เข้าสู่ระบบEl aire se congeló en los pulmones de Alexa. Bajo la luz parpadeante de la farola, el hombre no solo imponía por su tamaño, sino por una presencia magnética y peligrosa que parecía doblar la realidad a su alrededor. Su rostro era de facciones duras y cinceladas, con una barba corta bien delineada y una cicatriz tenue que cruzaba su ceja izquierda, dándole un aire salvaje que contrastaba con la elegancia sobria de su abrigo oscuro.
—¿Qué... qué fue lo que dijiste? —la voz de Alexa salió temblorosa, no por sumisión, sino por el impacto directo de sus palabras.
Pequeña loba. El término resonó en su mente como una bofetada helada. ¿Quién demonios era ese lunático y cómo se atrevía a acorralarla verbalmente en una calle solitaria a medianoche?
—Dijiste que estabas buscando trabajo, pero parece que prefieres deambular por la noche buscando problemas —respondió el hombre con una sonrisa lenta y peligrosa, dando un paso más hacia ella—. Te conozco, Alexa Gray. Sé exactamente lo que eres, aunque tú intentes negarlo.
—¡A mí no me conoces de nada! ¡Aléjate de mí o voy a gritar! —advirtió ella, apretando los puños.
El instinto de supervivencia, ese que la había mantenido alerta todo el día, se disparó con la fuerza de una alarma de incendios. Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y echó a correr por la acera húmeda, con la respiración entrecortada y las suelas de sus zapatos resbalando sobre el pavimento mojado.
No había dado ni diez zancadas cuando el sonido de unas botas pesadas retumbó a sus espaldas, acercándose a una velocidad imposible. Antes de que pudiera doblar la esquina, una mano grande, firme y caliente se cerró con la precisión de un cepo de hierro alrededor de su antebrazo, tirando de ella con un movimiento fluido.
Alexa fue lanzada hacia atrás, su espalda chocando contra la fría pared de ladrillo de la casona abandonada. El impacto le sacó el poco aire que le quedaba en los pulmones, pero la conmoción duró apenas una fracción de segundo.
Antes de que pudiera articular un grito, el hombre se cernió sobre ella. Su cuerpo grande y pesado la bloqueó por completo, acorralándola contra la superficie rugosa. El intenso olor a madera de pino y tierra mojada la envolvió, inundando sus sentidos de una manera casi hipnótica. Las manos del desconocido se movieron con una autoridad desconcertante: una de ellas se posó con firmeza en su cintura, mientras la otra subía lentamente por su cuello, sus dedos rozando la piel sensible de su nuca, justo donde el calor interno de Alexa ardía con más fuerza.
—Cálmate —murmuró él, inclinándose tanto que su aliento cálido rozó la oreja de Alexa—. No intentes huir de mí. Sabes perfectamente que puedo alcanzarte cada vez que lo intentes.
—¡Suéltame, maldito demente! —siseó ella, intentando zafarse—. ¡No me vuelvas a tocar!
—Mira cómo reacciona tu cuerpo a mi toque —insistió el desconocido, deslizando el pulgar por la línea de su mandíbula mientras sus ojos ámbar brillaban intensamente en la penumbra—. Sientes esa descarga, ¿verdad? Es el lazo. Por más que intentes esconderte, tu sangre sabe a quién le pertenece.
—¡Mi sangre es mía! —exclamó Alexa, mirándolo con un odio feroz—. ¡No sé qué clase de juego enfermo estás jugando, pero te equivocaste de persona!
Un escalofrío de pura electricidad recorrió su columna vertebral. La cercanía era insoportable, íntima y amenazante; desprendía la inequívoca sensación de que estaba ante un depredador que reclamaba lo que consideraba suyo por derecho.
Pero la rabia acumulada durante semanas —el fracaso financiero, la indiferencia de Mateo, la humillación de Valeria y el descaro de aquel desconocido— explotó de golpe.
—¡Dije que me sueltes! —gritó Alexa.
