CONTRATO DE ACERO
Esa confesión, dicha sin estrategia ni defensa, atraviesa a Liam como un golpe directo al pecho, y sin decir nada más acorta la distancia que los separa, la toma del rostro con ambas manos y la besa, no con ternura sino con desesperación, con esa necesidad urgente de confirmar que todavía se pertenecen, que todavía se desean, que todavía son capaces de encontrarse incluso en medio del caos.
Amara responde de inmediato, aferrándose a él como si fuera un ancla, devolviéndole el beso con la misma intensidad, y en ese contacto se mezclan el enojo, el deseo, el miedo y el amor, todo junto, sin orden, sin cuidado, y tropiezan hacia la cama, quitándose la ropa sin mirarse demasiado, como si supiera