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20. Nada es tan sencillo

Author: Nocturnal
last update publish date: 2022-04-11 10:34:22

La felicidad nunca es duradera, a veces está acompañada por un sinfín de complicaciones. No pensaba en eso aquella mañana, cuando desperté en los brazos de Christian Daleman sintiéndome libre de tensión y preocupaciones. Mi lado él seguía dormido, sus ojos cerrados y rostro completamente relajado. Nunca había notado lo tenso que siempre lucía hasta ahora, cuando lo veía tan libre de todas las obligaciones y preocupaciones que inundaban su día a día. Despacio se acomodó, colocando su cabeza junto a la mía, nuestros cabellos rozándose sobre la almohada.

- ¿Qué horas son? -preguntó sin abrir los ojos, su voz pesada por el sueño.

-Hm, nueve de la mañana. -dije sin procesar bien la hora, dos segundos después los dos nos levantamos rápido. -Rayos, ¿no tenía una reunión a las ocho?

-Urgh, nos quedamos dormidos, necesitaremos una buena excusa. -se quejó él, apresurándose al baño.

Yo comencé a recoger mi ropa, esparcida por medio cuarto a pesar de que la noche anterior casi no nos movimos de la cama. Comencé a vestirme, afortunadamente no era la misma ropa que llevé a la oficina así que nadie lo notaría, aunque lo mismo no podía decirse de Christian, quien salió del baño usando un pants gris y una playera con el logo de la empresa. Lucía informal, imposible que fuera así a la oficina, mucho menos a una reunión importante.

-Tenemos que comprar un traje de camino. -dijo él, acomodándose el cabello con los dedos.

-Si quieres adelántate a la empresa, yo llego en seguida con el traje y así no perdemos el tiempo. -respondí, iba a sugerir pasar por la cafetería de camino, pero ambos celulares comenzaron a sonar al mismo tiempo.

Contesté el mío, Christian salió al balcón para hacer lo mismo.

-Guerra. -dije a manera de saludo.

- ¿Rachel? ¿Dónde estuviste anoche? ¡Te estuve buscando! -dijo Lucía, sin terminar la llamada comprobé que tenía muchos mensajes sin leer. - ¿Estás bien? ¿Te descubrieron?

-Estoy bien, tuve… una emergencia de trabajo y no regresé a casa.

- ¿Puedes hablar?

-No. Estoy cerca de mi jefe.

-Bien, seré breve, desde ayer estoy vigilando uno de los terrenos de Daleman, tienes que venir de inmediato, necesito ayuda y sé que querrás hacer algo al respecto.

-Bien, en cuanto pueda iré, ¿de acuerdo?

-Al rato te mando la dirección. No puede pasar de hoy, es urgente.

-Ahí estaré, lo prometo.

Lucía colgó sin despedirse. Me preguntaba qué había descubierto cuando Christian regresó.

- ¿Quién era? -preguntó guardando su teléfono.

-Una vecina, se preocupó cuando me vio salir anoche. -dije, no era una buena mentira, pero al menos era creíble.

-A mí me habló Dalia, al parecer me está esperando en la oficina. No sé qué pretende conseguir, pero mi corazón ya tiene dueña, espero que entienda que no se puede forzar el amor.

Sonreí, tenía una forma de hablar que conseguía hacerme sonrojar y olvidar todas las razones por las cuales lo nuestro era una pésima idea. Salimos de la habitación, él llamó a su chofer y yo detuve a un taxi, lo único bueno de habernos levantado tan tarde era que el tráfico ya había aminorado un poco y llegué en pocos minutos a la tienda. Conseguir un traje para Christian fue sencillo, el problema fue dejar de imaginármelo con esos costosos diseños que mostraban en los aparadores, ¿cómo se vería con una camisa vino o roja? ¿se vería bien con un traje gris oscuro? Al final compré un traje negro, nunca se falla con un traje negro, y un par de camisas blancas.