—Inténtalo, pequeña loba —la desafió él en un susurro grave, disfrutando de la chispa de resistencia que ardía en los ojos de ella—. Demuéstrame de qué estás hecha.
Con una fuerza ciega, profunda y desproporcionada para su tamaño, Alexa empujó con ambos brazos el pecho del hombre. Para su total sorpresa, el impacto no fue el de empujar a un humano común: fue como chocar contra un muro infranqueable de acero. Sin embargo, la descarga de adrenalina y el fuego oculto en su propia sangre le otorgaron una potencia salvaje.
Un destello dorado intenso cruzó las pupilas de Alexa. El hombre, con los ojos ámbar abiertos de par en par por la sorpresa de ver la magnitud de su fuerza latente, dio un paso atrás, perdiendo momentáneamente el equilibrio ante la violencia de la embestida.
—¡No te me vuelvas a acercar en tu vida! —le advirtió Alexa con la voz temblando de furia, apuntándolo con un dedo acusador mientras recuperaba el aire.
—Esto apenas empieza, Alexa —respondió el hombre, erguido de nuevo, mirándola con una mezcla de fascinación, orgullo y una obsesión indomable—. Puedes correr esta noche, pero mañana tendrás que volver al trabajo. Y no hay lugar en ese edificio donde puedas esconderte de mí.
Aprovechando la fracción de segundo en que el agarre se había roto por completo, Alexa se desvió con un movimiento ágil, esquivó su costado y echó a correr a toda velocidad hacia la avenida principal. El corazón le martilleaba con fuerza en la garganta y las lágrimas de frustración y rabia desbordaban finalmente sus mejillas.
Mientras el ruido de los autos de la avenida empezaba a ahogar la quietud de la noche, las palabras del desconocido resonaban en su cabeza como un eco escalofriante. Él conocía su nombre, conocía su empleo y, sobre todo, parecía conocer el oscuro secreto que ardía en sus venas mucho mejor que ella misma.
La confirmación del contrato en el Caribe sacudió las estructuras de toda la empresa. Para el mediodía, el eco del éxito ya había recorrido los pasillos, y el nombre de Alexa comenzó a murmurarse con una mezcla de recelo y respeto entre los compañeros. Sin embargo, en el despacho principal, la vida continuaba bajo las exigencias implacables del Alfa.A las dos de la tarde, la puerta de caoba se abrió con brusquedad. Damián salió de su reunión con el departamento legal, desatándose la corbata con un movimiento impaciente mientras se dirigía directamente al escritorio de Alexa.—Quiero los expedientes de la filial de logística sobre mi mesa antes de las cuatro —ordenó Damián, plantándose frente a ella con los brazos cruzados y una expresión de pura exigencia—. Y asegúrate de revisar las cláusulas de indemnización. No pienso firmar nada que tenga vacíos legales.Alexa levantó la vista de la pantalla, sosteniéndole la mirada con frialdad. Ya se había acostumbrado a su forma de irrumpir en
La luz del jueves entró a raudales por los inmensos ventanales de la presidencia, tiñendo el despacho de una claridad fría que contrastaba con la agitación interna de Alexa. Había llegado diez minutos antes de las ocho, con los nervios a flor de piel y una taza de café humeante entre las manos. Cada segundo que pasaba sintiendo el peso de la expectativa la obligaba a repasar mentalmente cada palabra del texto publicitario que había redactado el día anterior.El lujo de desaparecer en la naturaleza.Había sido una apuesta arriesgada, un golpe de intuición nacido de su doble formación en administración y publicidad, pero sabía que si el concepto fallaba, Damián no dudaría en recordárselo con esa arrogancia imponente que lo definía.A las ocho y diez en punto, la puerta del asensor se abrió con un chasquido suave. El Alfa apareció en el umbral, impecable en su traje gris plomo, con los hombros anchos llenando el espacio y la mirada fija en ella. Su sola presencia hizo que el aire en la e
