ログイン—Veinticinco millones —declaró con firmeza.
El auditorio quedó en shock; incluso Madame no pudo ocultar su sorpresa, aunque recuperó la compostura de inmediato. Alguien más pareció dispuesto a pujar, pero una sola mirada del joven lo calló.
—Si nadie ofrece más… ¡vendida al caballero del traje azul!
Susan y Yia observaron a Sol regresar sin expresión visible. Al llegar a su lado, tomó la mano de Yia con un poco más de fuerza. Yia sabía que estaba asustada igual que ella, pero la ocultaba mejor; ella, en cambio, seguía luchando por mantener la calma.
—Susan.
El pecho de Yia se tensó al verla avanzar. Caminó con la cabeza en alto, aunque sabía que por dentro estaba tan aterrorizada como las demás. Al descubrir su rostro, Madame dijo:
—Esta linda joven de mejillas sonrosadas cumplió veinte años hace poco. La subasta comienza con veinte millones.
Silencio. Luego una voz grave:
—Doy veinte millones por la rubia.
Era un hombre mayor, de unos sesenta a setenta años.
—Veintidós —ofreció otro, más joven, de unos cuarenta y cinco.
—Veinticinco —repitió el primero, sin inmutarse.
—Veintiséis.
—Veintiocho —cerró el mayor, dejando fuera al otro.
—Perfecto. ¡Vendida al caballero de la tercera fila!
Susan regresó bajando la cabeza, mordiéndose el labio con fuerza para no llorar. Yia la conoció lo suficiente para saber que estaba al borde del colapso. Le tomó la mano y la apretó; Susan le devolvió una sonrisa débil, aunque sus ojos revelaban lo afectada que estaba.
La subasta continuó y cada vez le costaba más mirar. Algunas parecían resignadas, otras aceptaban su suerte, pero ninguna tenía voz ni voto. Las que no eran elegidas sabían lo que les esperaba, y eso era peor. Yia sintió un nudo en el estómago por todas ellas; nadie merecía ser tratada como un objeto. Pensó en las familias que las esperaban y quizá nunca sabrían qué fue de ellas. Todo lo que ella había logrado con esfuerzo le había sido arrebatado injustamente, y ahora su destino se decidía allí.
Entonces llegó su turno.
—Yia.
Se quedó inmóvil, sin poder responder. Quería creer que era una pesadilla de la que despertaría, pero sabía que era real.
—Yia —repitió Madame con tono más serio.
No reaccionó hasta que Sol y Susan apretaron sus manos. Dio un paso al frente, temblando, con las manos sudorosas. No sabía qué sería peor: quedarse allí o ser comprada por un desconocido. Al llegar junto a Madame, respiró hondo y se quitó la máscara lentamente.
—Nuestra última oferta —dijo ella—. La más joven, diecinueve años. Pueden imaginarse lo que les ofrezco. Salida: cincuenta millones.
—Cincuenta —dijo un hombre mayor, de unos setenta y cinco años. Al mirarlo, Yia sintió náuseas.
—Cincuenta y tres —ofreció un joven con acento francés. Le sonrió; ella bajó la mirada.
—Cincuenta y cinco —intervino un tercero, de unos veinticinco o treinta años.
—Sesenta. Yo la quiero —dijo el francés.
—Sesenta y tres —el mayor, cuya mirada la hacía estremecer de asco.
—Sesenta y cinco —el tercer hombre no retrocedía.
Yia no podía comprender las cifras. Todo ese dinero por ella… pensó en cuánto bien haría en lugares como el orfanato donde creció.
—No pienso dejarla ir. Sesenta y siete millones —insistió el mayor.
Un miedo helado la recorrió. No quería irse con él. No podía.
—70 millones.
Miré al francés y vi que me dedicaba esa sonrisa gentil que me hizo sentir el calor subir a mis mejillas. Por un momento pensé que finalmente sería vendida a él. Y, aunque la idea me asustaba, debía admitir que no me desagradaba del todo. Parecía un buen hombre, y su sonrisa tenía algo que me transmitía tranquilidad.
Pero entonces, alguien más gritó:
—100 millones.
Mis ojos se abrieron de par en par por la sorpresa, al igual que los de todos los presentes. Las miradas se dirigieron hacia la última fila del auditorio, donde un hombre permanecía de pie. Era el mismo hombre que me miró antes, y por el cual sentí algo extraño en mi interior a pesar de que no podía ver su rostro por la máscara que cubría su cara.
—Vaya... —Madame de la Crow estaba tan sorprendida como todos nosotros, aunque su rostro mostraba una sonrisa triunfal—. Parece que tenemos un ganador.
