3 Respuestas2026-01-10 14:14:44
Siempre me han fascinado los mangas que ponen un espejo delante de la sociedad y la vanidad; hay títulos que lo hacen con crueldad, otros con ternura y algunos con sátira afilada. Personalmente, me marcaron «Helter Skelter» y «Oshi no Ko», porque ambos desnudan cómo la belleza y la fama se convierten en moneda, pero desde ángulos muy distintos. En «Helter Skelter» la protagonista encarna la presión de la industria estética: la historia no solo muestra la cirugía y el maquillaje como herramientas de transformación, sino cómo el público y los medios fabrican deseos y destrucción. Es una lectura dura, con trazos que parecen cuchillas, y recuerdo haberla terminado con una mezcla de rabia y compasión por los personajes.
Por otro lado, «Oshi no Ko» disecciona la idolatría moderna, el espectáculo y la performatividad en la era de las redes. Allí la vanidad no es solo personal, sino sistémica: managers, fans, streamings y algoritmos alimentan una máquina que exige imagen constante. También me vienen a la mente obras como «Oyasumi Punpun», que aborda la construcción del yo y la apariencia emocional en la juventud, y «Kuragehime» («Princesa Medusa»), que gira la crítica en torno a los cánones de belleza desde la comedia y el cariño por personajes que rompen estereotipos.
Si tuviera que elegir una lectura para alguien que busca entender cómo el manga critica la vanidad moderna, recomendaría empezar por «Helter Skelter» para la denuncia directa y por «Oshi no Ko» para ver la maquinaria contemporánea. Al cerrar cada tomo siento que el autor no juzga solo a los personajes: nos interpela a nosotros, a nuestro gusto y a lo que celebramos como bello.
3 Respuestas2026-01-10 11:25:51
Siempre he disfrutado destripar personajes que viven de apariencias, y en la literatura española hay joyas que lo hacen con una puntería fría y a veces cruel. Uno de los ejemplos más claros es «La Regenta» de Leopoldo Alas «Clarín»: la vanidad se muestra como moneda social en una ciudad provinciana donde las miradas y los rumores valen más que la verdad. Ana Ozores es observada, juzgada y convertida en espejo de los demás, y eso expone cómo la vanidad puede devorar la intimidad y moldear el destino de una persona.
Otra novela que siempre vuelvo a recomendar es «Fortunata y Jacinta» de Benito Pérez Galdós. Allí la vanidad se infiltra en las ambiciones económicas, en la necesidad de ascenso social y en la pugna por reconocimiento afectivo. Galdós retrata con humor y dureza cómo los personajes se construyen y destruyen a partir de la imagen que proyectan. En un registro distinto, «Los pazos de Ulloa» de Emilia Pardo Bazán descifra la decadencia de una aristocracia para la que la apariencia es combustible y condena: la vanidad es aquí sinónimo de ceguera moral.
Si te interesa la relación entre belleza y orgullo, «Marianela» de Galdós funciona como fábula sobre la vanidad física frente a la bondad interior; mientras que «Luces de Bohemia» de Valle-Inclán te da una visión más moderna y corrosiva de la vanidad intelectual y artística. Personalmente me fascina cómo estos textos, aunque del siglo XIX o principios del XX, siguen hablando de nosotros: de likes, de postureo y de esas pequeñas vanidades cotidianas que nos hacen humanos y vulnerables.
3 Respuestas2026-01-10 19:31:41
Me fascina ver cómo el cine español desnuda la vanidad desde ángulos inesperados; hay películas que todavía me retumban en la cabeza por eso. Uno de los títulos que siempre recomiendo es «La piel que habito», porque ahí la vanidad no es solo estética: se convierte en control, humillación y una búsqueda enfermiza por una idea de perfección. La historia usa la lucha por la apariencia para hablar de poder, venganza y monstruosidad, y hay escenas que me hicieron sentir incómodo y, al mismo tiempo, fascinadamente atraído por la complejidad moral.
