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Fiesta para los lobos

Author: Derazaren
last update publish date: 2026-10-01 09:44:04

Los disparos láser rojos danzaban sobre mi vestido de seda negra, cortando la densa oscuridad nocturna del interior del pabellón norte. El estruendo del concreto resquebrajándose sobre el techo de cristal resonó con fuerza, dejando apenas un metro de distancia antes de que las tropas armadas de Victor Vance descendieran por él.

—¡Agáchate! —gruñó Julian con brusquedad.

¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

El estruendo de las armas de fuego con silenciador desgarró el silencio. Los enormes ventanales junto al tocador explotaron en mil pedazos, cubriendo el suelo de mármol con afilados fragmentos de cristal. Antes de que pudiera siquiera gritar, el robusto brazo de Julian rodeó mi cintura y estrelló mi cuerpo contra el suelo en un abrazo protector que cubrió cada centímetro de mi cuerpo de aquella lluvia de plomo ardiente.

Dos hombres vestidos con equipo táctico negro saltaron al interior a través del techo de cristal y comenzaron a disparar indiscriminadamente por toda la habitación. Sin aflojar el agarre de su mano alrededor de mi cintura, Julian metió la otra mano por detrás de su esmoquin, sacó una pistola semiautomática de cañón corto y respondió al fuego con una precisión gélida. Dos balas atravesaron instantáneamente el pecho del primer atacante, mientras una patada fulminante dejó fuera de combate al segundo antes de que pudiera siquiera apretar el gatillo.

—¿Estás herida, Valeria? —Julian giró brevemente la cabeza. Sus ojos gris tormenta desprendían un destello peligroso entre las nubes de humo de pólvora.

—¡No! —respondí con firmeza, apretando con fuerza mi vestido de seda. El dolor de mi tobillo se desvaneció de repente, reemplazado por una descarga de adrenalina que me ardía en el pecho—. ¡Úsame para acabar con ellos, Julian! ¡No permitas que los hombres de Victor me retengan aquí!

—Bien —siseó Julian, mientras la comisura de sus labios se alzaba formando una línea cruel y atractiva—. Abre bien los ojos. Porque esta noche vamos a incendiar su fiesta hasta que no quede nada.

Tomó mi mano y me condujo a toda velocidad por un pasadizo secreto que llevaba al helipuerto privado en el techo del pabellón. Afuera, el helicóptero táctico de Vance Group rugía mientras atravesaba la tormenta nocturna de Madrid. En cuestión de minutos, ya estábamos surcando el cielo, dejando atrás la destrucción del pabellón mientras avanzábamos a través de la noche hacia el centro de la ciudad, hacia el Palacio de Cibeles, donde los lobos celebraban su victoria sobre el charco de sangre de Don Andrés.

El lujo del Palacio de Cibeles aquella noche se sentía gélido y penetrante. Las enormes lámparas de cristal reflejaban el esplendor de las paredes de mármol blanco del salón principal de subastas. Cientos de invitados, élite empresarial europea, políticos corruptos e incluso medios de comunicación internacionales, se aglomeraban bajo aquella cúpula neoclásica, bebiendo champán caro en copas de plata.

Sobre el podio principal, Mateo Cruz permanecía de pie con elegancia, vestido con un impecable traje blanco marfil. A su lado, Camila Morales destacaba con un deslumbrante vestido de noche rojo escarlata, adornado con diamantes valorados en millones de euros.

—En nombre de la reestructuración de capital y de la legalidad absoluta aprobada por la nueva junta directiva —la voz de Mateo resonó a través del micrófono con un tono de victoria fingida—, esta noche abrimos la puja más alta por los activos principales de Alarcón Group. ¡La empresa que alguna vez estuvo al borde de la muerte ahora resurge con más fuerza bajo nuestro liderazgo!

Una estruendosa ovación retumbó por todo el salón. Camila sonrió triunfante y levantó su copa hacia los inversionistas extranjeros, quienes competían entre sí mientras anotaban las cifras de las ofertas que aparecían en la enorme pantalla digital detrás del escenario.

Fue justo en ese instante cuando un fuerte estruendo proveniente de las puertas principales del salón de subastas resonó por todo el lugar.

Las dos enormes hojas de madera de roble, talladas y adornadas con oro, se abrieron de par en par. La música de la orquesta se detuvo abruptamente. Todas las miradas se volvieron al mismo tiempo hacia la entrada, clavándose en dos figuras que avanzaban bajo la sombra de las columnas de mármol.

Julian Vance entró primero, irradiando un aura de dominio absoluto que congeló el aire del salón. Sin embargo, no fue la presencia del magnate lo que hizo que cientos de invitados contuvieran el aliento con terror, sino la mujer que caminaba elegantemente a su lado, aferrada al robusto brazo del poderoso empresario y con una mirada tan afilada como una daga.

Yo.

Valeria Alarcón.

La joven ingenua que dos meses atrás habían arrojado moribunda a una celda subterránea en el puerto, ahora estaba de pie frente a ellos, envuelta en un vestido de seda negra como la noche, con un collar de diamantes salpicado de destellos rojos alrededor de mi cuello y una forma de caminar cargada con la elegancia de una reina de la muerte.

¡Crash!

La copa de vino que Mateo sostenía se le escapó de los dedos, haciéndose añicos sobre el suelo de mármol y dejando un charco de líquido rojo que parecía sangre. El rostro de Mateo palideció como el de un cadáver, su mandíbula cayó abierta y un sudor frío comenzó a recorrerle las sienes.

A su lado, el rojo del vestido de Camila pareció palidecer de repente ante su rostro completamente desprovisto de color. Sus labios temblaron violentamente y sus ojos se abrieron de par en par, incapaces de creer lo que veían mientras me observaba desde la distancia.