Miré a Susan y a Sol, pero ellas estaban igual de asombradas. No era para menos; la cantidad era simplemente absurda.
—Entonces, ya que nadie ofrece más... ¡Vendida al hombre misterioso de la última fila!
Tras esas palabras, aquel hombre se acomodó el traje con calma y salió del auditorio, dejándonos en completo asombro. Especialmente a mí, que seguía paralizada por lo que acababa de suceder.
Cuando la subasta terminó, todas regresamos a los vestuarios para cambiarnos. Finalmente me quité aquella ropa incómoda y me di una ducha. Mientras el agua recorría mi cuerpo, mi mente no dejaba de girar alrededor de ese hombre misterioso.
¿Por qué ofreció tanto dinero?
¿Por qué me eligió a mí?
¿Qué fue lo que vio en mí?
Las preguntas se agolpaban en mi cabeza, y ninguna tenía respuesta. Pero lo que más me inquietaba era el miedo. ¿Quería realmente conocer esas respuestas?
Salí de la ducha y me sequé rápidamente antes de vestirme. Me puse unos pantalones negros ajustados, un top amarillo y unos tenis cómodos. Cuando estuve lista, salí del baño y me encontré con Susan y Sol.
Susan llevaba unos jeans ajustados y algo rasgados, una blusa blanca de botones y zapatos negros. En cambio, Sol vestía unos jeans negros ajustados con una blusa y zapatos del mismo color. Ambas se veían igual de pensativas.
Estaba a punto de decir algo cuando Madame de la Crow entró al vestuario con una gran sonrisa en el rostro.
—Estoy feliz. Sabía que hoy sería una buena caza. —Aplaudió con entusiasmo mientras nos entregaba un sobre a cada una de las que habíamos sido vendidas—. Léanlo. Ahí encontrarán información sobre sus compradores. Luego salgan, hay una camioneta esperándolas. No se demoren.
Y sin más, salió de la habitación.
Tomé el sobre que tenía entre las manos, suspiré y lo abrí. Dentro había un papel que decía:
Comprador: Anónimo.
Edad: Anónima.
Ubicación: Londres.
Punto de encuentro: Aeropuerto.
Me sentí frustrada. El papel no me daba ninguna información útil sobre mi comprador. ¿Cuál era el punto de tanto misterio?
Levanté la vista y vi a Susan y Sol acercándose con sus sobres en mano.
—¿Qué dice el tuyo, Yia? —preguntó Susan con curiosidad.
Le mostré mi papel, y ella me miró, alzando una ceja y esbozando una sonrisa.
—Vaya... Parece que tu comprador caliente y misterioso quiere mantenerse en el anonimato —dijo con un deje de burla, dejando escapar una leve risa.
Me crucé de brazos.
Me quedé pensativa por un momento, pero algo en mí no podía evitar seguir cuestionando todo esto.—Tengo una duda, pero no es sobre el contrato. Me gustaría saber por qué me ofrece tantas cosas y dinero. No lo entiendo.Él hizo un gesto con las manos, trono los dedos, y luego me miró de nuevo con esa intensidad que me mantenía paralizada.—Porque... —desvió la mirada brevemente antes de volver a centrarla en mí. —Te voy a arruinar la vida, te la voy a destruir tanto en estos seis meses... Vivirás en un infierno, te lastimaré solo para obtener mi propia satisfacción. Simplemente por eso lo hago.Su tono de voz no mostró piedad, pero algo en mí no pudo apartar la mirada de él. Aunque sus palabras debían hacerme huir, seguí sentada ahí, frente a él, mirando su rostro con una mezcla de miedo y algo más.—Entonces... eso es todo... mi señor. —dije en voz baja, colocando el contrato sobre el escritorio.—Bien, entonces fírmalo. —me dijo, extendiéndome una pluma.Mis manos temblaban ligerame
—Todo tiene condiciones en esta vida, Yia. —Su voz sonó fría, pero la ligera sonrisa que apareció en sus labios me hizo sentir una extraña corriente recorrer todo mi cuerpo. —A cambio, quiero tu silencio y discreción sobre todo esto.—¿Y qué pasa si llego a decir algo? —Pregunté, sin poder evitar un leve temblor en la voz.Una chispa roja apareció fugazmente en su mirada, como si se transformara en algo mucho más peligroso. Mi instinto me advirtió que no debía cruzar una línea con él.—Continúa leyendo y sabrás las consecuencias de romper alguna regla.El tono de su voz me heló, y me sentí como si estuviera a punto de caer en una trampa. Haciéndome sentir una presión creciente. Sentí mis mejillas arder de vergüenza, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba, y era difícil ignorarlo.Apreté las piernas, intentando ignorar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Bajé la mirada y volví a leer el contrato, mientras mi mente intentaba procesar todo lo que estaba sucediendo.—¿Por qué t