Otro ejemplo que nunca falla es «Blancanieves», de Pablo Berger. La reinterpretación muda del cuento clásico coloca la belleza y los celos en el centro, pero lo hace con un estilo visual que celebra y critica al mismo tiempo. Me encanta cómo la película mezcla el folclore y el circo para mostrar que la vanidad puede ser tanto trágica como casi cómica. También pienso en la ironía social de «La escopeta nacional»: esa sátira retrata la arrogancia de las clases altas y su obsesión por la imagen pública, y me río amarga y reconocidamente al ver personajes que buscan estatus a cualquier precio.
Para completar el set, «La comunidad» ofrece una versión más corrosiva de la vanidad colectiva: no es solo un individuo queriendo brillar, sino vecinos alimentando su ego a costa del otro. En conjunto, estas películas me recuerdan que la vanidad puede ser íntima o pública, sublime o grotesca, y que el cine español tiene un talento especial para mostrarnos ese espejo sin adornos. Me deja con la sensación de que, a veces, la mejor crítica social viene envuelta en personajes que no se gustan a sí mismos tanto como creen.
3 Respuestas2026-01-10 12:06:13
Me encanta fijarme en cómo la vanidad toma formas tan distintas en las series españolas; a veces es un brillo superficial y otras veces un motor oscuro que empuja la trama. En series de época como «Velvet» o «Gran Hotel», la vanidad se viste de alta costura: peinados perfectos, vestidos caros y ese brillo en los ojos de personajes que creen que la apariencia sostiene su lugar en la sociedad. Esos episodios usan espejos, primeros planos y música melancólica para convertir la estética en un personaje más, y eso me fascina porque muestra que la vanidad no es solo vanidad, es identidad social y económica.
Mientras tanto, en producciones contemporáneas como «Paquita Salas» o «Arde Madrid» la vanidad se expone con ironía. Hay un juego constante entre el deseo de ser visto y la burla de ese mismo deseo; se construyen escenas donde los personajes se maquillan frente a cámaras o se ríen de su propia impostura. En mi experiencia viendo estas series, se percibe que la vanidad puede ser alivio cómico o crítica social, según cómo la dirijan.
También me resulta interesante cómo la vanidad masculina y la femenina se representan de manera diferente: en «Fariña» o «Toy Boy» aparece ligada al poder y la reputación, con gestos de excesiva masculinidad; en otras series, la vanidad femenina se mezcla con supervivencia económica y aspiración. En cualquier caso, la puesta en escena —vestuario, montaje, diálogos— suele hacer que la vanidad sea una fuerza narrativa que impulsa decisiones y consecuencias, y me deja pensando en cuánto de lo que vemos es actuación y cuánto es necesidad real de ser reconocidos.
3 Respuestas2026-01-10 08:15:26
Me fascina cómo una melodía puede desnudar la vanidad de un personaje y dejarla a la vista de todos. Llevo años volviendo una y otra vez a la filmografía de Pedro Almodóvar precisamente por eso: en películas como «Hable con ella» o «La piel que habito» la música de Alberto Iglesias no solo acompaña, sino que amplifica el lado exhibicionista y teatral de los protagonistas. Hay pasajes orquestales que suenan casi como un espejo sonoro, reflejando orgullo, deseo de control y la búsqueda de una belleza absoluta. Esa combinación de cuerdas opulentas y timbres electrónicos crea una atmósfera donde la vanidad resulta tan bella como inquietante.
Otro ejemplo que me encanta explorar es «Todo sobre mi madre», donde las canciones y los boleros funcionan como adornos emocionales: no son solo melodías, son declaraciones de identidad y de orgullo escénico. Cuando una pieza se enfatiza en el clímax, parece decirnos que el personaje no actúa por necesidad sino por imagen; la música lo sostiene en esa máscara. Personalmente, disfruto pausando esas escenas y escuchando los arreglos: muchos compositores españoles trabajan la música como un personaje más, y en el caso de personajes vanidosos, la partitura tiende a ser brillante, casi excesiva.
Por último me atraen las películas que usan canciones populares o arreglos vintage para subrayar la teatralidad: ahí la vanidad se presenta como nostalgia y performatividad. Escuchar esas bandas sonoras me hace pensar en cómo la música puede servir de vitrina y a la vez de crítica. Me quedo con esa sensación ambivalente: la música celebra la vanidad y al mismo tiempo la desarma, y eso me parece un logro fascinante del cine español.