ログインMe quedé pensativa por un momento, pero algo en mí no podía evitar seguir cuestionando todo esto.
—Tengo una duda, pero no es sobre el contrato. Me gustaría saber por qué me ofrece tantas cosas y dinero. No lo entiendo.
Él hizo un gesto con las manos, trono los dedos, y luego me miró de nuevo con esa intensidad que me mantenía paralizada.
—Porque... —desvió la mirada brevemente antes de volver a centrarla en mí. —Te voy a arruinar la vida, te la voy a destruir tanto en estos seis meses... Vivirás en un infierno, te lastimaré solo para obtener mi propia satisfacción. Simplemente por eso lo hago.
Su tono de voz no mostró piedad, pero algo en mí no pudo apartar la mirada de él. Aunque sus palabras debían hacerme huir, seguí sentada ahí, frente a él, mirando su rostro con una mezcla de miedo y algo más.
—Entonces... eso es todo... mi señor. —dije en voz baja, colocando el contrato sobre el escritorio.
—Bien, entonces fírmalo. —me dijo, extendiéndome una pluma.
Mis manos temblaban ligeramente al tomar la pluma. Volví a mirar el contrato frente a mí, sintiendo cómo la sudoración en mis manos aumentaba. Su mirada fija sobre mí era como la de un león acechando a su presa. Extrañamente, sentí una necesidad urgente de ser cazada.
Dios mío, ¿qué me pasaba? Jamás había tenido pensamientos impuros hacia alguien, pero este hombre despertaba algo en mí que solo podría entender en la oscuridad de mi habitación.
—¿Qué pasaría si no lo firmo? —La pregunta salió de mi boca sin pensarlo.
—Cuando te di el contrato, dijiste algo sobre ser esclava. Bueno, creo que con este contrato te estoy dando muchos privilegios. Como tú dijiste, yo te compré, así que podría hacer contigo lo que me plazca. —su tono se volvió más cercano y profundo mientras su cuerpo se acercaba. A pesar del escritorio que nos separaba, su presencia se hacía cada vez más imponente. —Puedes decidir no firmar, pero también espero que estés lista para cumplir con la definición de esclava. Será como si desaparecieras del mundo entero. Nadie volverá a saber de ti, ni siquiera de tu nombre... Serás mi esclava sexual hasta que supliques estar muerta... Así que decide. Tienes cinco segundos.
Tragué saliva, sintiendo cómo mis piernas se apretaban involuntariamente al pensar en las implicaciones de sus palabras. La curiosidad sobre lo que este hombre era capaz de hacer se apoderaba de mí, aunque había una gran confusión dentro de mí.
Miré el contrato nuevamente, luego levanté la vista para encontrarme con sus ojos. ¿Cómo podía un hombre tan atractivo ser tan despiadado? Pero al mismo tiempo, tenía razón. Aunque el contrato no era justo, era lo mejor para mí en este momento, o al menos eso quería creer. Aun así, la indecisión seguía doliéndome.
—No tienes que firmar. —vi cómo su mano se acercaba al contrato, y por instinto lo alejé rápidamente.
—Lo haré. —Lo vi sonreír.
Finalmente lo hice, firmé el contrato sin darme cuenta de que con eso estaba cometiendo el error más grande de mi vida. Sin duda vender mi alma al diablo era nada comparado con lo que acababa de hacer, pero eso era algo que aún no sabía y de lo cual me arrepentiría después...
Ahora le pertenecía a Jared Teylor...
La tinta negra comenzó a trazar líneas sobre aquella hoja de papel, y mientras lo hacía, no podía evitar pensar en cómo mi destino había sido sentenciado al caer en las manos de ese magnate.
Aunque Jared, el hombre de cabello azabache frente a mí, parecía estar tranquilo, algo en su mirada delataba una batalla interna. Apenas terFraseré de firmar, se levantó de su asiento.
Desde el primer momento en que me vio en esa subasta, lo supe. Había algo en su mirada que me analizaba, me juzgaba, como si intentara descifrarme. No entendía del todo qué había despertado en él, pero yo también podía sentirlo: un calor extraño y abrumador.
Su presencia era intimidante. Él no era un hombre común, no solo por su porte y su autoridad, sino por algo más, algo que no alcanzaba a entender. Me lo había dicho antes, casi con orgullo: odiaba el aroma de las mujeres. Pero ahora, al tenerlo cerca, algo en su postura me decía que mentía. Lo noté cuando nuestros ojos se cruzaron por primera vez; esa intensidad no se podía fingir.
Su aroma era fuerte y envolvente, y el mío, por más que intentara ocultarlo, parecía alcanzarlo. “Chocolate, nuez y almendras…” murmuré en mi mente, imaginando cómo él lo describiría, porque así era como lo había escuchado antes.
—¿Cuántos te han tocado? —Su voz rompió mis pensamientos, y el impacto de sus palabras me dejó sin aliento.
—¿P-perdón… mi señor? —murmuré, apenas capaz de articular.
Jared se inclinó hacia mí, apoyándose en los bordes de la silla. Su rostro quedó tan cerca que sentí que mi respiración se detenía.
—¿Cuántos ya conocen tu cuerpo?
La crudeza de su pregunta me paralizó. Avergonzada, aparté la mirada mientras el calor subía a mis mejillas. Quise responder, pero las palabras se atoraban en mi garganta. Finalmente, después de humedecer mis labios, balbuceé:
—Yo… nunca… mi señor…
Mis ojos volvieron a encontrarse con los suyos, y fue un error. Aquella mirada oscura, ardiente, me atrapó. Mi corazón latía con fuerza cuando, de repente, sin darme tiempo para reaccionar, me tomó por la nuca y rompió la distancia entre nosotros.
