ログインCuando mi dominante se percató de que había terminado de leer, me miró durante unos segundos antes de detener el auto.
—¿Ya lo leyó todo? —Me preguntó, mientras bajaba del auto y abría la puerta para que saliera.
Recordé las reglas que había leído en el folder: la sumisa siempre debe dirigirse a su dominante con respeto, usando "mi señor" o "amo", a menos que él me permitiera llamarlo por su nombre. Al pensar en eso, me sentí incómoda, pero respondí de la manera que se esperaba.
—Sí... Amo... —La vergüenza me invadió al llamarlo de esa forma.
Cuando levanté la vista, me encontré con su rostro serio. No entendía, ya que en el documento decía que debía dirigirme a él así.
—Esas normas no cuentan conmigo, solo con el señor Teylor. A mí me puede llamar Oliver.
Ahora fui yo quien lo miró confundida. ¿Cómo que solo cuentan con el señor Teylor? ¿Acaso no era él quien me había comprado?
—Disculpe, Oliver... ¿No fue usted quien me compró en la subasta?
Por primera vez lo vi sonreír. Su sonrisa parecía genuina y sus dientes blancos y perfectos.
—Se equivoca. Yo solo soy el guardaespaldas del señor Teylor.
Entonces, él no era quien me había comprado. ¿Cómo sería ese señor Teylor? ¿Sería un hombre mayor?
Al mirar hacia la casa, me quedé sorprendida. Era enorme, parecía una mansión. Aunque, con el dinero que el señor Teylor pagó por mí en la subasta, no era tan sorprendente.
Subimos las escaleras hasta la puerta de la casa, y no pude evitar seguir mirando a mi alrededor. Todo era impresionante, un lugar tan hermoso.
Cuando llegamos a la entrada, Oliver abrió la puerta y me indicó que entrara. Al estar dentro, me sentí como una hormiga en ese lugar tan lujoso. Todo era tan grande y espacioso. Una lámpara de araña colgaba del techo, y en las paredes había cuadros de arte abstracto. La casa tenía un toque victoriano pero moderno.
Oliver me indicó que lo siguiera, y lo hice, hasta que llegamos a una sala de estar. Era amplia, con sillones grises y una gran escalera que llevaba a las habitaciones de arriba.
Caminamos un poco más y llegamos a un despacho, donde toda una pared era una ventana gigante. La luz entraba con fuerza, pero la vista no fue lo que más me sorprendió. Fue el hombre que la observaba.
Estaba de espaldas, y aunque no podía ver su rostro, me atrevería a decir que no era mucho mayor que yo. Llevaba un traje negro, su espalda era ancha y su cabello, largo y ondulado, era de un color azabache.
—Señor, ya está aquí —informó Oliver, antes de retirarse y dejarme a solas con el desconocido.
Una sensación extraña apareció en mí, una sensación que no podía entender. Era como si algo en mi interior despertara. ¿Qué era eso? ¿Por qué me sentía así?
Mi corazón se detuvo cuando el hombre se volteó. Todo a mi alrededor se desvaneció por un momento. Sus ojos se clavaron en los míos, y me quedé completamente hipnotizada. Era como si fuera el hombre perfecto. Sus facciones eran tan masculinas, sus labios... aquellos labios tan irresistibles, el inferior grueso y carnoso, el superior más delgado. Y sus ojos, oscuros y profundos, parecían esconder secretos.
No me había dado cuenta de que había dejado de respirar.
—Soy Jared Teylor.
El hombre rodeó su escritorio con paso firme y se acercó a mí. Yo aún no me había movido, estaba completamente inmóvil.
Cuando estuvo frente a mí, su fuerte aroma me envolvió. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Olía a café. Su aroma era tan exquisito que casi podía saborearlo en el aire. Sentí cómo algo en mi interior se agitaba. No entendía por qué me sentía tan segura a su lado, como si todo estuviera en su lugar, como si fuera algo natural.
Al mirarlo fijamente, me pareció que sus ojos eran familiares, pero rápidamente descarté esa idea. Tal vez estaba alucinando debido a la situación tan surrealista en la que me encontraba.
Mi corazón latía de una manera diferente, pude escuchar mis propios latidos y mi respiración pesada. El aura que emanaba de él era tan imponente, pero no intimidante, al menos no para mí.
