Amor Devorado por el Fuego
El día de mi cumpleaños, yo, Luna García, y mi hermana adoptiva Susana García sufrimos un accidente automovilístico.
Las llamas ya me habían consumido, pero mi prometido, Manuel Sánchez, señaló el asiento del copiloto y gritó a los socorristas: —¡Salven a Susana primero! ¡Tiene un problema cardíaco!
Al despertar, mi rostro estaba desfigurado y los médicos me dieron un mes de vida como máximo.
Más tarde, por el bien de los intereses de ambas familias, todos decidieron que Susana se casaría en mi lugar con mi prometido.
Manuel, con el corazón apretado, acarició los vendajes que cubrían mi cara y me hizo una promesa:
—Cuando te mejores, la posición de señora Sánchez seguirá siendo tuya.
Yo acepté con una sonrisa.
Incluso regalé, como obsequio prenupcial para ella, todas mis acciones, propiedades y las obras de arte que no había revelado al público.
Gracias a mis pinturas, ella se convirtió en una artista renombrada, admirada por todos.
Durante una entrevista con los periodistas, nuestra madre, Irene Jiménez, lloró emocionada: —¡Menos mal que no le pasó nada a ella en el accidente! ¡Si no, nuestra familia habría perdido a una genia!
Manuel también anunció a los cuatro vientos que ella sería la única y legítima esposa de la familia Sánchez.
Lo que no sabían era que la verdadera genia los observaba desde las sombras, con una mirada gélida.
Y todas aquellas cosas que yo misma les había regalado, desde el principio, no fueron más que ofrendas que preparé para mi venganza.