Entre el amor y el deseo
Las obsesiones nunca traen nada bueno.
—No es obsesión —protesto, apartando la mirada del espejo, incómoda de repente con lo que veo—. Es amor, deseo, pasión.
—Sí, te creo —responde, pero al final de la frase se le escapa una risa. Pequeña, traviesa, burlona.
Me giro hacia la cama, hacia la camisa azul marino de Damián que sigue extendida sobre el edredón blanco. La acaricio con la mirada, con la memoria.