Placer y Traición
Suerte, viejo.
Sin mediar más palabras, Fernando cogió su bolso, también algo en el mueble del salón que no pude ver bien, y salió por esa puerta con una sonrisa inimaginablemente repugnante. Ahí, me di cuenta, de que Fernando no sólo era una mala persona, sino que también era un psicópata incurable. Nadie con un mínimo de humanidad dentro de sí, habría salido con esa cara luego de humillar a una persona como él lo acababa de hacer. Fernando estaba enfermo, enfermo de verdad. Y, por primera vez, ya no estaba tan segura de ser capaz de lidiar con una persona así durante todo lo que me quedara de vida.