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13. El señor Daleman.

Author: Nocturnal
last update publish date: 2022-02-28 11:19:57

 Varios años atrás me presentaron al señor Daleman por primera vez de una forma bastante parecida, pretendía comprar la mitad de las casas cercanas para crear lo que algún día sería un centro turístico completo, con hoteles, centros comerciales y demás. En ese momento no me llamaba Rachel Guerra y aun creía en la bondad de las personas. Nunca me agradó, pero tampoco sospeché que llegaría a tanto…

-Señorita Guerra, qué inusual apellido. Se me hace conocida, ¿de casualidad trabajó como acompañante hace dos años? Siento que la conozco, pero no logro decir de dónde. -respondió el empresario, sus inexpresivos ojos, semejantes de los de un peligroso depredador, fijos en mí. - Caray, por lo general no tengo problemas para recordar a las personas, ¿sabe?

-Me han dicho que mi rostro es bastante común, señor Daleman. -respondí manteniendo mi tono tan cordial como me era posible. - Además he trabajado en muchos lugares, aunque nunca como acompañante, se lo aseguro.

-Papá, por favor. -Christian suplicó, el pobre lucía muy avergonzado.

-Vamos, deja el “Papá por favor”, eres un hombre adulto, hijo. Y ella no se ha quejado.

-No me atrevería, señor Daleman. -Aporté, le sorprendió que volviera a dirigirle la palabra. Probablemente la mayoría de las personas se sentían demasiado intimidadas en su presencia. - ¿Debería retirarme?

Ambos contestaron si y no al mismo tiempo. Si uno los miraba con detenimiento eran muy parecidos; el cabello idéntico, la misma forma de portar un traje como si fuera el único con derecho a lucir bien en el mundo, la complexión delgada e incluso la forma de los labios. Pero donde los ojos claros de Christian estaban llenos de vitalidad los de su padre lucían vacíos.  Además, el hijo carecía de esa aura que gritaba peligro inminente, con él nunca me había sentido tan insegura.

Requirió cada onza de mi autocontrol no lanzarle el café a la cara, aunque si debo ser honesta lo imagine con bastante realismo. En vez de eso le entregué su café a Christian antes de regresar a mi escritorio con mi mejor expresión resignación. Preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo, incluido pero no limitado a un volcán en erupción o el metro durante la hora pico.

-No me dijiste que es bonita.

-Papá, ella está aquí y puede oírte.

-Es un halago, ¿Ahora no puedo hacerle un cumplido? ¿Qué tiene de malo decirle bonita? Habría problema si dijera, por ejemplo, que con esas piernas no la dejaría moverse de mi cama ni aunque me rogara. -Todo el tiempo mantuve la mirada fija en los folders, tan sólo escucharlo era humillante…- O si dijera quizás que tienes suerte de que no me guste competir por las damas…

-Tiene mi edad y trabaja para tu compañía, muestra un poco de respeto.

-También trabaja para ti, ¿hace trabajitos extra?

-Suficiente, vámonos padre, hablaremos en otro lugar.

Tras una leve resistencia ambos Daleman se fueron y por fin pude respirar en paz. Nunca me acostumbraría a sentirme así, tan débil e indefensa. “Pero lo haré pagar por todo” pensé, haría que se arrepintiera de cada mala acción, sin importar lo pequeña que fuera. Unos minutos después entró la recepcionista, Aurora con una nota de Christian.

-Me pidió que te la diera cuando su padre se fuera. -dijo ella, rara vez hablábamos afuera de los cordiales saludos o rápidas despedidas. -Tenemos suerte, ¿no lo crees?

- ¿Por qué?

-Por trabajar para Christian y no para su padre. La chismosa de contabilidad escuchó lo que pasó hace un rato y si necesitas hablar con alguien o si en algún momento necesitas ayuda… estaré en la recepción.

-No me conoces, ¿por qué me ofreces apoyo?

-Porque muchas hemos estado ahí, aunque no todas teníamos al señor Christian para ayudarnos. Nos reunimos en el bar más cercano cuando viene el señor Daleman, será a las ocho si te interesa.

-Bien, quizás pase un rato.

-Excelente, ahí te veré.

Apenas terminó de hablar me dejó un folleto de un bar-restaurante y se fue. El lugar estaba muy cerca, demasiado, nunca lo había visto a pesar de ser quien investigó el área. Quizás iría, llevaba años evitando formar amistades y demás lazos que me hicieran más cercana a las personas. La mía era una existencia solitaria, sin muchas oportunidades para bajar la guardia por muchos que lo necesitara. No podía confiar en nadie y a la vez, sabía que yo no era digna de confianza. Era incapaz de dejarme ir por una noche porque decir la cosa equivocada en un instante de estupidez podría tener consecuencias catastróficas.

Sus palabras, por muy amables que fueran me recordaron lo sola que estaba. Mi amiga más cercana era una periodista que prefería mantener contacto ocasional por mensajes y la persona con quien más tiempo había pasado era mi jefe, quien ni siquiera sabía mi verdadero nombre.  

Miré la nota, tenía sólo una palabra escrita con evidente prisa “Perdón”.

No lo vi durante el resto del día, comenzaba a preguntarme si algo le había pasado cuando me lo encontré afuera del edificio.

-No creí que… fueras a quedarte. -dijo, la mirada fija en sus costosos zapatos de piel. -Mi padre suele tener ese efecto en las personas.

-Bueno, fue incómodo, pero no es su culpa, señor. Uno no puede hacerse responsable de todo.

-Desde niño estoy acostumbrado a disculparme por sus acciones, ante mis amigos y demás personas. Intenté mantenerte lejos de él, pero claro, hoy tenía que ser el único día que la cafetería no tuvo tantos clientes.

