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Capítulo 6 — El cuarto del bebé

last update Veröffentlichungsdatum: 29.10.2026 12:00:26

A la mañana siguiente, Nayla tomó el tren a Bogor sola. Arsen le había ofrecido un auto con chofer, pero ella se negó. Había cosas que tenía que ver con sus propios ojos, sin nadie a su lado.

La casa de la calle Kenanga número 12 seguía igual. La pintura verde pálido descascarada, la reja baja de hierro por la que trepaba de niña, y el árbol de mango que ahora se alzaba más alto que el techo, dando sombra a la terraza donde su madre bordaba todas las tardes. Pero el candado de la reja era nuevo, y de una rama del mango colgaba un letrero de madera con pintura roja todavía fresca. SE VENDE. Informes con el propietario. Debajo, el número de celular de Reza.

La señora Sum, la vecina que conocía a su madre desde niña, salió con el rostro preocupado.

—¿Neng Nayla? El joven Reza trajo gente a ver la casa la semana pasada. Dijo que ya había alguien dispuesto a dar el enganche.

La semana pasada. Mucho antes de que se descubriera su infidelidad.

Nayla se quedó largo rato frente a la reja, mirando la ventana del cuarto de enfrente, con las cortinas amarillas de flores que su madre había cosido con sus propias manos. Recordó las últimas tardes de su madre en ese cuarto, cuando el cáncer ya le había dejado el cuerpo demasiado débil para sentarse en la terraza. Nayla le leía novelas viejas en voz baja, mientras Reza siempre tenía un pretexto para no ir. Junta importante. Un cliente de fuera. El fin de semana, cariño. Ese fin de semana nunca llegó. Su madre murió un martes, apretando la mano de Nayla, y sus últimas palabras fueron para pedirle que no vendiera esa casa, pasara lo que pasara.

Ahora el letrero de SE VENDE colgaba del árbol de mango de su padre, con el número de celular de un hombre que ni siquiera llegó a tiempo al funeral.

La señora Sum le tocó el brazo con suavidad.

—Neng, si hay algo en que pueda ayudarte, nada más dime. Todavía me acuerdo de que tu difunta madre me encargó que cuidara esta casa.

—Gracias, señora. —Nayla sonrió apenas—. Esta vez yo la voy a cuidar.

Nayla se sentó en la banca de cemento frente a la reja y abrió su celular. Dos semanas atrás había hecho algo que nunca le contó a nadie. Cansada de que la llamaran estéril, le rogó a Reza que se hiciera estudios con ella. Reza se negó en redondo: el problema eres tú, no yo. Así que Nayla registró un estudio de pareja en una clínica de fertilidad a su propio nombre y mintió diciendo que era un requisito del seguro de la oficina. Reza entregó su muestra de mala gana y nunca volvió a preguntar.

Los resultados estaban programados para ese día.

Un sedán negro se detuvo frente a la reja antes de que ella alcanzara a abrir la bandeja de entrada. Un auto que conocía muy bien, porque había pagado la mitad de las mensualidades durante tres años. Sinta bajó primero, con lentes oscuros y una sonrisa demasiado amplia. Luego Reza, con la llave del candado nuevo.

—¿Nay? —Sinta se quitó los lentes, fingiendo sorpresa—. Qué coincidencia. Vinimos a medir el cuarto de enfrente. Queremos convertirlo en el cuarto del bebé. —Se acarició el vientre despacio—. Ocho semanas. ¿Reza no te había dicho?

El cuarto de enfrente. Donde murió su madre. Donde Nayla misma había lavado su cuerpo.

Reza se rio y giró la llave entre los dedos.

—Resulta que el estéril no era yo, ¿verdad, Nay? Mi madre tenía razón desde el principio.

El celular vibró en la mano de Nayla. Un correo. Clínica de Fertilidad Harapan Bunda. Resultados del estudio de pareja. Lo abrió delante de los dos, pasó la primera página y se detuvo en la segunda.