Sus labios chocaron contra los míos con una fuerza que jamás había experimentado. Era voraz, intenso, completamente diferente a cualquier cosa que hubiera imaginado. No sabía cómo corresponder; era mi primer beso, y él no se detenía.
Me quedé pensativa por un momento, pero algo en mí no podía evitar seguir cuestionando todo esto.—Tengo una duda, pero no es sobre el contrato. Me gustaría saber por qué me ofrece tantas cosas y dinero. No lo entiendo.Él hizo un gesto con las manos, trono los dedos, y luego me miró de nuevo con esa intensidad que me mantenía paralizada.—Porque... —desvió la mirada brevemente antes de volver a centrarla en mí. —Te voy a arruinar la vida, te la voy a destruir tanto en estos seis meses... Vivirás en un infierno, te lastimaré solo para obtener mi propia satisfacción. Simplemente por eso lo hago.Su tono de voz no mostró piedad, pero algo en mí no pudo apartar la mirada de él. Aunque sus palabras debían hacerme huir, seguí sentada ahí, frente a él, mirando su rostro con una mezcla de miedo y algo más.—Entonces... eso es todo... mi señor. —dije en voz baja, colocando el contrato sobre el escritorio.—Bien, entonces fírmalo. —me dijo, extendiéndome una pluma.Mis manos temblaban ligerame
—Todo tiene condiciones en esta vida, Yia. —Su voz sonó fría, pero la ligera sonrisa que apareció en sus labios me hizo sentir una extraña corriente recorrer todo mi cuerpo. —A cambio, quiero tu silencio y discreción sobre todo esto.—¿Y qué pasa si llego a decir algo? —Pregunté, sin poder evitar un leve temblor en la voz.Una chispa roja apareció fugazmente en su mirada, como si se transformara en algo mucho más peligroso. Mi instinto me advirtió que no debía cruzar una línea con él.—Continúa leyendo y sabrás las consecuencias de romper alguna regla.El tono de su voz me heló, y me sentí como si estuviera a punto de caer en una trampa. Haciéndome sentir una presión creciente. Sentí mis mejillas arder de vergüenza, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba, y era difícil ignorarlo.Apreté las piernas, intentando ignorar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Bajé la mirada y volví a leer el contrato, mientras mi mente intentaba procesar todo lo que estaba sucediendo.—¿Por qué t
Cuando mi dominante se percató de que había terminado de leer, me miró durante unos segundos antes de detener el auto.—¿Ya lo leyó todo? —Me preguntó, mientras bajaba del auto y abría la puerta para que saliera.Recordé las reglas que había leído en el folder: la sumisa siempre debe dirigirse a su dominante con respeto, usando "mi señor" o "amo", a menos que él me permitiera llamarlo por su nombre. Al pensar en eso, me sentí incómoda, pero respondí de la manera que se esperaba.—Sí... Amo... —La vergüenza me invadió al llamarlo de esa forma.Cuando levanté la vista, me encontré con su rostro serio. No entendía, ya que en el documento decía que debía dirigirme a él así.—Esas normas no cuentan conmigo, solo con el señor Teylor. A mí me puede llamar Oliver.Ahora fui yo quien lo miró confundida. ¿Cómo que solo cuentan con el señor Teylor? ¿Acaso no era él quien me había comprado?—Disculpe, Oliver... ¿No fue usted quien me compró en la subasta?Por primera vez lo vi sonreír. Su sonrisa
Me envolvió en un abrazo repentino, casi desesperado, como si quisiera grabar este momento en su memoria. Antes de separarse, disimuladamente limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.El hombre me dedicó una sonrisa amable antes de tomar a Sol del brazo y conducirla hacia la salida. Los vi perderse entre la multitud, y mi pecho se llenó de una mezcla de tristeza y soledad. Ahora estaba sola.Los pensamientos comenzaron a inundar mi mente. ¿Estarán bien? ¿Cómo serán sus vidas ahora? ¿Y la mía? ¿Quién será mi comprador? ¿Por qué siento esta inquietud creciendo dentro de mí?Tan absorta estaba en mis cavilaciones que no noté que alguien se había acercado hasta quedar parado junto a mí. Al alzar la mirada, lo vi: era un hombre alto, de piel clara, aunque ligeramente bronceada, con un semblante serio y una expresión que imponía respeto. Debía tener unos treinta años, tal vez menos, pero su presencia era intimidante.—Yia.Mi nombre salió de sus labios con una autoridad que me hizo estr
—¿Cómo sabes que es caliente?—Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza.—¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente.—Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna.Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo.—El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan.Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento.—Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus l
—Veinticinco millones —declaró con firmeza.El auditorio quedó en shock; incluso Madame no pudo ocultar su sorpresa, aunque recuperó la compostura de inmediato. Alguien más pareció dispuesto a pujar, pero una sola mirada del joven lo calló.—Si nadie ofrece más… ¡vendida al caballero del traje azul!Susan y Yia observaron a Sol regresar sin expresión visible. Al llegar a su lado, tomó la mano de Yia con un poco más de fuerza. Yia sabía que estaba asustada igual que ella, pero la ocultaba mejor; ella, en cambio, seguía luchando por mantener la calma.—Susan.El pecho de Yia se tensó al verla avanzar. Caminó con la cabeza en alto, aunque sabía que por dentro estaba tan aterrorizada como las demás. Al descubrir su rostro, Madame dijo:—Esta linda joven de mejillas sonrosadas cumplió veinte años hace poco. La subasta comienza con veinte millones.Silencio. Luego una voz grave:—Doy veinte millones por la rubia.Era un hombre mayor, de unos sesenta a setenta años.—Veintidós —ofreció otro,