A pesar de que él me había comprado en una subasta, y que por eso debía temerle, por el hecho de que podía hacer lo que quisiera conmigo, algo que no entendía me tranquilizaba. Algo dentro de mí me decía que no tenía nada que temer, pues él parecía ser calmado y tranquilo.
—Toma asiento, Yia. —Su voz rompió el hechizo en el que me encontraba. Señaló una silla frente a su escritorio, indicándome que me sentara.
No dije nada, simplemente obedecí. Mientras me sentaba, vi cómo él tomaba su lugar frente a mí. El escritorio era lo único que nos separaba, pero aún así sentía que el aire en la habitación se volvía denso. La tensión era palpable.
Su mirada penetrante seguía fija en mí, lo que me hacía sentir algo incómoda. Sus ojos negros parecían esconder mil secretos, algo que me intrigaba, pero al mismo tiempo me decía que no debía indagar más.
—Me imagino que leíste lo que Oliver te dio. —Dijo, rompiendo el silencio.
Asentí, sin decir nada, y él me entregó otro folder igual al que Oliver me había dado minutos antes.
—Mi señor... ¿Qué es esto? —Aún me costaba llamarlo así, lo noté por la ligera sonrisa que apareció en su rostro. El calor subió rápidamente a mis mejillas, y sentí cómo mi rostro se ruborizaba.
—Eso es un contrato. Tienes que leerlo, y si tienes alguna duda, te la aclararé para que esto te resulte más fácil.
—¿Por qué debería preocuparme por que me sea fácil? Me compró en una subasta de mujeres. —Murmuré para mí misma mientras abría el folder.
—¿Qué estás diciendo? —Su voz sonó firme, como si me hubiera escuchado perfectamente.
—Si usted me compró, ¿por qué hacer un contrato conmigo? —Pregunté, sin poder evitar la curiosidad.
—Soy un gran empresario, dueño de las empresas Teylor. No puedo arriesgarme a cometer ningún error, y me gusta tener las cosas claras. Un contrato me respalda de cualquier problema legal. —Su respuesta fue directa, como si esto fuera algo habitual para él.
Mis ojos se agrandaron ligeramente al escuchar su respuesta. Ahora entendía por qué me sonaba tan familiar. Era el dueño de la empresa más grande de España.
Asentí de nuevo, tratando de asimilar toda la información que me acababa de dar. Luego comencé a leer el contrato con más atención. Jared me indicó con un gesto que hablara si tenía alguna duda.
—Bueno... —Comencé, al leer una parte del contrato. —Aquí dice que puedo seguir con mi vida normal mientras viva aquí. —Sonrió con algo de ironía. —¿Cómo puedo seguir con mi vida normal siendo una esclava en contra de mi voluntad?
—Te daré la oportunidad de que sigas estudiando en la universidad. —Dijo con calma. —Investigué un poco sobre ti antes de que llegaras, soy consciente de que eres una buena estudiante.
—Me imagino que habrá alguna condición para que regrese a la universidad.
