Renacida: salvar al Rey por mi cuenta
Mientras el Rey sufría un intento de asesinato en plena cacería, mi esposo, Diego de Valenzuela, el comandante de la Guardia Real, estaba ocupado consolando a su amante Camila, quien se había marchado indignada por un berrinche.
Esta vez, no lancé la señal de auxilio que apretaba en mi mano.
En su lugar, con mis ocho meses de embarazo a cuestas, me planté con firmeza ante el Rey, convirtiendo mi propio cuerpo en el último escudo de Su Majestad.
En mi vida pasada, sí lancé la señal. Mi esposo abandonó a su amante para acudir al rescate y, aunque gracias a eso le otorgaron el título de Duque, Camila terminó cayendo al vacío.
Él actuó como si nada hubiera pasado, pero el día de mi parto, me arrastró hasta el Coliseo Real.
Empapada en sangre, le pregunté por qué era tan cruel conmigo. Él solo me lanzó una mirada cargada de desprecio:
—¡Al Rey no le faltaban guardias! ¿Por qué tenías que llamarme a mí? —rugió—. ¡Es obvio que solo buscabas lucirte frente al trono!
—¡Si no hubieras lanzado esa maldita señal, Camila aún estaría viva! ¡Pagarás muy caro por esto, te lo aseguro!
Al final, las fieras nos despedazaron a mí y al hijo que llevaba en el vientre.
Al abrir los ojos de nuevo, regresé justo al instante en que la espada se dirigía hacia el Rey.