No puedo dejar de pensar en el final de «rey lincan y su obscura», porque lo que ocurre se siente a la vez inevitable y desgarrador.
El desenlace muestra a Lincan enfrentando la corrupción que ha crecido dentro de su propio reino; la «obscura» no es solo una fuerza externa, sino un eco de aquello que él mismo permitió. En las escenas finales, Lincan opta por una solución de precio enorme: sacrificar su forma humana para encerrar la oscuridad dentro de sí, convirtiéndose en un faro viviente que a la vez protege y condena a su pueblo a vivir bajo la vigilancia de su nombre.
Queda una sensación agridulce al cierre. La gente celebra la paz que llega, pero las últimas páginas nos recuerdan que la victoria fue una prisión elegida. Me quedé con un nudo en la garganta, pensando en cómo los héroes pagan por dejar de fallar; es un final que respeta la tragedia y la grandeza del relato, y que me dejó reflexionando sobre el coste del poder.