Me fascina cómo Dioniso encarna el vértigo entre lo sagrado y lo salvaje; por eso siempre vuelvo a su historia cuando quiero entender por qué celebramos y por qué tememos el exceso.
En la mitología griega es el dios del vino, de la embriaguez ritual, de la liberación de las normas sociales y del teatro. Hijo de Zeus y de la mortal Sémele, su nacimiento es uno de esos mitos extraños: tras la muerte de su madre, Zeus lo cosió a su muslo y de ahí volvió a nacer. Va acompañado por sátiros y ménades, porta el tirso y la vid, y representa la energía vital que rompe el orden apolíneo. Sus cultos incluían festivales extáticos, danzas y oráculos, y su figura mezcla placer con peligros —éxtasis y locura van de la mano.
En el mundo hispano llega como «Dionisio» o más comúnmente como «Baco» por la romanización; su impronta se ve en la viticultura, en restos arqueológicos de cultos bacantes en Hispania romana y en referencias literarias posteriores. A mí me parece que en España su espíritu sobrevivió más como imaginería cultural —fiestas, teatro y celebraciones del vino— que como culto organizado, y siempre deja una sensación de energía desbordada y ambivalente.