ANMELDENReza hablaba con una voz que temblaba justo en los momentos adecuados. Contó que esa noche Nayla lo había llamado llorando desde el hotel, confesándole que un joven que le había prometido un ascenso la había convencido de beber y que no recordaba nada después. Habló de los cinco años de matrimonio por los que había luchado, de una esposa que había cambiado desde que se obsesionó con conseguir el ascenso, de su corazón destrozado al ver aquella foto. En las filas de la prensa, algunos asintieron. Un comisario anciano de la primera fila negó despacio con la cabeza mientras miraba de reojo a Arsen.Nayla permanecía sentada, inmóvil, con la carpeta café en el regazo. Escuchaba cada palabra de Reza como quien escucha la presentación de un competidor: anotando afirmaciones, buscando huecos, siguiendo la línea de tiempo. Había vivido cinco años con ese hombre. Sabía perfectamente cómo mentía Reza. Siempre con demasiados detalles en lo que no importaba, y demasiado vago en lo que se podía com
Nayla miró la foto del moretón hasta que la pantalla del celular se atenuó sola. La parte antigua de ella, la mujer que durante veinte años había acudido cada vez que Sinta lloraba, quería bajar al sótano en ese mismo instante. La parte nueva de ella, la que tres días atrás había despertado en la cama de un desconocido con una foto suya en el celular de su esposo, le decía que aquel mensaje era demasiado pulcro. La hora era demasiado temprana. El lugar, demasiado solitario. Y había una frase que odiaba más que ninguna otra: no le digas a Arsen.Recordó la condición que ella misma había puesto en la sala de control de seguridad. Tú no tomas decisiones por mí sin preguntarme. Esa condición no significaba nada si solo valía para uno de los dos.A las tres y diez, llamó. Arsen contestó antes de que terminara el primer timbrazo, y su voz no sonaba en absoluto como la de alguien que acaba de despertar.—No has dormido —dijo Nayla.—Tú tampoco. —Un breve silencio—. ¿Qué pasa?Nayla le leyó e
El cielo de Yakarta ya estaba oscuro cuando Nayla llegó al Hotel Grand Arunika. Esperaba que fuera Dimas quien la recibiera en el vestíbulo, como de costumbre. Pero quien estaba de pie junto a la columna de mármol, con las mangas de la camisa arremangadas y el rostro de alguien que claramente no había descansado desde la mañana, era el propio Arsen. No dijo nada cuando Nayla se acercó. Solo la miró un instante de pies a cabeza, como si quisiera asegurarse de que había vuelto de Bogor entera, y luego caminó a su lado hacia el elevador sin tocarla en absoluto.En la suite del piso 21, Dimas ya esperaba con la laptop abierta y el rostro pálido. El señor Hadi, el abogado de Nayla, estaba conectado por videollamada desde su desordenada oficina. Sobre el escritorio había una hoja recién impresa, todavía tibia.—La secretaria de uno de los comisarios me la mandó hace una hora —dijo Dimas—. Bram ya repartió copias a todos los miembros del consejo como material para la conferencia de prensa de
A la mañana siguiente, Nayla tomó el tren a Bogor sola. Arsen le había ofrecido un auto con chofer, pero ella se negó. Había cosas que tenía que ver con sus propios ojos, sin nadie a su lado.La casa de la calle Kenanga número 12 seguía igual. La pintura verde pálido descascarada, la reja baja de hierro por la que trepaba de niña, y el árbol de mango que ahora se alzaba más alto que el techo, dando sombra a la terraza donde su madre bordaba todas las tardes. Pero el candado de la reja era nuevo, y de una rama del mango colgaba un letrero de madera con pintura roja todavía fresca. SE VENDE. Informes con el propietario. Debajo, el número de celular de Reza.La señora Sum, la vecina que conocía a su madre desde niña, salió con el rostro preocupado.—¿Neng Nayla? El joven Reza trajo gente a ver la casa la semana pasada. Dijo que ya había alguien dispuesto a dar el enganche.La semana pasada. Mucho antes de que se descubriera su infidelidad.Nayla se quedó largo rato frente a la reja, mira
Bramantyo Wiratama la recibió con una sonrisa demasiado amplia y un apretón de manos demasiado largo. Tenía treinta y tantos años, impecable, perfumado, con un traje gris perfecto y unos ojos que no acompañaban su sonrisa. Su oficina en el piso veinte dominaba toda la ciudad.—Señora Nayla. Lamento mucho todo lo que le ha pasado. —La invitó a sentarse—. Creo que usted es víctima de circunstancias mucho más grandes que usted misma.—¿Qué circunstancias, señor?—Mi primo. —Bram suspiró como si hablara de algo muy triste—. Arsen se crio en el extranjero. Está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. No me sorprendería que se hubiera aprovechado de una mujer vulnerable en el hotel de su familia.Deslizó una hoja frente a Nayla. Una declaración, ya mecanografiada con esmero. Yo, Nayla Anindita, declaro que en dicha noche fui persuadida y utilizada por Arsenio Wiratama mientras me encontraba inconsciente.—Firme esto, y mañana por la mañana recupera su puesto —dijo Bram con suavidad—. Mis
Nayla no durmió esa noche. Se sentó en el suelo de su cuarto de huéspedes con la laptop en el regazo y una taza de té de jengibre que le había dado la señora Ratmi y que ya se había enfriado, y diseccionó la nota como quien disecciona la campaña de un competidor. Anotó la hora de publicación de cada cuenta, las palabras que usaban, los hashtags repetidos y los nombres de las primeras cuentas que la difundieron.Armó una tabla en una hoja de cálculo, como hacía para sus reportes mensuales. La primera columna para el nombre de la cuenta, la segunda para la hora de publicación, la tercera para el número de seguidores, la cuarta para la frase inicial. A las dos de la mañana notó algo extraño: todas las cuentas tenían el mismo error de dedo en el titular, la palabra empleada escrita empleadda, con doble d. Nadie se equivoca de la misma forma doce veces. Era un texto copiado de una sola fuente.A las tres abrió el archivo de su correo de la oficina, al que todavía podía acceder desde casa,







