Nociva
El corazón de la joven se agitó, pero mantuvo la calma, o eso creyó.
—Ah, ¿sí? ¿Dijo algo más? ¿Su nombre?
—No, solo dijo eso y se marchó.
—¿Cómo era ese hombre? —indagó Alenka.
—Rubio, alto, de ojos azules, de unos treinta años. Vestía bastante formal, pero tampoco hay que fiarnos de los trajeados —guardó silencio por unos segundos—. Oh, cierto, tenía un tatuaje de escorpión en un costado de su cuello.