Obsesión transnacional: eres mía ahora
Luciano Sforza manda en la mafia italiana con mano de hierro. Se ve como todo un caballero, pero por dentro no tiene alma. No conoce de leyes ni de moral... en su mundo, se hace lo que él diga y punto.
Pero... todo cambió el día que se topó con Carla Díaz.
La primera vez que la vio, ella era solo una jovencita indefensa, traicionada por su propia gente y vendida a los rincones más oscuros de la zona roja.
Al verla así, tan frágil y vulnerable, a Luciano se le metió una idea retorcida en la cabeza: quería tenerla solo para él, como quien se encapricha con una mascota de lujo.
Pero ella resultó ser mucho más que una cara bonita.
Escondida tras una máscara de niña buena, Carla lo engañó con promesas de obediencia mientras planeaba su escape paso a paso.
Luciano la llenó de lujos, pero la mantuvo encerrada, robándole la libertad y haciendo todo lo posible por doblarle el orgullo. Él disfrutaba el juego, convencido de que tenía el control de todo.
***
Sin embargo, el día que ella por fin logró escapar de su jaula de oro, Luciano perdió el juicio.
Movió cielo y tierra, revolviendo cada rincón de la ciudad sin encontrar ni una sola huella de ella. Fue entonces, en medio de la desesperación, cuando la verdad le cayó encima como un balde de agua fría: en este maldito juego de poder... ¿quién había terminado siendo el juguete de quién?
***
Al principio, él se lo soltó así, con un descaro que le puso la cara roja de pura vergüenza:
—Todavía no he probado a una belleza como tú. Pasa la noche conmigo y yo te saco de este basurero.
Al final de la partida: Luciano está frente a ella, como si estuviera rezándole a una virgen. Le toma la mano con miedo de romperla, se hinca de rodillas y le suplica con la voz rota:
—Mi vida, te lo ruego... dime que todavía me quieres. Por favor, ámame.