ログイン—Todo tiene condiciones en esta vida, Yia. —Su voz sonó fría, pero la ligera sonrisa que apareció en sus labios me hizo sentir una extraña corriente recorrer todo mi cuerpo. —A cambio, quiero tu silencio y discreción sobre todo esto.
—¿Y qué pasa si llego a decir algo? —Pregunté, sin poder evitar un leve temblor en la voz.
Una chispa roja apareció fugazmente en su mirada, como si se transformara en algo mucho más peligroso. Mi instinto me advirtió que no debía cruzar una línea con él.
—Continúa leyendo y sabrás las consecuencias de romper alguna regla.
El tono de su voz me heló, y me sentí como si estuviera a punto de caer en una trampa. Haciéndome sentir una presión creciente. Sentí mis mejillas arder de vergüenza, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba, y era difícil ignorarlo.
Apreté las piernas, intentando ignorar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Bajé la mirada y volví a leer el contrato, mientras mi mente intentaba procesar todo lo que estaba sucediendo.
—¿Por qué tengo que usar pastillas todo el tiempo? —Pregunté, un poco confundida. No entendía la razón de esa restricción.
—Creo que las consecuencias de no tomarlas quedan muy claras. —Su respuesta fue tan directa que me hizo detenerme por un momento. Lo miré, sin comprender del todo y luego comprendí sintiéndome tonta y quise desviar ese tema.
—¿Por qué tengo que ir a consulta dos veces por mes con un médico que usted me asignará? —La pregunta me rondaba la mente desde que leí esa parte del contrato. No veía la necesidad de hacer consultas tan frecuentes. Me consideraba saludable, rara vez me enfermaba.
—Yia, el médico que te atenderá es un ginecólogo. —Sus palabras me hicieron abrir los ojos de par en par, y la vergüenza me invadió inmediatamente al ver la diversión que brillaba en su mirada. —Es para tener un control sobre ti y las pastillas que tomas son anticonceptivas.
—Qué considerado... —Murmuré, bajando la mirada para evitar que notara que había puesto los ojos en blanco, algo que no pude evitar.
—En una semana tendrás tu primera cita con el ginecólogo. Necesitamos saber qué tan fértil eres y cómo es tu ciclo. Y de una vez te aviso, no puedes olvidar las pastillas.
—¿Por qué? —Mi curiosidad se despertó, pero, al mismo tiempo, me sentí incómoda con todo esto.
Su mirada se oscureció, y aunque intenté leer sus ojos, no me dio tiempo. Había algo en su expresión que me heló.
—La que sufrirá las consecuencias serás tú. —La frialdad en su voz hizo que me sintiera aún más tensa. El aire en la habitación parecía volverse más pesado, como si cualquier palabra fuera peligrosa.
Decidí dejar de indagar por el momento y volví la vista al contrato, que se sentía más como una sentencia que como un acuerdo. No parecía que tuviera espacio para objetar nada. Tampoco era como si a él le importara mucho.
—Aquí dice que tengo que trabajar para usted en su empresa. —Pregunté, mirando el contrato con confusión.
—Ya que estudias, también trabajarás medio tiempo como mi asistente en mi oficina.
—¿Con qué propósito? —Mi mente no dejaba de dar vueltas. No tenía experiencia laboral y, sinceramente, dudaba mucho tener el conocimiento suficiente para trabajar en una empresa de tan alto nivel.
El hombre soltó una risita burlona antes de mirarme nuevamente, como si todo fuera un juego para él.
—Realmente no te quiero para que trabajes de verdad en mi empresa, sino para que estés conmigo cuando lo necesite. Tú, como mi sumisa, tienes que estar disponible para cuando te requiera, no importa el momento o el lugar. Pero se te pagará un sueldo como cualquier empleado.
Su mirada me hizo sentir vulnerable, y sin darme cuenta, mordí mi labio, intentando mantener el control mientras seguía leyendo.
—¿Qué significa exclusividad del dominante?
