El taxista no aceptó el dinero.Adrián, que en principio tenía pensado ir a la oficina, estaba recostado sin ganas de levantarse. Al rato, sacó su celular, y vio las publicaciones del Gordo y se encontró con lo más cotidiano de la vida de una persona común: lo que había cocinado su esposa ese día, qué travesura habían cometido los dos niños, cómo el perro de la casa volvía a destrozar todo, o cómo él mismo, en algún día libre, presumía sus dotes de cocinero...Una vida sencilla y genuina, registrada con palabras simples, llena del calor de lo cotidiano, y, sin saber bien por qué, a Adrián se le aguaron los ojos.En cada foto, todos sonreían. No cualquier sonrisa, sino esa en la que los ojos se iluminan solos.No pudo evitar dejar un comentario bajo la foto donde el Gordo cocinaba:“Vaya que sabe, se ve delicioso”.Siguió revisando otras cosas, y al rato apareció una notificación. Al abrirla, vio que el Gordo le había respondido:“Cuando quiera, está invitado a mi casa”.Adrián se rio e
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