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last update 公開日: 2026-11-04 02:34:34

—¿Cómo sabes que es caliente?

—Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza.

—¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente.

—Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna.

Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo.

—El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan.

Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento.

—Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus lágrimas.

—Estoy tan feliz por la cantidad de dinero que me hicieron ganar hoy. Por eso, las mujeres que iban a ser enviadas al burdel tendrán una subasta más para redimir su destino —anunció con una alegría que nadie compartía.

—Maldita bruja —murmuró Sol, pero Madame de la Crow estaba tan ensimismada en su euforia que no le dio importancia al insulto.

—Así que, denle las gracias a Yia —dijo, dedicándome una de esas sonrisas retorcidas que tanto me incomodaban.

—Bien, si ya están listas, váyanse. No hagan esperar a sus compradores; algunos están muriendo por verlas —rio con un humor cruel—. ¿Entendieron? Porque algunos son viejos.

Tomé la mano de Susan, y las tres salimos del edificio. Parpadeé un par de veces para acostumbrarme a la luz del sol. Había pasado casi dos semanas sin verla. Noté que a Susan y a Sol les afectaba más que a mí; ellas llevaban meses sin sentir el calor del día.

Frente a nosotras había tres camionetas negras. Decidimos subir juntas a la segunda. Durante el trayecto, ninguna dijo una palabra. Susan se recargó en mi hombro, sosteniendo mi mano. Con su mano libre, trazaba figuras en el dorso de la mía, casi como un reflejo para calmarse.

Sol, por su parte, sostenía mi otra mano mientras miraba por la ventana. Quería preguntarle qué le pasaba, pero me contuve. Sabía que no era una persona abierta, y no quería presionarla.

Recargué mi cabeza en el respaldo y cerré los ojos. La imagen de aquel hombre misterioso volvió a mi mente, y mi cuerpo reaccionó nuevamente con esa actitud extraña.

¿Cómo será?

 

Finalmente habíamos llegado al aeropuerto y estábamos sentadas en la sala de espera, aguardando a que alguien viniera por nosotras. Podríamos intentar escapar, pero, para nuestra mala suerte, nos vigilaban de cerca, así que esa opción estaba completamente descartada.

Sol, siempre observadora, me explicó que el aeropuerto era el punto de encuentro habitual porque nadie sospecharía que era el lugar para entregar a las mujeres subastadas. A simple vista, parecía una reunión normal, sin levantar sospechas.

Miré a Susan, que seguía aferrada a mi brazo. No había cambiado su actitud desde que salimos del auto.

—¿Estás bien? —le pregunté, sabiendo que era una pregunta inútil. ¿Quién estaría bien en una situación como esta?

Susan dejó de trazar líneas imaginarias en el dorso de mi mano y levantó la mirada hacia mí. Sus ojos, cargados de tristeza y temor, respondieron por ella.

Por otro lado, Sol permanecía de pie frente a nosotras, cruzada de brazos, con la mirada fija en el suelo. Su rostro era una máscara de indiferencia, pero sabía que en el fondo también estaba afectada. Parecía esforzarse por no mostrar su vulnerabilidad.

Aunque apenas las conocía, sentía que habían estado conmigo toda la vida. En poco tiempo se habían convertido en mi familia, algo que no sentía desde hacía mucho tiempo.

—¿Creen que nos volveremos a ver? —La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerla.

Sol suspiró, relajando un poco su postura.

—No lo sé...

Susan, separándose un poco de mí sin soltar mi brazo, murmuró:

—Siempre las recordaré...

—Yo también... Sin duda las voy a extrañar. —Por primera vez, vi una pequeña sonrisa en el rostro de Sol, y sus palabras resonaron con sinceridad—. Estoy feliz de haberlas conocido, aunque las circunstancias no fueron las mejores.

Sentí cómo mi pecho se llenaba de emociones y no pude evitar confesar:

—Yo tampoco tengo una familia o alguien que me recuerde... Pero estos días con ustedes, a pesar de todo, han sido los mejores para mí. Se han convertido en mi familia, y no importa lo que pase, siempre las consideraré como tal.

Mis ojos comenzaron a picar mientras veía a Sol luchar por contener las lágrimas.

—Qué tonta eres —murmuró con una sonrisa temblorosa mientras una lágrima escapaba de sus ojos—. ¿Cómo puedes decir algo así en este momento? Eres realmente tonta.

Sin decir más, se inclinó y nos abrazó con fuerza a Susan y a mí. Estábamos así, aferradas unas a otras, dejando que el tiempo se deslizara entre nosotras.

Cuando finalmente dejamos de llorar, el sentimiento seguía presente, pero nos reconfortaba tenernos cerca, aunque fuera por un poco más de tiempo.

—Susan.

Las tres giramos hacia la voz. Frente a nosotras había un hombre vestido elegantemente, como un mayordomo o un chofer.

—El señor Marco Campbell la está esperando. Acompáñeme.

Nos levantamos junto a Susan, que nos miró con una sonrisa triste y nos abrazó con fuerza.

—Realmente espero poder verlas de nuevo... —nos susurró al oído.

Nosotras asentimos, incapaces de decir una palabra. Cuando se separó, vi lágrimas corriendo por su rostro, y mi corazón se apretó dolorosamente. Solo pudimos observar cómo se alejaba con aquel hombre, perdiéndose entre la multitud.

Ahora solo quedábamos Sol y yo. Regresamos a nuestro lugar, y ella me abrazó con ternura mientras jugaba con mechones de mi cabello, como una madre cariñosa. Cerré los ojos, intentando imaginar un vago recuerdo de mi madre, pero estaba borroso y distante.

Al abrir los ojos, vi a un joven acercándose a nosotras. Lo reconocí al instante: era el hombre que había comprado a Sol en la subasta.

—Sol… —la interrumpió el hombre.

—Sí, sí, soy yo. —Se levantó del asiento, rompiendo nuestro abrazo con brusquedad—. Acabemos con esto.

El hombre esbozó una leve sonrisa, dejando a la vista unos marcados hoyuelos, y negó con la cabeza como si Sol le resultara divertida. No dijo nada más, pero sus ojos parecían evaluar cada uno de sus movimientos. Sol, en cambio, volvió su mirada hacia mí.

—Sé que no nos conocemos mucho, pero eres una gran chica. Suerte.

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