Dos Hermanas, Un Secreto Del Don
“Lucian dice que va a formalizar lo nuestro por el bebé. Inútil, que ni un heredero puedes darle. Si sabes lo que te conviene, ¡lárgate de la mansión Marino por tu cuenta!”
Esta vez, sí respondí.
“Felicidades. Tu deseo está a punto de cumplirse.”
Después de enviar el mensaje, llegó el auto. Arrastré la maleta y subí al asiento trasero.
Cuando pasábamos por la Catedral de Santa María, empezó a llover a cántaros. Las gotas de lluvia golpeaban la ventanilla del auto y empañaban el mundo exterior.
Fue entonces cuando, a través del cristal empapado por la lluvia, vi una fila de carros negros que me resultó familiar, estacionada frente a la catedral. Ahí nos habíamos casado hacía siete años.