander. —Victoria dejó el bolso sobre el sofá—. Han

pasado seis años. Ya es hora de que rehagas tu vida como se debe y le des un heredero a

esta familia.

Un heredero.

Un hijo suyo y de Sofía. Eso era lo que había deseado durante tanto tiempo.

Había imaginado aquella vida más veces de las que podía admitir, pero nunca llegó.

Y ahora, seis años después, Victoria hablaba de darle un heredero como si pudiera

reemplazarlo todo con otra mujer.

Lo peor era que todavía deseaba que Giorgio fuera suyo.

Quería que aquel niño fuera su hijo con Sofía, pero el destino parecía empeñado en burlarse de él. Hasta eso le había negado.Aquellos pensamientos abrieron una herida que nunca había conseguido cerrar y golpearon directamente contra su orgullo.

—No estoy para bromas, madre —dijo Alexander, rodeando el escritorio—. Esta semana se

decide si la empresa sigue en pie. Lo último que necesito es un desfile de candidatas.

—No es un desfile, es una cena. El viernes, en casa, con sus padres.

—Tengo trabajo.

—Siempre tienes trabajo. Trabajo y una mansión vacía. ¿Ese es el futuro que quieres? —Tu criterio ya me costó demasiado, madre.

Por un instante, Victoria no supo qué responder. Enseguida recuperó la compostura.

—Hablas de esa mujer. Esa mujer te traicionó y tú lo sabes.

—Vamos a dejarlo ahí.

El silencio se alargó hasta que Isabelle dio un paso al frente.

—Señora Sterling, creo que el señor Sterling tiene algo de razón. —Se giró hacia él—. Yo

tampoco vine a pedirle matrimonio hoy. Vine porque su madre me juró que el café de esta

oficina era el mejor de la ciudad.

Nicolás soltó una risa que disimuló con una tos. Alexander la miró con más atención. No era

lo que esperaba.

—El café es bueno —admitió—. Nicolás, sírvele uno a la señorita Beaumont.

—Con gusto.

—Gracias, pero lo dejamos para otro día. —Isabelle recogió su carpeta—. Fue un placer,

señor Sterling. Y no se preocupe, no soy de las que insisten donde no las quieren.

Victoria la tomó del brazo, sonriendo otra vez.

—Es encantadora, ¿verdad? El viernes a las ocho, Alexander. No acepto un no.

Se marcharon. Alexander se dejó caer en el sillón.

—Cancela esa cena.

—No puedo —respondió Nicolás—. Los Beaumont son el respaldo si el contrato internacional se cae. Tu madre no lo sabe, pero los necesitas.

—Entonces invéntame una excusa que dure hasta el viernes.

—¿Cuál? ¿Que tienes una cita con la asistente de una ingeniera fantasma?

—Esa me gusta.

—Es la verdad.

—Mejor todavía.

Nicolás negó con la cabeza. —Sí, definitivamente te estás volviendo loco.

---

La camioneta cruzó el portón de hierro de la mansión Bianchi cuando ya caía la tarde. Sofía

bajó primero, con un apósito en la frente y el bolso apretado contra el pecho. Detrás bajaron

Mía, con una maleta en cada mano, y Giorgio, que llevaba la cara pegada al vidrio desde que entraron al camino de los jardines.

—¡Mami! —Giorgio corrió hasta los escalones de la entrada y giró sobre sí mismo, con la cabeza hacia atrás—. ¡Esto es un palacio!

—Es una casa, mi amor.

—Mami, esto no es una casa. —Abrió los brazos—. Aquí caben muchos dinosaurios. Los del museo, todos, y todavía sobra sitio para el tiranosaurio.

—Pues cuidado con dónde los pones —dijo Luciano, bajando la escalera con las manos en

los bolsillos y una sonrisa que Sofía no le veía desde que eran niños—. Bienvenido,campeón. Ese pasillo es tuyo para correr, siempre que no toques los jarrones.

—¿Cuáles jarrones?

—Todos.

Giorgio salió disparado hacia el vestíbulo. Una empleada de la casa lo siguió con paso

rápido.

Sofía se quedó al pie de la escalera. Los mismos escalones de mármol, la misma barandilla,

hasta el mismo olor a cera y a madera. Diez años, y lo único que había cambiado era ella.