El resto de la tarde transcurrió bajo un silencio denso y pesado que se podía cortar con un hilo. Desde su escritorio, Alexa sentía la vibración constante de Damián al otro lado de la puerta de caoba, como si la presencia del hombre atravesara la madera. No se habían dirigido la palabra desde el altercado con Samara. Alexa se concentró febrilmente en los números, los informes y la correspondencia, utilizando el trabajo como una barrera contra el calor extraño que todavía le cosquilleaba en la nuca.A las seis de la tarde, Elena se despidió con una reverencia respetuosa y abandonó la planta, dejándolos solos en la penumbra.Alexa guardó sus bolígrafos, apagó el ordenador y se dispuso a tomar su bolso. No pensaba quedarse un segundo más de lo necesario cerca de un hombre que le desordenaba la mente con solo mirarla. Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia el ascensor, la puerta del despacho se abrió con suavidad.Damián estaba apoyado en el marco. Se había quitado la
El beso se volvió más voraz, un choque destructivo de lenguas y alientos donde la arrogancia de Damián chocaba de frente con la fiereza indómita de Alexa. La presión erecta y dura de su cuerpo contra la cadera de ella hacía estragos en el juicio de ella, quien se aferraba a la solapa del traje del Alfa con las uñas clavadas en la tela. El aire en el despacho olía a fuego, pino quemado y a una necesidad salvaje que amenazaba con devorarlos sobre el mármol.De pronto, el chasquido metálico de la cerradura resonó en el silencio de la entrada. La puerta de caoba se abrió de par en par con absoluta desenvoltura, revelando a una mujer alta, despampanante, vestida con un traje ceñido de alta costura y tacones de vértigo.Samara.Como secretaria personal y encargada de la logística de viajes internacionales del Alfa, poseía acceso libre al despacho sin necesidad de anunciarse con Elena. Pero la sonrisa autosuficiente que traía en los labios se congeló de golpe al presenciar la escena.Damián
El traslado al área de creatividad no le dio un solo segundo de respiro. Durante dos horas intensas, Alexa se instaló frente a las pantallas del departamento de publicidad junto al señor Smith. Sus dedos volaban sobre el teclado con una destreza feroz, puliendo cada línea del dossier, reformulando los textos del folleto y reorganizando la narrativa del hotel campestre en el Caribe bajo la mirada entre sorprendida y maravillada del jefe de creativos.A la una y cincuenta de la tarde, Alexa y el señor Smith ingresaron de nuevo al despacho de la presidencia. Damián Vane los esperaba de pie junto al enorme ventanal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir y la chaqueta apoyada en el respaldo de su sillón. La camisa negra, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, dejaba al descubierto unos brazos firmes y marcados que exudaban una masculinidad brutal.—Está listo, señor Vane —anunció el señor Smith, proyectando en la pantalla principal la nueva propuesta gráf
Alexa terminó de acomodar sus carpetas en la mesa auxiliar cuando el pesado chasquido de la puerta de caoba rompió el silencio. Damián Vane emergió de la sala de juntas, imponente y magnético en su traje de corte perfecto. Su presencia llenaba el espacio con una densidad casi palpable, emanando esa masculinidad dominante que a Alexa le aceleraba el pulso de forma inevitable. Detrás de él caminaban dos hombres con el rostro desencajado por la tensión: el abogado senior de la firma y el jefe del departamento de publicidad.—Elena, señorita Grey —la voz de Damián resonó grave, profunda y carente de rodeos—. A mi despacho. Abran la libreta de actas y tomen nota de esto.Alexa cruzó el umbral tras Elena, sintiendo cómo el intenso aroma a madera de pino y tierra mojada la envolvia de inmediato. La amplia oficina respiraba un lujo sobrio: grandes ventanales, tonos oscuros y una enorme mesa de reuniones repleta de planos y carpetas de la empresa.—Repítales el desastre, Licenciado Rivas —orde







