El Matrimonio Destinado a Otra
Mi esposo y yo éramos las dos almas que más se aborrecían en este mundo.
Él me detestaba por haberlo arrebatado del lado de la mujer que amaba; y yo le guardaba rencor, pues su corazón permanecía cautivo de otra dama.
Durante ocho años de matrimonio, las palabras que con mayor frecuencia cruzamos no fueron de afecto ni de deber, sino amargas maldiciones.
No obstante, el día en que la ciudad sucumbió, todo cambió. Las banderas enemigas ya se divisaban más allá de la puerta interior.
Él fue al frente y tomó el camino, interponiendo su cuerpo entre el acero enemigo y mi huida.
—Vive —pronunció quedamente.
Acto seguido, alzó su espada y no volvió la vista atrás.
Las flechas cayeron cual lluvia inclemente.
Mientras lo atacaban, volvió la cabeza una vez, solo una vez.
Tras aquello, su cuerpo custodió el camino, y nada ni nadie logró cruzarla.
—Si existe otra vida… ruego a su Alteza que me conceda la misericordia de pertenecerle a ella.
Aquella noche, con la ciudad reducida a cenizas y el pueblo yacente o en fuga, subí a la torre más alta del palacio.
Y salté al vacío.
Cuando mis ojos volvieron a abrirse, me presenté ante el Rey.
—Los reinos del norte requieren una desposada real —dije—. Yo iré.
En esta vida, seré yo quien cruce la frontera.
En mi vida anterior, él halló la muerte creyendo que le había fallado a ella. Esta vez, no permitiré que tal lamento exista. Tomaré el matrimonio destinado a ella. Portaré la corona labrada para su exilio. Caminaré hacia un destino que ella nunca debería padecer.
Que ella siga aquí.
Que él la proteja.
Que él viva su vida creyendo que, finalmente, ha cumplido su promesa.