—Que solo puedes tener sexo conmigo. —Su voz sonó autoritaria, y sentí cómo el color volvía a mis mejillas. —Soy una persona muy posesiva con mis cosas.
—¿Cosas? —Reaccioné, sintiéndome como si me estuviera comparando con un objeto.
—Así es, detesto que toquen lo que es mío. Por eso está prohibido que estés con otros hombres. En tu mente y en tu cuerpo, solo debo existir yo. —Tragué grueso al escuchar ese cambio en su tono de voz. Me estaba siendo imposible procesarlo todo.
Todo el contrato me parecía absurdo, pero al final no podía objetar. No podía decir que era la estupidez más grande del mundo, porque en el fondo, sabía que no tenía ninguna opción.
Estaba a punto de terminar de leer cuando algo en uno de los puntos finales me llamó la atención.
—¿Es verdad que puedo pedir lo que quiera?
—Sí, es un bonus que puedes utilizar para lo que desees. Tómate tu tiempo para pensarlo y cuando estés lista, me dices qué es lo que quieres.
Sin pensarlo demasiado, las palabras salieron de mi boca.
—Quiero que remodele las instalaciones del Orfanato Esperanza. —Me di cuenta de que había hablado en voz alta, algo que no tenía intención de hacer. —Ese orfanato es importante para mí... —Susurré, bajando la cabeza, sintiéndome vulnerable al confesarlo.
—Muy bien, así será. —Su tono fue firme, y algo en su respuesta me hizo sentir que había sido escuchada. —¿Algo más que quieras preguntar sobre el contrato?
—No entiendo lo de "La sumisa deberá permanecer junto a su amo por 6 meses". ¿Qué quiere decir eso?
—Significa que ese será el tiempo en el que serás mía. Después de eso, serás libre y podrás volver a tu vida como si nunca nos hubiéramos cruzado. Además, te entregaré una suma de dinero con la cual podrás hacer lo que quieras. —dijo, recargándose en el respaldo de su asiento, con una calma que me descolocó.
—¿De verdad? ¿Seré libre después de seis meses? Pero Madame de la Crow me dijo que...
—No importa lo que ella te haya dicho. Desde el momento en que pagué, tú te volviste completamente mía y yo decido qué hacer contigo. —sus palabras fueron tan afiladas que sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo, y no pude hacer más que bajar la cabeza y asentir en silencio.
Me quedé pensativa por un momento, pero algo en mí no podía evitar seguir cuestionando todo esto.—Tengo una duda, pero no es sobre el contrato. Me gustaría saber por qué me ofrece tantas cosas y dinero. No lo entiendo.Él hizo un gesto con las manos, trono los dedos, y luego me miró de nuevo con esa intensidad que me mantenía paralizada.—Porque... —desvió la mirada brevemente antes de volver a centrarla en mí. —Te voy a arruinar la vida, te la voy a destruir tanto en estos seis meses... Vivirás en un infierno, te lastimaré solo para obtener mi propia satisfacción. Simplemente por eso lo hago.Su tono de voz no mostró piedad, pero algo en mí no pudo apartar la mirada de él. Aunque sus palabras debían hacerme huir, seguí sentada ahí, frente a él, mirando su rostro con una mezcla de miedo y algo más.—Entonces... eso es todo... mi señor. —dije en voz baja, colocando el contrato sobre el escritorio.—Bien, entonces fírmalo. —me dijo, extendiéndome una pluma.Mis manos temblaban ligerame
—Todo tiene condiciones en esta vida, Yia. —Su voz sonó fría, pero la ligera sonrisa que apareció en sus labios me hizo sentir una extraña corriente recorrer todo mi cuerpo. —A cambio, quiero tu silencio y discreción sobre todo esto.—¿Y qué pasa si llego a decir algo? —Pregunté, sin poder evitar un leve temblor en la voz.Una chispa roja apareció fugazmente en su mirada, como si se transformara en algo mucho más peligroso. Mi instinto me advirtió que no debía cruzar una línea con él.—Continúa leyendo y sabrás las consecuencias de romper alguna regla.El tono de su voz me heló, y me sentí como si estuviera a punto de caer en una trampa. Haciéndome sentir una presión creciente. Sentí mis mejillas arder de vergüenza, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba, y era difícil ignorarlo.Apreté las piernas, intentando ignorar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Bajé la mirada y volví a leer el contrato, mientras mi mente intentaba procesar todo lo que estaba sucediendo.—¿Por qué t
