Vendida al destino
Libre.
Edgardo la esperó, sin necesidad de poseerla, solo de amarla, y cuando se encontraron, no había pasado, deuda, ni guerra, solo presente.
—Sí, acepto.
—Sí, acepto.
Eso selló su amor para siempre, porque el amor no los salvó, no al principio, y ahora los obligó a cambiar.
Porque después, cuando aprendieron a ser personas antes que pertenencias, cuando aprendieron a elegir en lugar de imponer, cuando aprendieron a amar sin destruir, ahí sí, el amor se volvió hogar.