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Capítulo 7: El Eco de la Bestia y el Refugio Roto

last update Date de publication: 2026-10-19 23:59:18

Bajo la farola parpadeante, el hombre permaneció inmóvil durante unos segundos, con el brazo extendido en el aire donde un instante antes había estado la silueta de Alexa. El aroma a tierra mojada, pino y a una esencia floral silvestre e inconfundible —el rastro de una loba alfa que ni siquiera ella misma sabía que era— seguía flotando en la brisa nocturna.

Un destello de asombro y una euforia salvaje iluminaron sus ojos ámbar. Una sonrisa lenta y profundamente posesiva se dibujó en su rostro duro y cincelado.

—Mágica... y letal —murmuró para sí mismo con voz ronca, pasando una mano por su mandíbula marcada—. Está viva. Y es completamente indómita.

No hizo el menor intento de seguirla. Sabía perfectamente dónde encontrarla; el destino —y la fuerza ineludible de su propia sangre— volverían a cruzar sus caminos más pronto de lo que ella imaginaba.

A metros de allí, con el pecho agitado y los pulmones quemándole por el esfuerzo, Alexa abrió la puerta del apartamento con manos temblorosas. El zumbido constante del refrigerador y la fría luz azulada de la televisión la recibieron de inmediato.

Mateo seguía en la sala, pero su postura había cambiado por completo. Ya no lucía displicente ni relajado, sino genuinamente incómodo y angustiado. Al verla entrar con el cabello revuelto por la llovizna, la chaqueta mal abrochada y los ojos castaños brillando con el resto de una adrenalina contenida, se levantó del sofá de inmediato y se acercó a ella con pasos tentativos.

—¡Alex! Dios mío... perdóname, por favor —dijo Mateo, extendiendo las manos en un gesto conciliador, usando esa voz suave y compungida que solía desarmarla en el pasado—. Fui un idiota completo. No debí decirte esas cosas, sé perfectamente que estás pasando por demasiado estrés con las deudas. Por favor, no te vuelvas a ir así a medianoche. Me asusté muchísimo pensando que te había pasado algo en la calle.

Alexa lo miró fijamente desde el recibidor. La furia que la había llevado a salir corriendo una hora atrás se había transformado en un frío y aplastante agotamiento. Quería gritarle, sacudirlo por los hombros y exigirle que fuera el hombre fuerte y firme que ella necesitaba a su lado en esa trinchera. Pero mirarlo ahí, encogido, con la mirada suplicante y pidiendo perdón con esa fragilidad tan característica, le anuló el impulso de tajo. No iba a desperdiciar la poca energía que le quedaba en una pelea estéril.

—Está bien, Mateo —dijo Alexa en un susurro plano y distante, esquivando su mirada con cansancio mientras se quitaba la chaqueta—. Tranquilo. No pasó nada. Ya pasó.

—¿De verdad estás bien, amor? —preguntó él, aliviado con una rapidez casi hiriente, buscando un abrazo para calmar su propia culpa—. Pensé que no ibas a regresar esta noche.

—Solo necesitaba caminar y respirar un poco de aire fresco —mintió ella, dejándose abrazar de forma mecánica, rígida como una tabla entre sus brazos—. Fue un día demasiado pesado en la oficina, eso es todo.

—Lo entiendo, mi vida —murmuró Mateo, besándole la sien con ternura—. Prometo que mañana las cosas van a estar mejor. Voy a hacer la cena yo mismo, lo juro.

—Gracias, Mateo. Mañana hablamos —respondió ella, zafándose con delicadeza de su agarre.

Alexa no mencionó una sola palabra del aterrador encuentro en la calle. ¿Cómo explicarle que un desconocido colosal la había llamado "loba", que la había acorralado con una intensidad física que le había hecho arder la piel, y que ella misma lo había repelido con una fuerza sobrenatural e inexplicable? Mateo habría pensado que estaba perdiendo la cabeza por el estrés. Y tal vez, pensó con amargura, era la verdad.

Se desvistió en silencio en la oscuridad del dormitorio y se dejó caer en la cama, mirando las grietas del techo durante horas. El sueño le resultaba evasivo; cada vez que cerraba los ojos, sentía el calor abrasador de aquella mano masculina en su nuca y el eco helado de unos ojos dorados mirándola en la penumbra.

El despertador sonó a las 5:30 a.m. con la misma estridencia implacable de la víspera.

El segundo día de trabajo comenzó con ojeras más marcadas y los músculos del cuerpo doloridos, como si hubiera corrido un maratón entero en lugar de haber huido durante diez calles. Cuando Alexa cruzó las puertas de cristal de Logística e Innovación del Norte, el ambiente le pareció aún más opresivo. El zumbido de los teclados, el olor a café quemado y las miradas furtivas de sus compañeros en el piso treinta y nueve la recibieron como un campo minado.

—¡Buenos días, Grey! Sobreviviste a la primera noche —le dijo Julián desde su cubículo, alzando una taza humeante en gesto de saludo.

—Apenas, Julián, pero sigo de pie —respondió Alexa, intentando esbozar una sonrisa convincente.

—Te ves pálida, Alex —comentó Lucía, acercándose desde la sección de facturación con una mirada llena de empatía—. Si necesitas que te eche una mano con los ingresos de hoy para que no te satures, avísame sin pena.

—Te lo agradezco, Lucía, pero puedo con esto —aseguró Alexa, acomodando sus cosas en la estación de trabajo.

Sin embargo, el verdadero reto aguardaba al fondo del pasillo. En su despacho de mamparas de cristal, Valeria ya la observaba con una frialdad calculada y vengativa. La supervisora cruzó los brazos sobre el pecho, clavándole una mirada cargada de recelo, lista para cobrarle con creces cada segundo de la humillación y el terror inexplicable que había sentido la tarde anterior. Alexa respiró hondo, sintiendo cómo el calor latente en su nuca volvía a despertar lentamente.

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