Afuera de la compañía esperaba el chofer de Dalia, su rostro imposible de leer y su mirada perdida en la ancha calle. Lo saludé y apenas me devolvió el saludo cuando ve en la entrada a Dalia. Esta vez llevaba un traje rosa chillón, con zapatos de tacón negros. Llevaba el largo cabello recogido en una media cola y en su cuello resaltaba una gargantilla decorada con una costosa y brillante piedra blanca.

-Oh, secretaria Guerra, ¿trae las cosas de Christian? -asentí, sin darme tiempo para responder me arrebató la bolsa antes de decir con tono condescendiente. -bueno, será mejor que yo le lleve esto, después de todo, vamos a comprometernos, ¿lo sabe?

-Adelante, señorita Dalia. -dije tragándome mi enojo.

Ella se apresuró a entrar, miré atrás, el chofer ya no estaba ahí. Dalia parecía aún más determinada a casarse con Christian, si es que eso era posible. Desde su última reunión las cosas habían cambiado para mí, ahora ver su entusiasmo me llenaba de celos. Terribles, horribles celos. La seguí a un metro de distancia, ella casi corrió al baño más cercano y tocó a la puerta.

- ¿Rachel? -preguntó Christian, de seguro se quiso esconder ahí para evitar ser visto con ropa inadecuada en su lugar de trabajo.

-No, tontito, soy yo Dalia. Traigo tus cosas.

Christian abrió un poco la puerta, apenas lo suficiente para meter la bolsa.

-Secretaria Guerra, ¿acaso no tiene trabajo que hacer? -la voz de Dalia cambio de su anterior tono dulzón a uno oscuro y amenazante.

-Necesito recibir unas instrucciones del señor Daleman, señorita Dalia. ¿No querrá que su presencia provoque problemas para la compañía, o sí? -si seguía con esa actitud me hartaría de ella en cuestión de minutos.- Solo le haré un par de preguntas cuando él termine de cambiarse y me iré.

-Por cierto, ¿sabe por qué vino vestido así a la oficina?

-No es de su incumbencia, pero el señor Daleman debió atender una emergencia anoche y no pudo regresar a casa.

- ¿Qué clase de emergencia?

-Eso deberá preguntárselo a él, señorita Dalia. -respondí, en ese mismo instante salió Christian, el traje que compré le sentaba de maravilla, como un guante a la medida. -Señor Daleman, ¿me permite un minuto?

-Por supuesto, Rachel.

-Caminamos al otro lado del pasillo, dejando a la otra mujer ahí, mirándonos indignada, de seguro estaba acostumbrada a ser a prioridad de todos los que la conocían.

- ¿Debería agendar la cita con el detective Olmos?-pregunté.

-Si, pídele que nos reunamos a tomar un café en la tarde, así tendré tiempo para aclarar las cosas con Dalia.

-Excelente, ¿también debería posponer sus reuniones?

-Sería prudente, hazlo y reagenda las más urgentes para mañana. -suspiró. -No sé qué haría sin ti. ¿Te veo después del trabajo?

-Lo lamento, no puedo… yo tengo que ayudar a una amiga, quizás otro día. -me disculpé, ¿creería que me había arrepentido?

No pudimos terminar la conversación porque Dalia se fastidio de esperar esos escasos minutos y decidió unirse, tomando su brazo por el codo y recargando su cabeza contra su hombro. Christian solo lucía incómodo e intentó separarse sin mucho éxito. “Qué desesperada” pensé, al darme la vuelta y entrar a la oficina que compartíamos. Tal y como esperaba, Christian no entró inmediatamente, aproveché para confirmarle a Lucía que iría esa tarde. Después descolgué le teléfono de mi escritorio y marqué el número del detective Olmos.

-Olmos.-dijo al responder.

-Detective, le habla la secretaria Guerra, el señor Christian quiere verlo esta tarde para aclarar lo sucedido anoche, ¿a qué hora estará disponible?

