CONDÉNAME Y ADÓRAME
Entonces él se alzó sobre mí y apretando los dientes, se corrió mirándome a los ojos, viendo mi reacción de completa satisfacción.
—Tú, pequeña, eres mi adoración —me dijo al salir de mí, besándome en la coronilla y sonriéndome cómo sí lo acabará de hacer el hombre más feliz—. Te amo, Lizbeth, como antes y aunque sea difícil de creer, aún más.
Le sonreí, aun ruborizada y con las piernas un poco temblorosas en torno a sus caderas.
—También te amo —le dije con una sonrisa. Me había asustado admitirlo, incluso a mí misma, pero era una verdad innegable, yo amaba a ese hombre—. Te amo, Demián, igual que antes, incluso más.