Cuando mi dominante se percató de que había terminado de leer, me miró durante unos segundos antes de detener el auto.—¿Ya lo leyó todo? —Me preguntó, mientras bajaba del auto y abría la puerta para que saliera.Recordé las reglas que había leído en el folder: la sumisa siempre debe dirigirse a su dominante con respeto, usando "mi señor" o "amo", a menos que él me permitiera llamarlo por su nombre. Al pensar en eso, me sentí incómoda, pero respondí de la manera que se esperaba.—Sí... Amo... —La vergüenza me invadió al llamarlo de esa forma.Cuando levanté la vista, me encontré con su rostro serio. No entendía, ya que en el documento decía que debía dirigirme a él así.—Esas normas no cuentan conmigo, solo con el señor Teylor. A mí me puede llamar Oliver.Ahora fui yo quien lo miró confundida. ¿Cómo que solo cuentan con el señor Teylor? ¿Acaso no era él quien me había comprado?—Disculpe, Oliver... ¿No fue usted quien me compró en la subasta?Por primera vez lo vi sonreír. Su sonrisa
Me envolvió en un abrazo repentino, casi desesperado, como si quisiera grabar este momento en su memoria. Antes de separarse, disimuladamente limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.El hombre me dedicó una sonrisa amable antes de tomar a Sol del brazo y conducirla hacia la salida. Los vi perderse entre la multitud, y mi pecho se llenó de una mezcla de tristeza y soledad. Ahora estaba sola.Los pensamientos comenzaron a inundar mi mente. ¿Estarán bien? ¿Cómo serán sus vidas ahora? ¿Y la mía? ¿Quién será mi comprador? ¿Por qué siento esta inquietud creciendo dentro de mí?Tan absorta estaba en mis cavilaciones que no noté que alguien se había acercado hasta quedar parado junto a mí. Al alzar la mirada, lo vi: era un hombre alto, de piel clara, aunque ligeramente bronceada, con un semblante serio y una expresión que imponía respeto. Debía tener unos treinta años, tal vez menos, pero su presencia era intimidante.—Yia.Mi nombre salió de sus labios con una autoridad que me hizo estr
—¿Cómo sabes que es caliente?—Intuición —respondió encogiéndose de hombros. Negué con la cabeza.—¿Qué dice el tuyo, Sol? —la interrogué, y ella levantó la vista lentamente.—Bruno Vasco, 26 años, España. Punto de encuentro: aeropuerto —contestó sin mostrar emoción alguna.Desde que ese hombre la había comprado, Sol había estado actuando de forma extraña. En el tiempo que llevaba con ella, había aprendido que cuando se comportaba así era porque estaba ocultando o evitando algo.—El mío dice: Marco Campbell, 59 años, Escocia. Punto de encuentro: aeropuerto —suspiré con pesadez. Realmente me sentía mal por Susan.Me acerqué a ella y la abracé. No tardó en corresponderme, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello y hombro. Me apretó con tanta fuerza que llegó a doler, pero no quise decirle nada. No podía. Se veía tan vulnerable en ese momento.—Muy bien, ¿ya están todas listas? —la voz de Madame de la Crow resonó en la sala, obligándonos a separarnos. Susan se apresuró a secar sus l
—Veinticinco millones —declaró con firmeza.El auditorio quedó en shock; incluso Madame no pudo ocultar su sorpresa, aunque recuperó la compostura de inmediato. Alguien más pareció dispuesto a pujar, pero una sola mirada del joven lo calló.—Si nadie ofrece más… ¡vendida al caballero del traje azul!Susan y Yia observaron a Sol regresar sin expresión visible. Al llegar a su lado, tomó la mano de Yia con un poco más de fuerza. Yia sabía que estaba asustada igual que ella, pero la ocultaba mejor; ella, en cambio, seguía luchando por mantener la calma.—Susan.El pecho de Yia se tensó al verla avanzar. Caminó con la cabeza en alto, aunque sabía que por dentro estaba tan aterrorizada como las demás. Al descubrir su rostro, Madame dijo:—Esta linda joven de mejillas sonrosadas cumplió veinte años hace poco. La subasta comienza con veinte millones.Silencio. Luego una voz grave:—Doy veinte millones por la rubia.Era un hombre mayor, de unos sesenta a setenta años.—Veintidós —ofreció otro,







