Julián también rio.—Dulces son tus palabras, ¿por qué me gustan tanto? —Se tomó la sopa de un trago. ¡Sí que estaba rica!En ese momento, Olivia se sintió plenamente satisfecha.Las palabras dulces resultan agradables porque hay amor detrás; sin amor, por muy melosas que sean, solo dan ganas de escapar, ¿no?Ella se sentó en la silla y tomó la sopa despacio, mientras él le ordenaba el cuarto. Después de regresar al país, había comprado varias cosas por internet; abrió los paquetes, pero no alcanzó a acomodar nada y todo seguía amontonado en la habitación.Él fue colocando cada cosa en su lugar. Lo que iba colgado, al clóset. Lo que se doblaba, a los cajones. Hasta que, en uno de ellos, encontró una cajita de madera, muy linda y delicada.—¿Qué hay aquí dentro? ¿Puedo verlo?Olivia miró la caja. ¿No era esa la cajita donde guardaba la piedra? Asintió.—Ábrela.Julián abrió la caja y vio una piedra lisa, de un color hermoso, con una luna tallada de manera tosca y, dentro, unos pétalos.
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