—De mañana tampoco le aseguro nada, señorita. Estos días el señor está manejando su propia agenda —admitió Tomás, encogiéndose de hombros.Noelia sabía que, viniendo de su asistente personal, Tomás le estaba hablando con la verdad y ya no podía sacarle más información.—Gracias, Tomás.—No hay de qué, señorita.Al irse del despacho con las manos vacías, Noelia regresó al hotel, pero no se hallaba en ningún lado. La ansiedad la carcomía y sentía el pecho apretado. Por la noche, incapaz de quedarse quieta, decidió probar suerte en la casa donde alguna vez vivieron juntos. No sabía si él seguía ahí o si se había mudado, pero era su última oportunidad para verlo.Tomó un taxi hasta allá y, al bajar, el corazón le dio un vuelco al notar que había luces encendidas. La casa no estaba iluminada por completo, pero del estudio en el segundo piso y de la sala en la planta baja se divisaba un resplandor cálido. El estudio siempre había sido el refugio de Marcos, el lugar donde pasaba horas tra
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