Esperé hasta el cuarto día.Las consecuencias políticas ya habían sido evaluadas, archivadas y declaradas resueltas. El nombre de Alistair ya no le abría puertas. La Corona había guardado silencio. Las heridas sufridas en el ala sellada se habían reducido a molestias residuales. Sobre el papel, ya no quedaba nada que justificara el nivel de control que Xavier había impuesto.Lo encontré en el despacho, revisando una serie de contratos del norte.—Voy a volver a la clínica —dije—. Tres turnos por semana para empezar. Y dos noches en el bar, si Roman todavía tiene esos turnos disponibles.Xavier no levantó la mirada de inmediato. Cuando finalmente lo hizo, vi aquella nueva expresión suya: serena, firme, absoluta.—No.—No te lo estaba preguntando.Dejó el documento a un lado.—No volverás a ninguno de esos lugares sin autorización y un equipo de vigilancia.—Pasé años trabajando en ambos sitios antes de que me cerraras este collar alrededor del cuello. No estoy pidiendo permiso para exis
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