—Ajá, ajá... —El guardia de seguridad no entendía por qué aquel señor había comenzado a hablarle. ¿Los borrachos se volvían más conversadores?Adrián, en ese momento, tenía muchas ganas de hablar.Mientras esperaba el auto, le dijo al guardia:—La abuelita preparó mucha comida, toda especialmente para mí.—Ah, qué buena abuelita —respondió el guardia, siguiéndole la corriente como podía.—Sí, sí, es muy buena. Es quien más me quiere... Tengo que volver; no puedo hacerla esperar demasiado.—Tiene razón, hay que pasar tiempo con los mayores.—Cuando tenga un rato libre, voy a llevarla de viaje, a ver el mar...—Qué atento es usted, señor...—¿Atento? —Los ojos de Adrián se humedecieron de pronto, sin que él mismo supiera bien por qué—. No soy atento. No lo soy para nada. No soy buena persona...El guardia se quedó sin saber qué decir.Por fortuna, en ese momento llegó el auto.—Señor, ya llegó su auto —dijo el guardia, apresurándose a ayudarlo a subir. Exhaló aliviado en cuanto la puerta
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