Cuando mi dominante se percató de que había terminado de leer, me miró durante unos segundos antes de detener el auto.—¿Ya lo leyó todo? —Me preguntó, mientras bajaba del auto y abría la puerta para que saliera.Recordé las reglas que había leído en el folder: la sumisa siempre debe dirigirse a su dominante con respeto, usando "mi señor" o "amo", a menos que él me permitiera llamarlo por su nombre. Al pensar en eso, me sentí incómoda, pero respondí de la manera que se esperaba.—Sí... Amo... —La vergüenza me invadió al llamarlo de esa forma.Cuando levanté la vista, me encontré con su rostro serio. No entendía, ya que en el documento decía que debía dirigirme a él así.—Esas normas no cuentan conmigo, solo con el señor Teylor. A mí me puede llamar Oliver.Ahora fui yo quien lo miró confundida. ¿Cómo que solo cuentan con el señor Teylor? ¿Acaso no era él quien me había comprado?—Disculpe, Oliver... ¿No fue usted quien me compró en la subasta?Por primera vez lo vi sonreír. Su sonrisa
Me envolvió en un abrazo repentino, casi desesperado, como si quisiera grabar este momento en su memoria. Antes de separarse, disimuladamente limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.El hombre me dedicó una sonrisa amable antes de tomar a Sol del brazo y conducirla hacia la salida. Los vi perderse entre la multitud, y mi pecho se llenó de una mezcla de tristeza y soledad. Ahora estaba sola.Los pensamientos comenzaron a inundar mi mente. ¿Estarán bien? ¿Cómo serán sus vidas ahora? ¿Y la mía? ¿Quién será mi comprador? ¿Por qué siento esta inquietud creciendo dentro de mí?Tan absorta estaba en mis cavilaciones que no noté que alguien se había acercado hasta quedar parado junto a mí. Al alzar la mirada, lo vi: era un hombre alto, de piel clara, aunque ligeramente bronceada, con un semblante serio y una expresión que imponía respeto. Debía tener unos treinta años, tal vez menos, pero su presencia era intimidante.—Yia.Mi nombre salió de sus labios con una autoridad que me hizo estr
—¿Cómo sabes que es caliente?—Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza.—¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente.—Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna.Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo.—El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan.Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento.—Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus l
—Veinticinco millones —declaró con firmeza.El auditorio quedó en shock; incluso Madame no pudo ocultar su sorpresa, aunque recuperó la compostura de inmediato. Alguien más pareció dispuesto a pujar, pero una sola mirada del joven lo calló.—Si nadie ofrece más… ¡vendida al caballero del traje azul!Susan y Yia observaron a Sol regresar sin expresión visible. Al llegar a su lado, tomó la mano de Yia con un poco más de fuerza. Yia sabía que estaba asustada igual que ella, pero la ocultaba mejor; ella, en cambio, seguía luchando por mantener la calma.—Susan.El pecho de Yia se tensó al verla avanzar. Caminó con la cabeza en alto, aunque sabía que por dentro estaba tan aterrorizada como las demás. Al descubrir su rostro, Madame dijo:—Esta linda joven de mejillas sonrosadas cumplió veinte años hace poco. La subasta comienza con veinte millones.Silencio. Luego una voz grave:—Doy veinte millones por la rubia.Era un hombre mayor, de unos sesenta a setenta años.—Veintidós —ofreció otro,







