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CAPÍTULO 2

last update Veröffentlichungsdatum: 03.11.2026 21:41:54

Nicole se paró frente al espejo por última vez, observando su reflejo con atención. Quería convencerse de que estaba lista para el día. Sus pantalones negros de talle alto le quedaban perfectos en las caderas, la tela suave al tacto. Se ajustó la blusa gris de cuello alto, asegurándose de que se ajustara a su figura a la perfección, sin arrugas ni pliegues. Su bolso negro, colocado cuidadosamente sobre la cama, combinaba a la perfección con su atuendo, un pequeño pero satisfactorio detalle que apreciaba. Calzándose los tacones de aguja negros, caminó con un ligero toque por el suelo de la habitación, poniendo a prueba su equilibrio y elegancia. Respiró hondo, agarró el bolso y se dirigió hacia la puerta, sintiendo una oleada de emoción recorrer su cuerpo.

Al salir de su edificio, Nicole aspiró el aire fresco y bullicioso de Nueva York. La ciudad siempre parecía rebosar de vida, pero hoy se sentía especialmente vibrante, casi eléctrica. No había ido de compras en casi dos semanas, su tiempo absorbido por las facturas y las responsabilidades, pero hoy nada la detendría. La noche anterior, un cliente satisfecho le había dejado una propina de mil dólares, y solo pensarlo le aceleraba el corazón. Deseaba recibir propinas así todos los días; ¡qué maravilla sería! No se tiene tanta suerte todos los días, se recordó a sí misma, con una leve sonrisa en los labios. Pero estaba decidida a usar este inesperado golpe de suerte con sensatez: un nuevo peinado, ropa nueva, zapatos para añadir a su modesta colección en casa ... hoy se daría un capricho.

Tomó un taxi, subió con determinación y le indicó al conductor su salón de belleza favorito. El trayecto estuvo lleno de expectación; los sonidos de la ciudad se fundían en un murmullo de fondo mientras su mente divagaba imaginando nuevos estilos y colores. Al llegar, Nicole sintió cómo la emoción crecía en su pecho como un suave aleteo.

Horas después, salió del salón de belleza transformada. Su cabello, peinado a la perfección, brillaba bajo la luz del día; sus manos y pies relucían gracias a una manicura y pedicura impecables; su maquillaje, renovado respecto a su rutina diaria, le confería un aire de elegancia natural. Se detuvo un instante afuera, contemplando su reflejo en el escaparate del salón. Se veía y se sentía renacida. Hoy, era imparable.

Después, visitamos la boutique. A Nicole le encantaba ir de compras, pero no de la forma casual que lo hacía la mayoría. Insistía en elegir su propia ropa, guiándose por su estilo personal en cada selección. Era exigente, sí, pero tenía un gusto exquisito y se negaba a conformarse con nada que no fuera perfecto. El único límite era su presupuesto, pero hoy, gracias a la generosa propina, ni siquiera eso le preocupaba. Las horas transcurrieron en un delicioso torbellino de texturas, combinaciones de colores y estilos que captaban su atención. Cada prenda que elegía se sentía como una pequeña victoria, una celebración de su independencia y buen gusto.

Cuando por fin se decidió por un conjunto, se lo probó de inmediato: un top corto negro de cuello alto combinado con una falda de rayas blancas y negras, y tacones de encaje negros. Dio vueltas frente al espejo, estudiando cada ángulo. Le encantó, le encantó de verdad. Deseaba poder vestirse así todos los días, irradiando confianza, elegancia y encanto sin esfuerzo. Pagó la ropa con un gesto de satisfacción y salió de la boutique, aún emocionada, camino a casa.

Nicole Robinson, de veintisiete años, vivía en un apartamento en la ciudad de Nueva York que su mejor amiga le había regalado años atrás. El regalo llegó cuando su amiga aceptó una mejor oferta de trabajo en California, dejando a Nicole con un lugar cómodo al que llamar hogar. Aunque modesto, el apartamento era completamente suyo , un pequeño santuario en medio de la inmensa ciudad.

