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36. Es el momento.

Author: Nocturnal
last update publish date: 2022-06-27 10:44:03

Nunca había sentido tan largas y aterradoras unas simples escaleras. No eran ni muy oscuras ni muy inclinadas, ni mucho menos llevaban a un sótano embrujado. Aún así sentía mi corazón acelerase a cada escalón y un escalofrío recorrió mi cuerpo al llegar a la puerta. Saqué la pistola y sintiendo su helado peso en mi mano entré a la habitación.

El cuarto del señor Daleman era justo como esperaba, impersonal y lujoso. Cada mueble, color o decoración probablemente fue elegido con el mayo cuidado por un diseñador que nunca se imaginó viviendo ahí. Los muebles de una oscura madera brillaban de limpios y casi estaban libres de objetos. El señor Daleman se encontraba sentado en la cama, desabrochaba su corbata sin siquiera preguntarse quién había entrado. Para ser tan paranoico de verdad bajaba la guardia en su casa.

- ¿Secretaria Guerra?-su voz sonaba extraña, casi como si no le creyera a sus ojos. Subí el arma, afortunadamente no me temblaban las manos.-bueno, siempre supe que acabaría así. No con usted, si es que de verdad se llama Rachel Guerra, pero siempre supe que algún día un tonto idealista decidiría tomarse personal el precio que se debe pagar por el éxito.

- Si usted hubiera pagado ese precio no estaríamos aquí hoy. -respondí. Su tono me desagradaba, detestaba pensar que no tenía miedo. - Tiene razón sobre mi nombre, no me llamo Rachel Guerra, aunque eso no es lo importante, podría ser cualquier persona… cualquiera.

- Y me imagino que harás lo que mis enemigos no han podido hacer en años… no me hagas reír. Regresa al rincón asqueroso del mundo de donde saliste. Se necesita tener pelotas para matar a un hombre.

Caminé hacia él, sin importar dónde me pusiera las dos puertas estaban una frente a la otra, un descuido podía costarme a mi presa. Sí, quería hacerlo sufrir, pero no si eso le facilitaba la oportunidad de escapar. Mi dilema se resolvió solo cuando Lucía entró por la puerta de servicio. No estaba armada, ella prefería evitar la violencia directa y empleaba sus palabras mejor que cualquier arma para cortar y destrozar.

- Ah, no trabajas sola. ¿Al menos sabes disparar esa pistola? Baja eso y deja que un hombre de verdad se encargue. ¿Es de verdad o de plástico?

Quise disparar solo para demostrarle lo contrario. En vez de eso le di un culatazo en la cabeza con todas mis fuerzas y lo vi caer al suelo como un títere cuyas cuerdas fueron cortadas de repente.

- No sabe cuándo cerrar la boca. -me quejé. Lucía se aseguró de que las puertas estuvieran cerradas por dentro. - ¿debería hacerlo de una vez?

- ¿Estás loca? Todos los invitados siguen aquí…

-Nunca hice un plan de escape. -confesé.

Siempre supe que ese sería el final de mi camino, de todas las maneras imaginables. No pensaba pasar los siguientes veinte años o más muriendo de aburrimiento en la celda de un penal. Tampoco planeaba averiguar hasta dónde se extendía la crueldad de los guardias del señor Daleman. Había vivido y visto suficiente para perder el optimismo. Lucía me miró, sabía que ella lo entendía. Quizás era una idea cobarde; cometer el crimen y buscar librarme de las consecuencias.

-Sabes que te apoyare, aunque cambies de opinión. -ofreció ella.

-No, hemos trabajado demasiado. No puedo rendirme ahora.

Lucía asintió. Jamás esperé verla dudar. En silencio me ayudó a mover al señor Daleman a la cama y a atar sus manos con una corbata. Era raro, pesaba menos de lo que imaginé ¿serían verdad los rumores? ¿estaba enfermo? Verlo con los ojos cerrados me hacía recordar a Christian. A pesar del hilillo de sangre que resbalaba por su blanco rostro, lucía tranquilo. ¿Cómo podía lucir tan tranquilo cuando tantas vidas se arruinaron por su culpa?

- Deberías irte.

- Rachel…

- Hazlo.

Era mi turno de dar las órdenes. Nunca le pedí explicaciones de nada ni dude de sus instrucciones, ahora que los papeles se invertían podía notar lo mucho que hizo por mi y que ahora yo terminaría nuestro trabajo. Lucía era la clase de persona incapaz de mirar en silencio mientras se cometía una injusticia y necesitábamos más personas como ella en el mundo. Asintió antes de irse por las escaleras de servicio.

Ese era el momento por el cual tanto había trabajado en los últimos años, cuando por fin les daría sentido a las muertes de mi padre y Antonio, cuando los gritos que me impedían dormir de noche dejarían de acecharme.

Quise abrir la ventana y sentir el viento, al menos sería una constante entre aquella noche y el presente. Cerré mis ojos. Era el instante adecuado. Le apunté a la cabeza, mi mano comenzó a temblar. Entonces una voz dijo…

- Espera, Adriana.

Mi nombre, ¿quién lo sabía? Voltee para encontrarme cara a cara con Christian Daleman.

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