Me fascina cómo el arte helenístico transforma al dios en algo tan humano y a la vez tan misterioso. He pasado muchas horas dibujando estatuas y buscando esos detalles que denuncian a Dionisos: el tirso coronado por una piña o una pinaza, el kantharos ancho que siempre parece listo para derramar vino, la corona de hiedra que rodea su cabeza y las vides que se enredan en su cuerpo. En el taller trato de captar la textura del pelo suelto, las ropas caídas y esa postura despreocupada que sugiere éxtasis y abandono.
En las piezas helenísticas además hay un juego con la edad y el género: a veces aparece como un joven suave y casi femenino, otras como un hombre barbado y maduro. Los acompañantes —sátiros, ménades, sátiros danzantes— y animales exóticos como panteras o leopardos refuerzan su carácter liminal. Me encanta también cómo estas escenas aparecen en sarcófagos, mosaicos y frisos, usando la imagen de Dioniso para hablar de vida, muerte y renacimiento. Al terminar un dibujo siento que he rascado apenas la superficie de su magia, pero siempre vuelvo por más.