Siempre me intriga pensar en quién pone en papel —o en pantalla— aquello que guardamos en secreto, y esa pregunta abre muchas puertas según cómo la mires.
Si lo tomas literal, como si «Mi secreto» fuera el título de un libro, una canción o una serie, la respuesta puede variar mucho: hay casos en que quien firma la obra es el propio autor original, a veces un seudónimo, y en otras ocasiones el crédito pertenece al guionista, al letrista o a la persona que adaptó la historia. He rastreado montones de obras con títulos iguales o parecidos y lo que siempre sigo primero es el encabezado: la portada, la información del crédito, el copyright o los metadatos digitales. Para una novela verás el nombre del autor en el ISBN; en una canción, el nombre del compositor y del intérprete en los créditos; en una serie, en los créditos finales aparece claramente quién escribió cada episodio. Así que, si estás pensando en una obra concreta llamada «Mi secreto», lo más seguro es revisar esos datos directos: ahí está quien realmente la escribió, o por lo menos quien la hizo suya para el público.
Ahora, si metemos esto en terreno personal y menos literal, creo que los secretos los “escriben” partes de nosotros mismos que a menudo no queremos mirar: el yo del pasado que temió, la voz que aprendió a callar por miedo al juicio, los silencios que la familia o la sociedad nos enseñaron a sostener. En mi experiencia, esos secretos se forman por una mezcla de memoria, vergüenza y cariño, y a veces parecen redactados por emociones antiguas que siguen firmando con caligrafía temblorosa. Pensarlo así me ayuda a desdramatizar: no hay un autor oscuro y misterioso sino capas de historia personal. Al final, descubrir quién escribió ese secreto suele ser el primer paso para reescribirlo con compasión y honestidad, y a mí me resulta liberador cada vez que lo intento.