—Hice preparar tu antiguo cuarto —dijo Luciano en voz baja—. Si prefieres otro, elige el que quieras. Hay veinte.

—Con que el de Giorgio quede al lado me basta.

—Ya está. Y el tuyo, Mía, queda frente al de ellos.

—Yo puedo dormir en cualquier rincón —dijo Mía, resoplando bajo el peso del equipaje—.

Un sofá, un armario...

Luciano le quitó una de las maletas sin pedir permiso. Sus dedos rozaron los de ella.

—No vas a dormir en un armario. Ven, te ayudo.

Subieron juntos. Sofía los siguió con la mirada y alzó una ceja. Luciano se había acomodado los anteojos dos veces en menos de un minuto. Esa noche, Sofía se quedó de pie junto a la ventana de su antiguo cuarto. Alguien había

puesto flores frescas sobre la cómoda. La puerta se abrió despacio.

—Se durmió a la tercera página del cuento —susurró Mía, entrando con dos tazas de

chocolate caliente—. Lo dejé abrazado al triceratops de peluche. Por cierto, exploró la mitad del pasillo antes de que lo convenciera de bañarse.

—Gracias, Mía.

—No me des las gracias. Dime qué haces despierta mirando la ventana.

Sofía aceptó la taza y se sentó en el borde de la cama.

—Estoy en la casa de la que me echaron. Pronto con un padre escondido en un ala, con

Franco esperando el primer descuido y con el hombre que más quise creyendo que soy su

enemiga. Y mañana tengo que ponerme un traje y fingir que nada de esto me duele.

—Sofi, si le contamos esto a alguien, no nos cree. —Mía se sentó a su lado—. Un atentado,

un doctor falso, una prueba de ADN trucada, una herencia, un exmarido celoso que te dice

"perra mentirosa" en tu propia sala...

—Mía.

—Es que es verdad. Eso es una novela de suspenso de las que no se sueltan. Con final de

capítulo y todo.

Sofía soltó una risa cansada.

—¿Y tú qué papel tendrías?

—La mejor amiga graciosa, claro. La que se lleva todas las risas y ninguna escena de amor.

—¿Ninguna? —Sofía la miró de reojo, con la taza en los labios—. ¿Y qué fue lo de la

escalera?

—¿Qué escalera?

—La de esta tarde. Mi hermano te quitó la maleta.

—Es un caballero.

—Mi hermano no ha cargado una maleta en su vida.

—Sofi... Tocaron a la puerta. Luciano asomó la cabeza, con el cabello despeinado y un termo en la mano.

—Vine a avisar que papá llega mañana al amanecer. El ala médica ya está lista. Y a ver si

alguien quería chocolate caliente.

Sofía levantó su taza con una sonrisa inocente.

—Ya tenemos, gracias.

—Ah. —Luciano bajó el termo—. Qué bien.

—Aunque el de la cocina es mejor —se apresuró a decir Mía, poniéndose de pie—. Eso

dicen. ¿Me acompañas a probarlo?

—Claro. —Luciano se acomodó los anteojos—. Con gusto.

Salieron al pasillo y Sofía escuchó a Mía preguntar en voz baja si de verdad había puesto

guardias frente a su puerta. Luciano respondió que dos, y que era por precaución. Mía dijo

que le parecía bien.

Sofía dejó la taza sobre la cómoda y sonrió sin que nadie la viera. Después cruzó el pasillo

y entró al cuarto de Giorgio.

El niño dormía de lado, con el peluche bajo el brazo. Al sentir el colchón hundirse, abrió un

ojo.

—Mami... ¿ya llegó el abuelo?

—Mañana, mi vida. Duérmete.

—¿Y me va a querer?

—Muchísimo. —Ella le acomodó el cabello sobre la frente—. Igual que yo.

—¿Igual de muchísimo?

—Igual.

Giorgio sonrió con los ojos cerrados y volvió a dormirse. Sofía se quedó a su lado hasta que

la respiración del niño se volvió pareja.

Su teléfono vibró sobre la mesita. Lo tomó y salió al pasillo para no despertarlo.

Era un mensaje de Alexander:

«Mañana, diez de la mañana, Sterling Company. Que su asistente no llegue tarde. Y que la

señorita Bianchi sepa que no me gusta que me hagan esperar.

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