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Treinta y Tres Bodas, Un Divorcio

Treinta y Tres Bodas, Un Divorcio

Después de casarnos en secreto, cada vez que mi esposa, la abogada Cecilia Castillo, probaba una nueva postura en la cama con su amigo de la infancia, Leonardo Muñoz, me pedía que celebráramos la boda. En tres años, Cecilia ya me había dejado plantado treinta y una veces. La primera vez, murió el perro de Leonardo. Dijo que, para guardar luto, no podíamos celebrar la boda durante tres meses. Con el traje puesto, tuve que disculparme una y otra vez ante todos los familiares y amigos que habían ido a la boda. La segunda vez fue porque a Leonardo le dolía el estómago. Ella salió a comprarle algo para aliviarlo. Después, cada vez que fijábamos una nueva fecha para la boda, Leonardo siempre terminaba teniendo algún problema. Le reclamé, discutí con ella, incluso armé escenas. Pero Cecilia siempre decía: —Leonardo y yo solo nos acostamos. Tú eres mi esposo. No seas tan mezquino. Después de que me anunciara que volvería a faltar a nuestra boda por trigésima segunda vez, por fin me cansé. Deslicé el acuerdo de divorcio hasta dejarlo frente a ella. —Dentro de un mes, quiero que formalicemos el divorcio.
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Lecciones Nocturnas Con La Mamá Del Amigo

Lecciones Nocturnas Con La Mamá Del Amigo

—Quiero que tú y yo hagamos una demostración de la noche de bodas, para enseñarle a mi hijo cómo estar con una mujer. Es un cerebrito que no entiende nada, y ya está a punto de casarse. ¡No lo podía creer! La guapa mamá de mi amigo quería que hiciéramos juntos una demostración para enseñarle a mi amigo cómo consumar la noche de bodas…!
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Anillo Roto y Promesas en la Cancha

Anillo Roto y Promesas en la Cancha

El día que celebrábamos nuestro tercer aniversario de bodas, Camila Estévez —enamorada de mi esposo desde hacía tres años— decidió proclamar su amor por él en Facebook.
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Esa Mirada Fue Suficiente

Esa Mirada Fue Suficiente

En la reunión familiar, mi esposo, el Don de la mafia, le dirigió apenas una mirada a su secretaria. Eso bastó para que me diera la vuelta y me fui, cancelé la celebración de nuestro aniversario de bodas y decidí que ya había terminado con él, por lo que me apresuré a firmar los papeles de divorcio que había preparado hacía mucho tiempo. Cuando Matteo Santoro vio el acuerdo, me llamó de inmediato, con la voz tensa, por la furia apenas contenida. —¿Qué intentas hacer esta vez? ¿De verdad es solo por haber mirado a Elena? —Sí —respondí—. Porque la miraste.
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Mi Cuñada Quiso a Mi esposo Una Noche

Mi Cuñada Quiso a Mi esposo Una Noche

La noche de bodas, mi esposo Grey y yo estábamos en la habitación cuando Scarlett, la esposa de su hermano, entró tropezando, completamente borracha, y se le fue encima, abrazándolo sin soltarlo. —Keisha, mi esposo murió tan joven, yo de verdad quiero tener un hijo... —lloraba sin consuelo—. Préstamelo solo por una noche, ¿sí? Entre sollozos, me metió un juguete erótico en la mano. —Tú tranquila, mañana te lo regreso —dijo, hecha un mar de lágrimas—. Si de verdad te sientes muy sola, al menos puedes consolarte con esto. Me quedé helada, sin poder procesar lo que estaba pasando. Miré a Grey, que ya la sujetaba por los hombros con cuidado para que no se cayera. —¿Quieres irte a dormir con ella? —le pregunté, sin poder creerlo, con la voz temblorosa. Grey evitó mi mirada, pero al hablar, la voz le salió atropellada. —No pienses tonterías. Scarlett está borracha, no sabe lo que dice. Voy a llevarla a su cuarto para que descanse. Cuando vi que quería llevársela, me planté justo delante de la puerta y le bloqueé el paso. —Grey, hoy es nuestra noche de bodas —insistí—. ¿En serio te vas a ir con ella? Su expresión se ensombreció al instante y me quitó de en medio de un empujón. —Ya eres mi esposa, así que compórtate. No armes una escena por unos celos tontos. Luego se fue, llevándola en brazos con delicadeza, como si fuera un cristal frágil. Quise correr detrás de ellos y detenerlos, pero al ver en sus ojos esa preocupación tan intensa por ella, de pronto todo me quedó claro. El amor de ese hombre ya no era solo para mí. Y si era así, ¿para qué seguir aferrada a un matrimonio donde el cariño ya se había echado a perder? Era hora de soltar... y marcharme de una vez.
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Renacer para vengarme: El precio de su traición