-Dioses, cuando él quiera, de vedad estoy muy apenado, nunca quise que…

-Quizás debería decirle eso al señor Christian, detective. A final de cuentas, él fue la persona afectada por sus acciones.

-Señorita Guerra, ¿me quiere decir que usted no está molesta conmigo?

-Por supuesto que sí. -respondí, seguía enojada ante su falta de profesionalismo y la manera en que tanto él como la detective Islas se habían ensañado con Christian sin tener una pizca de evidencia en su contra. -Si el señor Cruzz hubiera terminado lo que fue a hacer, nuestras muertes serían su culpa, pero el señor Christian está dispuesto a perdonarlo y yo no quiero causarle más problemas.

-Osea que usted no piensa perdonarme.

-Precisamente, pero no se preocupe, no haré nada al respecto. Yo sí sé cuándo detenerme.

Dicho eso volvimos al tema, al final quedó en pasar por Christian a la compañía porque “estaría en la zona” alrededor de las cinco y media. Justo acababa de colgar cuando entró Christian seguido por Dalia, esta seguía sin rendirse si la determinación en su rostro era un indicador.

-Señor, el detective Olmos pasará por aquí en la tarde. -informé, recibiendo a cambio una mirada de odio por parte de Dalia. - ¿Quiere un café?

-Si, por favor. Y un sándwich, no importa de qué…-dijo, antes de recordar a su “invitada”. - Dalia, ¿quieres algo?

-Hm, un latte con caramelo, crema batida y… ¿debería escribirlo? -tomó un papel del escritorio y garabateó su orden, que más bien sonaba como una forma creativa de torturar al estómago. -Y que esté bien caliente, odio el café tibio.

-Lo tendré en cuenta, señorita Dalia.

Ir a la cafetería resultó un alivio a pesar de la fila, alejarme de Dalia y sus desesperados intentos por convencer a Christian fue agradable, incluso cuando la barista me dirigió una mirada de incredulidad al leer la orden de Dalia, misma que llevé a la oficina con el mayor cuidado posible. El caminar por las calles balanceando los vasos de café siempre era interesante, las calles de la ciudad estaban llenas de baches, secciones mal pavimentadas y por supuesto, otras personas demasiado ocupadas en su teléfono para fijarse en los demás.

Dalia recibió su café intacto, fue hermoso ver su rostro al notar que no podía reclamarme nada. Los dejé solos, el resto del día me mantuve al pendiente de mi teléfono. Nunca lo admitiría enfrente de ella, pero estaba preocupada por Lucía, sonaba rara en la llamada. ¿Qué había pasado para ameritar una llamada en pleno día?

- ¿Rachel? -me sacó Christian de mis pensamientos al final de la jornada. -Ya voy a reunirme con el detective Olmos, si quieres también puedes irte.

-Perdone, señor, estaba un poco distraída. -me disculpé pasándole la lista de compromisos que había logrado posponer. Dalia seguía ahí, aunque ya estaba recogiendo su bolsa para irse. -Me iré en unos minutos, primero quiero terminar un par de cosas.

-Como gustes, entonces te veré mañana, secretaria Guerra.

-Hasta mañana, señor Christian.

Lo vi irse, sentía una extraña tristeza al saber que no podía ir con él y estar a su lado durante la reunión con el detective Olmos. Sabía que no era una posibilidad, yo metí a Lucía en todo ese desastre, dejarla sola me volvería la persona más desagradecida del mundo. Esperé unos minutos hasta asegurarme de que en verdad se había ido antes de recoger mis cosas y revisar la dirección en mi teléfono. Estaba algo lejos, de hecho, tuve que verla dos veces porque era a tan sólo un par de cuadras de la bodega donde papá guardaba su investigación ¿coincidencia o algo más? Con más determinación que antes subí a un taxi, pronto averiguaría la verdad y destruiría al señor Daleman de una vez por todas.

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