ログイン**POV de Jessica**
El vídeo se reprodujo, y en un instante ya no estaba de pie en un salón de baile: estaba de nuevo en aquella mazmorra fría y oscura. Era como si me aplastaran otra vez. Odiaba tener que volver a ver esto. Mi loba gimió profundamente dentro de mí mientras las lágrimas me pinchaban los bordes de la visión. En la pantalla, Suzette arrastraba a mi yo más joven del pelo por el suelo de piedra húmedo de la mazmorra del Alfa, los tacones rasgando, las muñecas atadas con plata impregnada de acónito. No dijo ni una palabra, y simplemente me estrelló la cabeza contra la esquina afilada de un poste de collar encadenado, una, dos veces, hasta que el mundo dio vueltas. La sangre salpicó el hierro, goteando como tinta de una pluma rota. Saboreé metal, y un zumbido penetrante llenó mis oídos, silenciando todo excepto mis respiraciones superficiales y entrecortadas y la risa regocijada de Suzette. —¡Eres la mala suerte que maldijo a nuestra familia! ¡Deberías haber muerto con tu madre, para que mi padre solo nos hubiera visto a mí y a mamá! ¡Ahora que él se ha ido, ya no tengo razón para fingir amabilidad! Me tiró del pelo otra vez y me estrelló la cabeza una vez más contra los barrotes de hierro, una y otra vez, hasta que caí como un saco de huesos, aturdida y destrozada. Mi espalda, ya desollada por el látigo impregnado de acónito, se había convertido en una sola herida que supuraba. Pero a ella no le importaba. El látigo se alzó de nuevo. —¡Vete al infierno! —¡AHHH! Mis gritos se transformaron en un gruñido, los colmillos destellando brevemente. Mi loba se alzó, arañando mis entrañas, intentando emerger, su rabia reflejando la mía. Los miembros me temblaban violentamente mientras intentaba transformarme, defenderme. Estaba a segundos de dejar que ella tomara el control. Pero entonces… Suzette, con una mueca burlona, se acercó con las manos enguantadas y esparció ceniza de montaña sobre mi espalda arruinada. Mi loba aulló y se echó atrás, retirándose a las profundidades de mi alma, su furia apagada como una llama empapada en nieve. Luego entró Lydia, sin parecer alarmada. Aunque sabía que no le importaba, aún así me arrastré hacia ella. —Madre, por favor, por favor, deténla —supliqué, gateando más cerca a pesar del fuego que me desgarraba el cuerpo—. Siempre he intentado ser una buena hija. Hice todo para haceros orgullosos a ti y a la Manada. Obedecí cada regla, seguí cada orden solo para ganarme tu aprobación. ¿Por qué dejas que me haga esto? ¿Por qué dejas que tu propia hija me despedace? La sangre me nublaba la visión. Las lágrimas se mezclaban con ella. Pero Lydia ni siquiera pestañeó. Sin previo aviso, Lydia me dio una patada fuerte en el estómago, enviándome de espaldas al frío suelo de piedra. —Si no fuera por ti, nuestra verdadera hija no habría sufrido todos esos años. Deja que Suzette haga lo que quiera. Si realmente nos amas, demuéstralo en silencio. Se giró y sonrió a Suzette, el tono seco. —No te manches demasiado —añadió con un movimiento despectivo de la muñeca—. Tenemos una reunión de manada a la que asistir. Suzette dejó caer el látigo con una mueca. —Bien. La terminaré después. Se giró hacia los guardias que me rodeaban y se burló: —Traed más ceniza de montaña. Apenas levanté la mano, alcanzando el dobladillo de su vestido, pero Suzette clavó el tacón en mi frente; el impacto contundente hizo que el cráneo me latiera. Antes de que pudiera recuperarme, golpeó de nuevo, más fuerte esta vez, directo al abdomen. Un sacudida nauseabunda explotó en las tripas mientras la bilis me subía por la garganta. —No, por favor. No —jadeé. Suzette miró con dureza a los guerreros. —¿A qué estáis esperando todos? ¡La ceniza de montaña! Todos me inmovilizaron. Los guardias arrojaron las cenizas sobre mi espalda destrozada. Mi