—No... no puede ser... —susurró Camila histéricamente. Su voz se elevó en medio del silencio opresivo del salón—. Tú... ¡tú deberías estar muerta en el fondo de aquel puerto!

Avancé entre la multitud, que inmediatamente se apartó para abrirme paso. El miedo se reflejaba con claridad en sus miradas hacia Julian y hacia mí. Julian me permitió avanzar sola hasta el frente del escenario, mientras él permanecía abajo, con las manos en los bolsillos del pantalón, observando cada uno de los movimientos nerviosos de aquellos lobos que estaban sobre el escenario.

Me detuve justo bajo las luces del podio, levanté el mentón y miré a Mateo y Camila de cerca con mi sonrisa más letal.

—¿Te sorprende verme, Mateo? —pregunté. Mi voz resonó a través del micrófono inalámbrico que uno de los guardaespaldas de Julian me había entregado. Era tranquila, fría, pero atravesó directamente el corazón de todos los presentes—. ¿Pensaste que, después de arrojarme al infierno y matar a Don Andrés hace apenas unas horas, podrías conservar para siempre la corona que pertenece a mi familia?

Mateo, con las rodillas temblándole violentamente, intentó alcanzar el micrófono del podio.

—Valeria... cariño... Esto... esto solo es un malentendido. ¡Ellos... ellos te obligaron! ¡Julian Vance te tiene secuestrada! —gritó Mateo presa del pánico, intentando distorsionar la situación frente a los inversionistas y los medios de comunicación.

—¿Un malentendido? —lo interrumpí con dureza. Mi voz cortó su pánico como una hoja de bisturí.

Julian hizo una señal levantando la mano derecha. Tres guardaespaldas tácticos de Vance Group subieron al escenario llevando una gruesa pila de documentos sellados con el sello rojo de los tribunales internacionales y de la Fiscalía General del Estado española. Luego los arrojaron directamente sobre la mesa de subastas, frente a Mateo y Camila.

—Esos documentos no son simples hojas de papel, Mateo —dije mientras subía uno a uno los escalones del podio, acercándome a ambos con una mirada hambrienta de justicia—. Son la cancelación absoluta de la escritura de transferencia de derechos de Alarcón Group, acompañada de pruebas auténticas de falsificación de firmas, lavado de dinero y un informe sobre explotación humana en los sótanos del puerto, operaciones patrocinadas por ti y por tu fiel amante.

Camila lanzó un grito histérico e intentó romper los documentos, pero uno de los guardaespaldas de Julian le sujetó con fuerza la muñeca, haciendo que Camila hiciera una mueca de dolor.

—¡Tú... maldita zorra! —siseó Camila con furia, mientras sus ojos se enrojecían de odio—. ¿¡Crees que puedes derribarnos así como así!? ¡Controlamos la mitad del mercado de capitales de Madrid!

Me detuve justo un paso frente a Camila. Incliné ligeramente la cabeza y miré a los ojos de aquella mujer que una vez había aplastado mis dedos con sus tacones. Luego susurré directamente junto a su oído con una voz cargada de veneno:

—El diablo nunca permite que otro ocupe su lugar en el infierno, Camila... antes de enviarlos a ambos allí para que se pudran por toda la eternidad.

El ambiente del salón de subastas estalló en murmullos de pánico entre periodistas e inversionistas. Los flashes de las cámaras comenzaron a dispararse sin descanso, capturando la caída absoluta de la pareja más poderosa de Madrid en una sola noche. Mateo cayó de rodillas sobre el escenario, aferrándose al borde de mi vestido mientras lloraba histéricamente y suplicaba perdón.

—Valeria... por los recuerdos de nuestro pasado... ¡perdóname! ¡Cometí un error! Camila me obligó a...

Antes de que Mateo pudiera terminar su súplica, mis ojos captaron un extraño destello de luz en una esquina del techo del salón.

De repente...

¡CLIC!

Todas las enormes lámparas de cristal del Palacio de Cibeles se apagaron al mismo tiempo. La oscuridad absoluta devoró de inmediato aquel enorme salón, tan vasto como un campo de fútbol, seguida por el pánico colectivo de los invitados, que comenzaron a gritar histéricamente.

¡BANG!

Un disparo de advertencia salió desde el balcón superior y golpeó una columna de mármol justo al lado de mi cabeza. En medio del caos y de los gritos de las personas que corrían para ponerse a salvo, una voz ronca y familiar susurró a través de un micrófono portátil oculto que estaba conectado directamente a los altavoces de emergencia del salón:

—El juego aún no ha terminado, pequeña Valeria... Tu padre dejó un último secreto detrás de aquel candado de tela, y si quieres saber quién fue el verdadero asesino que ordenó disparar contra tus padres... pregúntale a Julian Vance, que está a tu lado.

Sentí que la sangre se me helaba al instante.

Antes de que pudiera girarme o siquiera procesar aquellas horribles palabras, un par de brazos fuertes rodearon mi cuerpo y me atrajeron contra un pecho ancho y familiar. El aroma a madera de cedro me envolvió en medio de la oscuridad, mientras la voz de Julian resonaba tranquila, aunque cargada de una peligrosa tensión junto a mi oído:

—No escuches esa voz, Valeria. Quédate junto a tu escudo.

Pero justo en ese momento, un destello proveniente de una bomba de humo roja estalló en medio del escenario. A través de la espesa nube de humo que abrasaba los ojos, la silueta de un hombre alto y robusto salió de detrás de las cortinas del escenario, apuntando una pistola de cañón largo directamente hacia la cabeza de Julian desde una distancia de menos de dos metros.

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