Renacer para vengarme: El precio de su traición

La familia Torres estaba al borde de la ruina cuando vinieron a pedirme que me casara con su hijo. Mi papá, sabiendo que llevaba diez años completamente enamorada de Nelson Torres, aceptó el matrimonio y, para colmo, invirtió una fortuna para sacarlos del desastre. La noche de bodas, Nelson me vendó los ojos con una corbata y me tomó una y otra vez. Un mes después, llena de felicidad, fui a buscarlo con el informe de embarazo en la mano, pero lo que escuché me dejó completamente congelada. Estaba en un bar, apostando a lo grande con sus amigos: —A ver, muchachos, ¿qué opinan? ¿Quién de ustedes cree que es el padre del bebé de Sofía Reyes, después de que se la cogieron entre varios? Uno de sus amigos soltó una carcajada grosera: —Señor Torres, yo solo le di tres veces... No me diga que es mío, ¿o sí? —Yo apuesto a que fue Paco, ese tipo se lució esa noche, Sofía casi se vuelve loca. ¡Le aposté diez mil dólares a que es de él! Fue en ese momento cuando entendí que, en realidad, no había sido Nelson con quien pasé la noche de bodas, sino con más de diez de sus supuestos amigos. Enloquecí y fui directo a confrontarlo, pero a él no le importó ni un poco. —¿Por qué tanto drama, si solo estás llorando? Si no fuera por la presión de tu familia, jamás me habría casado contigo. Si no hubieras obligado a Juana a irse, nunca te habría tratado así. —Escúchame bien, Sofía, el día que Juana me perdone, entonces sí, te dejaré en paz. Con el corazón destrozado, pedí el divorcio, pero él usó el video de esa noche para chantajearme y me metió en el sótano. —No te creas que te vas a ir tan fácil. Mis amigos y yo seguimos haciendo apuestas para ver quién es el papá de ese bastardo. Ocho meses después, allí, en ese sótano, perdí a mi bebé... y mi vida. Cuando abrí los ojos, volví al día en que los Torres me pidieron que me casara con Nelson para salvarlos. Esta vez, el día de mi boda, Nelson estaba llorando desconsolado.
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La Verdadera Sangre Pura

La Verdadera Sangre Pura

Los vampiros solo tomaban un compañero en toda su vida. Y aun así, mi esposo vampiro se negaba a reconocerme a mí, su consorte humana, unidos por un matrimonio de alianza. La noche de nuestro décimo aniversario de bodas, Jason trajo a otra mujer a mi cama. Llevaba puesto mi camisón, y esperaba una cría de él. Y en mi mano, yo sostenía una prueba de embarazo que acababan de confirmarme. —Sé razonable, Elena. Jessica lleva a mi cría en su vientre. Me necesita. Ve a dormir a la habitación de huéspedes. Lamento la molestia. Mi esposo protegió a la otra con una sonrisa pulida y caballerosa, aunque su mirada conservaba la misma indiferencia de siempre. Cuando me vio paralizada en la puerta, Jason asumió que haría lo de siempre: Gritar. Llorar. Exigirle que me explicara por qué seguía haciéndome esto. Pero no sabía que esta vez era diferente. El pacto de diez años se cumplió, y por fin lo iba a dejar para siempre.
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¡Me casé de verdad y ahora se mueren de arrepentimiento!

¡Me casé de verdad y ahora se mueren de arrepentimiento!

Lonzo Hernández por fin aceptó mi propuesta de matrimonio. Me pidió que me arreglara preciosa porque, según él, tenía una sorpresa preparada. Cuando llegué, radiante, a la ceremonia… no había novio. Lonzo se volvió hacia mi hermanastra, Amarissa Jiménez, y le sonrió: —Dices que las bodas son tediosas. Hoy voy a mostrarte una que sí es divertida, ¿va? El maestro de ceremonias ―mi hermano Macerio Jiménez― alzó la voz: —¡La boda queda pausada! Mi amigo de la infancia, Guillermo Mendoza, soltó el globo de agua que tenía listo sobre mi cabeza y me empapó de pies a cabeza. Lonzo arqueó las cejas, burlón: —Alfreda, solo era una broma. ¿De veras creíste que me casaría contigo? Aquella “boda” no era más que una farsa para animar a la deprimida Amarissa. Yo callé; él insistió con una risita: —Si traes tantas ganas de casarte, elige a cualquiera de los invitados y cásate con él. Cuando aparecí del brazo de un verdadero novio… se les borró la sonrisa.
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Todas las Flores que No Fui

Todas las Flores que No Fui

Llevo diez años casada con Nicolás. He conocido a cada una de sus novias. Cada vez que se aburría y quería cambiar, yo era su mejor pretexto para terminar con ellas: —Si te casas conmigo, vas a terminar igual que ella. Nos acostumbraríamos tanto el uno al otro que se perdería toda la emoción. En nuestro aniversario de bodas, yo le secaba las lágrimas a la universitaria que acababa de dejar, mientras él llevaba a su nueva conquista al cine. Cuando se acabó el paquete de pañuelos, fue como ver un reflejo de mi pasado. Así que le pedí el divorcio. Su reacción fue de una confusión genuina, algo raro en él. —¿No vas a esperar un poco más? Tal vez lo nuestro pudo funcionar. Le dediqué una sonrisa vaga, sin responder, y compré un boleto de avión para cruzar el océano. Ya no podía esperar a que cambiara, así que decidí dar el primer paso.
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