Trabajaba en un bar VIP de un pub. El sueldo era decente, suficiente para pagar las facturas y vivir cómodamente, pero no era la vida que soñaba. Nicole anhelaba la vida lujosa y aventurera que siempre había imaginado: ir de compras sin límites, viajar por el mundo, descubrir nuevos lugares, conocer gente fascinante y no preocuparse nunca por el dinero. Su vida actual era segura y predecible, pero la sentía incompleta. Aunque no disfrutaba de su trabajo de camarera, lo aceptaba porque le permitía tener independencia. Aun así, en el fondo, deseaba que algún día, aunque solo fuera por un instante, pudiera vivir la vida que realmente anhelaba.

De vuelta en casa, Nicole comenzó a guardar la ropa recién comprada en el armario, acariciando la tela con los dedos y una leve sonrisa. Su teléfono empezó a sonar, interrumpiendo la tranquilidad de su día. Con cuidado, dejó la ropa y se acercó al borde de la cama para contestar.

—Hola, Vanessa —dijo ella.

Vanessa, su amiga y compañera de trabajo, respondió de inmediato. “¡Hola, amiga!”

Nicole no pudo evitar poner los ojos en blanco con una leve sonrisa. Vanessa siempre la llamaba "novia" cuando necesitaba un favor. Se había vuelto predecible, casi cómico, pero Nicole había aprendido a aceptarlo. "De acuerdo. ¿Qué es esta vez?", preguntó, anticipando ya la petición.

—¿Qué te hace pensar que necesito algo de ti? —respondió Vanessa, aunque Nicole pudo percibir un leve puchero en su voz.

—Dilo de una vez, Vanessa —dijo Nicole con un tono de complicidad en la voz.

—De acuerdo. Nicole, necesito tu ayuda, por favor —dijo Vanessa rápidamente.

—Como si no lo supiera —bromeó Nicole.

¿Podrías cubrir mi turno esta noche, por favor? No me siento bien. Te prometo que cubriré el tuyo mañana por la noche… ¿Por favorcito? —suplicó Vanessa, con la urgencia en la voz claramente visible.

“¡Caramba! ¡Vanessa, siempre tienes que arruinar mis planes!”, exclamó Nicole, aunque entre su frustración se escondía una risa.

—Lo siento, cariño —dijo Vanessa en voz baja—. Te prometo que será la última vez. Por favor, di que sí.

Nicole suspiró, sabiendo que no podía negarse. "Bueno, supongo que no puedo decir que no".

“¡Muchísimas gracias, Nicole! ¡Eres la mejor!”, exclamó Vanessa, dejando entrever su alivio.

“Sí, sí… Pero que sea la última vez, ¿de acuerdo?”, le recordó Nicole con firmeza.

—Vale, lo prometo. Te quiero muchísimo, mejor amiga. ¡Adiós! —dijo Vanessa alegremente, terminando la llamada.

Nicole sostuvo el teléfono un momento más, murmurando "¿Adiós?" a la línea vacía, mientras una pequeña risa escapaba de sus labios.

Su día no había salido como lo había planeado. Se había imaginado terminarlo con una cena en un restaurante elegante, no extravagante, solo sofisticado, celebrando su nuevo look y sus pequeñas victorias. Ahora, esos planes tenían que cambiar. Vanessa había alterado el rumbo de su día, y Nicole sabía que tendría que aceptarlo. Vanessa iba a devolverle el favor; simplemente tenía que hacerlo porque había arruinado los planes de Nicole de lucir su nuevo aspecto. Tal vez pediría pizza y se iría a trabajar, dejando la salida al restaurante para otro día en el que pudiera darse un verdadero capricho. Aunque decepcionada, Nicole se recordó a sí misma que las amistades a veces requieren pequeños sacrificios, y que eso estaba bien.

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