grito desgarró la proyección. Los jadeos llenaron la habitación. Levanté la vista justo a tiempo para ver a Johan tambalearse hacia atrás, los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Los hombros le temblaban, no de rabia, sino de incredulidad. Una vez había vendado aquellas heridas, trazando cada cicatriz con cuidado, susurrando consuelo. Pero ahora sabía la verdad. Se apartó de Suzette como si lo hubiera quemado. —¿Hiciste esto? ¿Fuiste tú todo el tiempo? —¡Ese vídeo no es real! ¡Está todo montado! —gritó Suzette—. ¡Nunca hubo cámaras en aquella mazmorra! Reí, afilada, amarga. —Las cámaras no son nada comparadas con la piedra espejo de la luna. Tal vez me la dieron por una razón, para que pudiera protegerme cuando nadie más lo haría. Lydia me miró con dureza. —Jessica, te crié como a mi propia hija, incluso después de que tu madre me traicionara y tuviera una aventura con mi marido. Elegí quedarme contigo, amarte, incluso cuando toda la Manada susurraba a mis espaldas. ¿Y así me lo pagas? ¿Humillando a nuestra familia delante de todo el reino? Suzette agarró la mano de su madre mientras se inclinaba más cerca. —Por favor, mantente calmada, Madre. Por favor, relájate, no te lo tomes tanto a pecho. Clavé las uñas profundamente en las palmas, intentando anclarme al presente. ¿Cómo podían seguir negándolo? Después de todo lo que habían hecho, incluso con la verdad mirándoles a la cara, lo torcían como si fuera metal doblado. Entonces… Una figura alta emergió de la puerta de doble cristal. Una cicatriz le trazaba la mejilla. Su mirada aterrizó en mí. Mis hombros, mis cicatrices. La garganta se le movió. —¿Quién eres? —exigió Johan.**POV de Jessica**El vídeo se reprodujo, y en un instante ya no estaba de pie en un salón de baile: estaba de nuevo en aquella mazmorra fría y oscura. Era como si me aplastaran otra vez.Odiaba tener que volver a ver esto.Mi loba gimió profundamente dentro de mí mientras las lágrimas me pinchaban los bordes de la visión.En la pantalla, Suzette arrastraba a mi yo más joven del pelo por el suelo de piedra húmedo de la mazmorra del Alfa, los tacones rasgando, las muñecas atadas con plata impregnada de acónito.No dijo ni una palabra, y simplemente me estrelló la cabeza contra la esquina afilada de un poste de collar encadenado, una, dos veces, hasta que el mundo dio vueltas.La sangre salpicó el hierro, goteando como tinta de una pluma rota. Saboreé metal, y un zumbido penetrante llenó mis oídos, silenciando todo excepto mis respiraciones superficiales y entrecortadas y la risa regocijada de Suzette.—¡Eres la mala suerte que maldijo a nuestra familia! ¡Deberías haber muerto con tu ma
**POV de Jessica**—¡Liberadme! ¡Esto es una violación de la ley de la manada!Me retorcí contra los agarres de hierro de los guerreros.Desde mi posición humillante en el suelo, mi mirada se clavó en Johan.—¿De verdad puedes mirarme a los ojos y afirmar que Suzette creó LunaSkin con sus propias manos? —Lo miré fijamente—. Dijiste que nunca dejarías que me volvieran a herir. Entonces, ¿por qué lo estás permitiendo?—J-Jessica… —Johan se quedó congelado, atrapado entre dar un paso adelante y quedarse atrás, como si debatiera si ayudarme o fingir que yo no estaba allí en absoluto.Pero Suzette se aferró a su brazo, presionando la mejilla contra su hombro.—Amor, me siento mareada…Su voz tembló lo justo para sonar lastimera.Su momento fue perfecto, haciendo que Johan atendiera a ella.Claro que lo haría. Suzette estaba terminalmente enferma, después de todo. Era su Luna ahora, su carga que cargar, su excusa para abandonarme otra vez.Forzó la culpa hacia abajo y levantó la barbilla.