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Capítulo 8: El Laberinto de Cristal y el Descenso al Abismo

ผู้เขียน: Alessa Coldbrook
last update วันที่เผยแพร่: 2026-10-20 20:51:22

El segundo día de trabajo en el piso treinta y nueve transcurrió con una tranquilidad inusual que rayaba en lo sospechoso. Valeria se mantuvo encerrada en su despacho, limitándose a enviar correos breves y formales, y las tareas del inventario y la clasificación de documentos fluyeron con una precisión casi robótica. Alexa, sentada en su cubículo, casi podía creer que estaba recuperando el control de su vida profesional.

Faltaban apenas diez minutos para las cinco de la tarde cuando Lucía se acercó a su estación de trabajo con una carpeta azul bajo el brazo y una mueca auténtico apuro en el rostro.

—Alexa, odio hacerte esto justo cuando estamos a punto de salir, pero ¿podrías hacerme un gran favor? —pidió Lucía con voz suave y suplicante—. El departamento de auditoría financiera necesita con urgencia este reporte firmado y sellado por la dirección. Es que si subo yo, perderé el último autobús a mi zona y mi hija me espera en la guardería. ¿Podrías subir a entregarlo tú? Que el CEO lo firme y luego los bajas hasta el piso veinte en financiera.

Alexa exhaló un suspiro leve, pero asintió con una sonrisa cansada.

—No te preocupes, Lucía. Dame la carpeta, yo me encargo de subirla y luego bajarla.

—¡Eres un ángel, de verdad! —exclamó Lucía con alivio, entregándole el expediente—. Solo toma el ascensor de la torre central y pregunta por la oficina del CEO. Es la única puerta doble de caoba al fondo del pasillo principal.

Alexa tomó el ascensor, que ascendió a una velocidad vertiginosa. Al abrirse las puertas en el piso cuarenta, el ambiente cambió de golpe. Ya no había cubículos grises ni el bullicio caótico de la administración. Aquí reinaba un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el sonido de los tacones de Alexa resonando sobre un suelo de mármol negro impecable. Las paredes eran de cristal tintado y las luces indirectas daban una sensación de opulencia fría, majestuosa y distante.

Caminando por el pasillo, buscando la oficina del CEO para entregar la carpeta y escapar lo antes posible, una corriente de aire frío la desorientó. Giró a la izquierda por un corredor secundario que parecía una galería de arte, esperando ver la recepción principal, pero solo encontró pasillos idénticos. Se había adentrado de lleno en el ala privada de la alta dirección.

—Genial, perfecta asistente... felicitaciones por perderte en tu segundo día —murmuró para sí misma, deteniéndose frente a una puerta de caoba oscura para intentar orientarse.

En ese preciso instante, la puerta lateral se abrió de par en par con un movimiento seco.

Alexa dio un paso en falso hacia atrás, tropezando torpemente con sus propios tacones sobre el mármol pulido. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, su cuerpo chocó de frente contra una sólida e infranqueable muralla de músculos. La carpeta salió volando de sus manos, desparramando hojas de papel firmado por todo el suelo.

—¡Cuidado! —logró exclamar Alexa, cayendo a medias hacia el piso, pero siendo sostenida al instante por una mano de hierro que la asió de la cintura con reflejos felinos.

El aire se quedó atrapado en su garganta. El olor que la envolvió de inmediato la golpeó con la fuerza destructiva de un rayo: madera de pino quemada, tierra mojada y una intensidad salvaje que reconocía demasiado bien.

Alzar la mirada fue una tortura lenta e inevitable.

Por encima de ella, con una expresión de gélido asombro que rápidamente se transformó en una vorágine de triunfo y deseo incontenible, estaba el hombre de la calle oscura. El mismo rostro de facciones duras, la cicatriz tenue en la ceja y unos ojos ámbar que ahora brillaban con una intensidad deslumbrante bajo las luces del techo.

—Vaya... mi pequeña loba —su voz ronca resonó en el pasillo como un trueno a ras de tierra—. Te dije anoche que nuestros caminos volverían a cruzarse.

—¡Tú! —alcanzó a articular Alexa, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies—. ¿Qué haces aquí? ¡Suéltame ahora mismo!

—¿Soltarte? Apenas te he encontrado dentro de mi territorio, Alexa —respondió él, estrechando el agarre sobre su cintura y pegándola aún más a su pecho firme.

—¡Señor Vane! —un grito ahogado y despavorido rompió el trance de la escena.

A pocos metros, la secretaria ejecutiva de la presidencia, Elena, se había quedado completamente petrificada, con los ojos abiertos de par en par por el terror y las manos cubriéndose la boca. Ay, por todos los dioses, pensó la mujer con el corazón en la garganta, convencida de que estaba a punto de presenciar un despido fulminante o algo peor en directo. Nadie, absolutamente nadie en toda la corporación, se atrevía a tocar al CEO, y mucho menos a estrellarse contra él de esa manera tan desastrosa. Elena estaba segura de que la joven asistente junior acababa de firmar su sentencia de muerte en la empresa.

—Señor... disculpe a la señorita, es nueva —balbuceó Elena, dando dos pasos temblorosos hacia ellos—. Yo... yo misma recogeré los documentos y la acompañaré abajo de inmediato.

—No te acerques, Elena —ordenó Damián con un tono de voz tan dominante y autoritario que la secretaria se congeló al instante en su sitio, bajando la cabeza por instinto —. Deja los papeles en el suelo y vuelve a tu escritorio.

—Pero, señor... —intentó decir la secretaria.

—Es una orden —sentenció el Alfa sin apartar la mirada de los ojos castaños de Alexa, que echaban chispas de rabia.

—¡Dije que me suelte Señor Vane! —exigió Alexa en un susurro furioso, apoyando ambas palmas contra su pecho para empujarlo—. No me importa si es el dueño de este lugar o el rey del mundo. ¡No me toque!

Damián sonrió de lado, disfrutando de la feroz resistencia que la mujer demostraba frente a todos.

—Ya no hay lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí, pequeña loba —murmuró él, bajando la cabeza hasta que su boca quedó a milímetros de su oreja—. Y ahora que estás aquí, no pienso dejarte ir tan fácil.

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