Nombre: Reza Pratama. Resultado: Azoospermia. No se encontraron espermatozoides en la muestra. Es muy probable que el paciente no pueda tener descendencia de forma natural.

Cinco años. Cinco años cargando sola con esa acusación. Nayla esperó a que llegaran las lágrimas, como siempre. Pero lo que llegó fue algo distinto, frío y nítido, como cuando descubría el patrón oculto detrás de una campaña tramposa.

La grabación del elevador de la dirección. Sinta abrazada del brazo de Bram. Tres registros en el hotel el mes pasado. Ocho semanas.

Ya no necesitaba preguntar de quién era el hijo que esperaba Sinta. Ya lo sabía.

Nayla se levantó despacio y caminó hacia la reja. No lloró. Miró a Reza de frente a través de los barrotes de hierro y luego giró la pantalla del celular hacia él.

—Felicidades, Mas —dijo con calma—. Vas a ser el padre de un hijo que no puede ser tuyo.

A Reza se le transformó la cara. Leyó la pantalla una vez, dos veces, y el color se le fue del rostro. A su lado, la sonrisa de Sinta se congeló y luego se resquebrajó.

—Eso... eso es falso —balbuceó Reza.

—Tú mismo entregaste la muestra. Tu firma está en el formulario de la clínica. Esta vez fuiste tú quien no leyó la tercera página. —Nayla se volvió hacia Sinta, que retrocedió un paso con la mano todavía sobre el vientre—. Y tú, Sin. ¿Creíste que no sé con quién te veías en el elevador de la dirección del Hotel Grand Arunika?

Sinta se puso pálida como un papel. No respondió. No le hacía falta. Su cara ya lo había respondido todo.

Nayla le tomó una foto al letrero de SE VENDE en el árbol de mango, luego dio media vuelta y caminó hacia la estación sin voltear. A sus espaldas oyó a Reza gritar el nombre de Sinta, y a Sinta llorar, suplicándole que primero la escuchara.

No se detuvo hasta llegar a la estación. Solo allí, bajo el techo de lámina caliente, empezaron a temblarle las manos. No era miedo. Era alivio, y rabia, y tristeza, todo al mismo tiempo. Cinco años tomando un brebaje amargo cada mañana. Cinco años bajando la cabeza cada vez que las tías le preguntaban cuándo iba a embarazarse. Cinco años pidiendo perdón por su propio cuerpo, cuando su cuerpo nunca había tenido la culpa.

Se sentó en una banca del andén y se permitió llorar durante dos minutos, ni uno más. Luego se secó la cara, abrió el celular y empezó a armar una lista, como cuando preparaba una presentación para la dirección. Pruebas de la infidelidad. Grabaciones de las cámaras de seguridad. La grabación de voz de Bram. Los resultados de la clínica. La transferencia a Lumen Media. Una a una, las piezas formaban una historia completa.

Y por primera vez desde aquella noche, la historia no trataba de una mujer a la que le tendieron una trampa. Trataba de una mujer que iba a contraatacar.

En el andén casi vacío, Nayla marcó un número.

Arsen contestó al primer timbrazo.

—¿Nayla? ¿Estás bien?

—Más que bien. —Por primera vez en cinco años, su voz no tembló en absoluto—. No busques más abogados. Ya tengo la historia. Reza es estéril, Sinta está embarazada de Bram, y Bram usó una agencia de la empresa para tendernos una trampa a los dos. Ya no tenemos que defendernos, Arsen. Nosotros vamos a atacar. Y esta vez, yo escribo la historia.

Hubo un breve silencio al otro lado. Luego se oyó la voz de Arsen, grave y tensa.

—Nayla, Bram acaba de anunciar una conferencia de prensa mañana a las nueve. Frente a todo el consejo de comisarios. —Hizo una pausa—. Va a anunciar que firmaste una declaración diciendo que me aproveché de ti. Y tiene una copia, con tu firma incluida.

Nayla se quedó helada en el andén. Abrió el bolso con las manos frías. La declaración de Bram seguía allí, intacta, sin firmar.

Entonces, ¿quién había firmado en su nombre?

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