—
**POV de Jessica**El agarre de Johan se tensó en mi muñeca mientras me arrastraba hacia el rincón del gran salón.Nunca me había agarrado con tanta rudeza antes, ni siquiera durante nuestras peores discusiones. Por primera vez, su compostura se resquebrajó, y capté el destello de pánico escondido detrás del plata de sus ojos.Y todo porque aparecí.Levanté la cara hacia él.—¿Eso que huelo es miedo, Alfa?Entonces vi cómo la comprensión le golpeaba primero. Las fosas nasales se le dilataron. El pecho se le levantó con fuerza mientras su lobo se despertaba, oliendo el perfume LunaSkin Bloom en mi piel.—Jessica —advirtió, siseando en mi oído—. ¿Qué estás intentando hacer? ¿Por qué llevas ese aroma?Me incliné ligeramente, dejando que el perfume lo envolvierá como un recuerdo.—¿Por qué no? Esta es mi creación. LunaSkin no es solo un perfume. Soy yo.Apretó la mandíbula y miró hacia el escenario, donde Suzette estaba hablando a la multitud, luego volvió la mirada hacia mí.—No se supon
**POV de Jessica**Me congelé, el corazón se me hundió al ver el número parpadeando en la pantalla. Los dígitos pertenecían al Sanador del Espíritu Oscuro, un hombre con el que nadie en su sano juicio quería tratar, ni siquiera la Vidente Dahlia. Él era quien había ayudado a Johan a sobrevivir hace tres años. ¿Pero por qué me llamaba ahora? Nuestro trato había terminado hacía mucho.—Probablemente unos hombres-lobo haciéndose pasar por videntes intentando vender amuletos —me encogí de hombros.Johan levantó la vista de su té, sin preocuparse.—Haré que mi Beta te cambie el número mañana. Estoy harto de gente que finge ser real, pero la verdad es que son falsos.Lo miré fijamente. Viniendo de ti, ¿en serio?Antes de que pudiera responder, sus ojos se enturbiaron ligeramente, la señal de una conexión de enlace mental.Su aura cambió, distante y privada, y la mandíbula se le tensó.—Hablaré con mi Beta —murmuró con rapidez, levantándose del asiento—. Dame un momento.Caminó hacia la terr
**POV de Jessica**—Te ha costado lo tuyo, niña —dijo la Vidente de la Luna a través del enlace mental.Conocí a Dahlia por primera vez durante una gran reunión de manadas donde la Vidente de la Luna había sido invitada como invitada de honor. Hablamos entre ceremonias, sus preguntas eran afiladas pero amables, y antes de que terminara la noche intercambiamos enlaces mentales por fascinación mutua. A partir de entonces hablamos a menudo, compartiendo pensamientos, lecciones y secretos hasta que nuestra amistad se convirtió en mi refugio silencioso.—Siempre me pregunté cuándo te darías cuenta de que el Alfa Johan nunca estuvo destinado a ti. Has estado desperdiciando tu don en un hombre que solo te veía como un consuelo.—Consuelo —repetí. La palabra me cortó más afilada a través del enlace que cualquier hoja.—Te lo dije antes, Jessica. Te advertí, pero nunca me creíste.—Creo que lo supe todo el tiempo —admití suavemente a través del enlace—. Simplemente no quería enfrentarlo. Seguí
**POV de Jessica**El Alfa Johan me tomó la mandíbula con suavidad, el pulgar rozando la comisura de mi labio antes de bajar la cabeza y murmurar:—Jessica, ¿estás lista para ser marcada esta noche?—S-Sí. —Asentí débilmente, oliendo nuestra excitación mezclada.Había estado esperando esta noche, aferrándome a su promesa de que por fin me reclamaría. El corazón me latía tan fuerte que parecía que iba a atravesarme las costillas.Se inclinó más cerca, la boca rozando mi cuello.Jadeé cuando sus labios se presionaron contra mi piel y sentí el leve raspado de sus dientes.Pero entonces se apartó de repente.Sus ojos grises se volvieron distantes, y sus pupilas brillaron con un leve tono plateado cuando llegó un enlace mental.Era mi madrastra, Lydia.—¿Dónde estás, Johan? Se supone que deberías estar con tu compañera ahora mismo.La mente me dio vueltas de confusión. ¿Qué compañera? ¿De quién estaba hablando?La mayoría de los lobos no pueden oír el enlace privado de otra persona, pero y







