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Ya no eres mi papá, Alfa Ashford
Ya no eres mi papá, Alfa Ashford
Author: Bite Man

Capítulo 1

Author: Bite Man
—Finn. ¿Cómo acabas de llamarme?

Finn estaba tendido sobre la alfombra, ordenando unas tarjetas. Deslizó la que tenía el rostro de Damon en el espacio de «Miembros de la Manada».

—Alfa Ashford.

La mandíbula de Damon se tensó.

—Mírame.

Finn levantó la vista por un instante. Aquellos ojos que antes se iluminaban cada vez que veían a su padre ahora solo reflejaban indiferencia.

—Repítelo.

—Alfa Ashford.

Damon se volvió hacia mí.

—Elara. ¿Tú le dijiste que me llamara así?

—No.

—Mientes. Un niño de seis años no trataría así a su padre a menos que alguien se lo hubiera enseñado.

—Veo que al menos recuerdas que eres su padre —dije.

La habitación quedó en silencio.

La mirada de Damon se posó sobre el escritorio, donde en una caja de madera descansaba un único emblema de la manada, aún sin pulir.

El Rito de la Luna era la ceremonia en la que los cachorros, al cumplir seis años, recibían su identidad dentro de la manada. Ambos padres debían colocarle el emblema.

Finn había practicado durante tres meses. Había memorizado el juramento, había ensayado la reverencia y me había preguntado una docena de veces:

—¿Papá estará orgulloso de mí?

Antes de la ceremonia, esperó ansioso junto a la entrada del salón. Cada vez que resonaban unos pasos, se ponía de puntillas y miraba hacia la puerta.

El chamán de la manada se detuvo dos veces para preguntarnos si podíamos comenzar. Pero Finn apretaba su emblema entre las manos y suplicaba que esperáramos cinco minutos más.

Cuando se apagó la última farola de la calle, no fue Damon quien apareció. En su lugar, llegó su Beta, Cole, con un mensaje:

—El Alfa está ocupado. Pueden empezar sin él.

Finn permaneció bajo la luz de la luna mientras la esperanza se desvanecía de su rostro, poco a poco.

A todos los demás cachorros, sus padres los alzaron para colocarlos sobre el altar.

Solo Finn recorrió todo el pasillo caminando, de mi mano.

Esa noche, se quedó sentado en la cama con el emblema que nadie le había colocado acunado entre sus brazos.

Al día siguiente, cambió la forma en que llamaba a Damon.

Damon tomó la caja.

—Lo de ese día fue un imprevisto. Nico tuvo una crisis. Serena no podía manejarlo sola. No podía quedarme de brazos cruzados.

—¿Entonces a Finn si podías dejarlo de lado?

—Eso no fue lo que dije.

—No hacía falta que lo dijeras. Cada vez que tienes que elegir, tu respuesta queda perfectamente clara.

Damon se agachó junto a Finn.

—Ven aquí. Te lo colocaré ahora.

Abrió la caja, pero Finn dio un pequeño paso hacia atrás.

—El rito ya terminó.

—Podemos hacerlo de nuevo.

—La luna de aquella noche no va a salir dos veces solo por mí.

La mano de Damon se quedó inmóvil.

Un niño de seis años no entiende lo que significa una traición.

Pero sí sabe que un abrazo que llega demasiado tarde ya no da calor.

Damon abrió la boca para decir algo cuando su teléfono vibró.

Era un mensaje de voz de Cole.

—Alfa, Serena está en la casa vieja con Nico. El cachorro no ha parado de llorar.

Damon se puso de pie.

—Voy a ver qué pasa.

Finn siguió jugando con sus tarjetas, sin siquiera reaccionar.

Damon llegó hasta la puerta, pero se detuvo y se volvió.

—Finn. Volveré pronto.

Esta vez, Finn por fin habló:

—No necesitas informarme de tus movimientos.

Luego inclinó correctamente la cabeza: la cortesía de un cachorro hacia su Alfa.

No la despedida de un hijo a su padre.

El rostro de Damon palideció.

—No me hables así.

—Entonces, ¿cómo debería hablarte?

Finn lo pensó un momento.

—Adiós, Alfa.

Aparté el rostro mientras clavaba las uñas profundamente en la palma de mi mano.

Damon se fue.

Al final, siempre lo hacía.

La puerta se cerró con un clic.

Finn empujó aquella tarjeta hasta el fondo de la caja.

—Mamá, ¿va a volver esta noche?

—No lo sé.

—¿Puedo irme a dormir?

—Claro.

Antes solía esperarlo en el sofá.

Ahora ni siquiera dejaba una luz encendida para Damon.

Arropé a Finn y abrí el correo del Anciano del Norte.

Solo había una línea:

«Frost siempre tendrá las puertas abiertas para ti y para tu cachorro».

El vínculo de apareamiento en mi pecho todavía dolía.

Pero, por primera vez, no cedí a aquel impulso que siempre me llevaba hacia Damon.

Apagué la luz y, en medio de la oscuridad, tomé una decisión.

Él podía seguir corriendo detrás de Serena.

Yo me llevaría a Finn y me iría.

Esta vez, nadie me obligaría a quedarme.
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