Entonces fue por eso, para evitarme el momento incómodo… Yo pensé mil cosas malas sobre él sin darle el beneficio de la duda.

-Agradezco la intención, en serio. Pero no soy una niña, no tiene que protegerme y definitivamente no debería sentirse mal por las acciones de otra persona. -dije, sin necesidad de hablar empezamos a caminar hacia el estacionamiento, donde de seguro lo esperaba su chofer. - Soy fuerte, puedo soportarlo.

-Que puedas soportar algo no quiere decir que debas hacerlo.

Sus palabras llenaron mis ojos de lágrimas, había pasado por muchas cosas, sobreviviendo apenas al dolor de perder a dos personas a quienes valoraba por encima de todo… Todos en mi familia actuaron como si esperaran que me levantara al día siguiente del funeral lista para seguir adelante. Aprendí que para el mundo las lágrimas son debilidad y que en realidad nadie se queda cuando las cosas empeoran. Christian parecía entender mi dolor sin conocerlo, sin imaginarlo.

-Yo… debería irme, señor.

- ¿No quieres que te lleve? Ya es un poco tarde.

-No se preocupe yo…-pausé intentando inventar una excusa. -Iba a salir con otras mujeres que trabajan en la compañía, me gustaría conocerlas porque la mayor parte del tiempo que he trabajado aquí ha sido o en viajes o en medio de una investigación de homicidio.

-Te entiendo, pásala bien y si quieres puedes llegar un poco tarde mañana. -ofreció, aunque había una especie de tristeza en sus ojos. -Te veré mañana, Rachel.

-Hasta mañana, señor.

Christian se fue, sus pasos tan seguros como siempre, luciendo sus largas piernas al caminar. Cada vez encontraba más difícil controlar a mi estúpido corazón. Yo fui al bar, a primera vista podría parecer un bar común y corriente, pero en el piso superior había algunos salones privados que se podían rentar para un grupo de personas. Las trabajadoras de empresas Daleman habían cooperado para rentar uno pues no querían arriesgarse a que alguien las escuchara hablando de uno de los empresarios más conocidos. Temían las repercusiones si alguien llegaba a enterarse por ellas de lo que realmente pasaba en la empresa cuando el gran jefe visitaba, o como decía la secretaria Díaz “una como sea, pero si pierdo este trabajo mis hijos son los que sufren”. Subí a su apartado, un cuartito acomodado de forma que parecía una sala de estar con sillones y mesitas. Ahí ya estaba la secretaria Díaz, a quien sólo conocía por verla en el pasillo un par de veces, Aurora, la chismosa de contabilidad, Tere y otras cuatro trabajadoras.

-Bienvenida Rachel, no estaba segura de que fueras a venir, pero te apartamos un lugar. -me saludó Angélica con una sonrisa honesta en su rostro apiñonado. Señalaba un lugar libre en el sillón donde ella y Díaz estaban sentadas. – No te preocupes, cualquier cosa que digas se queda aquí y si no quieres decir nada también está bien.

-De acuerdo, yo… no acabo de entender por qué estamos aquí. -murmuré.

-Para desestresarnos tras una visita del señor Daleman, ¿sabes lo horrible que es siquiera hablar con él? Es como si fuera incapaz de decir algo no tan desagradable. -dijo Tere, alternando hablar con darle pequeños sorbos a su copa de vino, que más bien parecía una pecera pequeña. -Yo lo vi llegar desde la ventana y me fui al cuartito de almacén, no es mi culpa que se me acaben las hojas siempre que lo veo…

-Tu tienes suerte, yo no puedo dejar mi puesto, ¿recuerdas? -replicó Aurora. - Yo sólo quiero irme a dar un baño con agua caliente y no pensar en el señor Daleman.

- ¿No les pareció que lucía preocupado? -intervino una de las otras mujeres ahí presentes, una joven de unos veinticinco años con unos distintivos lentes de fondo de botella.

-Algo, ha estado muy ausente en la compañía este año, aunque el señor Christian nunca comentó por qué…

En ese punto todas me voltearon a ver como si esperaran una respuesta, me encogí de hombros, aparte de la evidente paranoia del señor Daleman en realidad no había hablado sobre el tema con Christian. Unos minutos después cambiamos de tema, ellas hablaron sobre sus familias, novios y pasatiempos mientras yo le daba pequeños tragos a mi margarita.

Quizás más adelante, cuando me ganara su confianza podría enterarme de más detalles, todas parecían sentir cierto nivel de miedo y desagrado por el señor Daleman.

La reunión terminó pasada la medianoche, cuando Tere salió dando trompicones a la calle para conseguir un taxi y las demás la seguimos, riendo un poco por su falta de coordinación tras cuatro copas de vino. Era una sensación rara, no había salido en grupo desde la universidad…

         - ¿Tienes cómo llegar a casa, Rachel? -preguntó Aurora.

         -Puedo llegar caminando, no es tan lejos…

         -¿Estas segura?

         -Si, no se preocupen, es menos de media hora.

         No había caminado ni dos cuadras cuando noté el coche de Christian estacionado a un par de metros. Apenas me vio él salió del vehículo, acomodándose el saco del traje con una sonrisa digna de comercial de pasta dental.

         - ¿Me estaba esperando, señor?

         -Bueno, ya que se supone que somos novios pensé llevarte a tu casa. No es seguro estar en la calle a estas horas…-respondió.

         - ¿Y si no quiero que vaya a mi casa?

         -Entonces te ofreceré un café y llevarte a donde tu decidas.

         - ¿Sabe dónde conseguir una taza de café a esta hora?

         -Por supuesto, ¿vamos?

         En contra de cualquier explicación posible dije que sí.

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