Me quedé pensativa por un momento, pero algo en mí no podía evitar seguir cuestionando todo esto.—Tengo una duda, pero no es sobre el contrato. Me gustaría saber por qué me ofrece tantas cosas y dinero. No lo entiendo.Él hizo un gesto con las manos, trono los dedos, y luego me miró de nuevo con esa intensidad que me mantenía paralizada.—Porque... —desvió la mirada brevemente antes de volver a centrarla en mí. —Te voy a arruinar la vida, te la voy a destruir tanto en estos seis meses... Vivirás en un infierno, te lastimaré solo para obtener mi propia satisfacción. Simplemente por eso lo hago.Su tono de voz no mostró piedad, pero algo en mí no pudo apartar la mirada de él. Aunque sus palabras debían hacerme huir, seguí sentada ahí, frente a él, mirando su rostro con una mezcla de miedo y algo más.—Entonces... eso es todo... mi señor. —dije en voz baja, colocando el contrato sobre el escritorio.—Bien, entonces fírmalo. —me dijo, extendiéndome una pluma.Mis manos temblaban ligerame
—Todo tiene condiciones en esta vida, Yia. —Su voz sonó fría, pero la ligera sonrisa que apareció en sus labios me hizo sentir una extraña corriente recorrer todo mi cuerpo. —A cambio, quiero tu silencio y discreción sobre todo esto.—¿Y qué pasa si llego a decir algo? —Pregunté, sin poder evitar un leve temblor en la voz.Una chispa roja apareció fugazmente en su mirada, como si se transformara en algo mucho más peligroso. Mi instinto me advirtió que no debía cruzar una línea con él.—Continúa leyendo y sabrás las consecuencias de romper alguna regla.El tono de su voz me heló, y me sentí como si estuviera a punto de caer en una trampa. Haciéndome sentir una presión creciente. Sentí mis mejillas arder de vergüenza, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba, y era difícil ignorarlo.Apreté las piernas, intentando ignorar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Bajé la mirada y volví a leer el contrato, mientras mi mente intentaba procesar todo lo que estaba sucediendo.—¿Por qué t
Cuando mi dominante se percató de que había terminado de leer, me miró durante unos segundos antes de detener el auto.—¿Ya lo leyó todo? —Me preguntó, mientras bajaba del auto y abría la puerta para que saliera.Recordé las reglas que había leído en el folder: la sumisa siempre debe dirigirse a su dominante con respeto, usando "mi señor" o "amo", a menos que él me permitiera llamarlo por su nombre. Al pensar en eso, me sentí incómoda, pero respondí de la manera que se esperaba.—Sí... Amo... —La vergüenza me invadió al llamarlo de esa forma.Cuando levanté la vista, me encontré con su rostro serio. No entendía, ya que en el documento decía que debía dirigirme a él así.—Esas normas no cuentan conmigo, solo con el señor Teylor. A mí me puede llamar Oliver.Ahora fui yo quien lo miró confundida. ¿Cómo que solo cuentan con el señor Teylor? ¿Acaso no era él quien me había comprado?—Disculpe, Oliver... ¿No fue usted quien me compró en la subasta?Por primera vez lo vi sonreír. Su sonrisa
Me envolvió en un abrazo repentino, casi desesperado, como si quisiera grabar este momento en su memoria. Antes de separarse, disimuladamente limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.El hombre me dedicó una sonrisa amable antes de tomar a Sol del brazo y conducirla hacia la salida. Los vi perderse entre la multitud, y mi pecho se llenó de una mezcla de tristeza y soledad. Ahora estaba sola.Los pensamientos comenzaron a inundar mi mente. ¿Estarán bien? ¿Cómo serán sus vidas ahora? ¿Y la mía? ¿Quién será mi comprador? ¿Por qué siento esta inquietud creciendo dentro de mí?Tan absorta estaba en mis cavilaciones que no noté que alguien se había acercado hasta quedar parado junto a mí. Al alzar la mirada, lo vi: era un hombre alto, de piel clara, aunque ligeramente bronceada, con un semblante serio y una expresión que imponía respeto. Debía tener unos treinta años, tal vez menos, pero su presencia era intimidante.—Yia.Mi nombre salió de sus labios con una autoridad que me hizo estr
—¿Cómo sabes que es caliente?—Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza.—¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente.—Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna.Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo.—El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan.Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento.—Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus l
—Veinticinco millones —declaró con firmeza.El auditorio quedó en shock; incluso Madame no pudo ocultar su sorpresa, aunque recuperó la compostura de inmediato. Alguien más pareció dispuesto a pujar, pero una sola mirada del joven lo calló.—Si nadie ofrece más… ¡vendida al caballero del traje azul!Susan y Yia observaron a Sol regresar sin expresión visible. Al llegar a su lado, tomó la mano de Yia con un poco más de fuerza. Yia sabía que estaba asustada igual que ella, pero la ocultaba mejor; ella, en cambio, seguía luchando por mantener la calma.—Susan.El pecho de Yia se tensó al verla avanzar. Caminó con la cabeza en alto, aunque sabía que por dentro estaba tan aterrorizada como las demás. Al descubrir su rostro, Madame dijo:—Esta linda joven de mejillas sonrosadas cumplió veinte años hace poco. La subasta comienza con veinte millones.Silencio. Luego una voz grave:—Doy veinte millones por la rubia.Era un hombre mayor, de unos sesenta a setenta años.—Veintidós —ofreció otro,







