เข้าสู่ระบบTras un día estresante en el trabajo, Gabriel decidió que ya era hora de irse. Se tomó unos instantes para ordenar su escritorio, colocando los documentos en su sitio y asegurándose de que todo estuviera en orden, una costumbre que había adquirido con los años. Una vez satisfecho, cogió su chaqueta y salió de la oficina.
En la entrada del edificio de la empresa, su chófer ya lo esperaba junto a un elegante Rolls Royce negro, erguido como siempre.
—Buenas noches, señor —saludó cortésmente el chófer, abriéndole la puerta.
Gabriel asintió brevemente en respuesta mientras subía al coche. En cuanto se acomodó en el asiento de cuero, se aflojó un poco la corbata y exhaló como si intentara liberarse del peso del día. Casi de inmediato, su teléfono empezó a sonar. Miró la identificación de la llamada y suspiró al ver que era su madre.
No estaba preparado para su charla motivacional, no esta noche.
Ignoró la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo. Mientras tanto, su chófer permaneció en silencio, esperando pacientemente instrucciones sobre adónde llevarlo.
Su teléfono volvió a sonar. Y otra vez.
El constante timbre solo intensificaba el sordo dolor de cabeza que se le formaba en las sienes. Sabía perfectamente por qué llamaba, y cuanto más lo intentaba, más se irritaba. Finalmente, decidió que sería más fácil colgar que ignorar la llamada y contestó.
“Hola, mamá. Estoy muy ocupada ahora mismo. Hablamos luego. Adiós.”
Colgó inmediatamente, sin darle oportunidad de decir ni una sola palabra.
—Darren —dijo con calma, recostándose en su asiento—. Llévame al sitio de siempre.
—Sí, señor —respondió el chófer, arrancando el coche sin dudarlo.
Gabriel estaba sentado en la sala VIP, bebiendo lentamente de su copa, como hacía casi todas las noches. Se había convertido en su rutina, su manera de pasar el tiempo antes de regresar al silencio de su mansión vacía.
Se burló en voz baja al pensarlo.
Mansión vacía.
Si Ashley no hubiera roto con él, no sentiría ese vacío. La realidad lo golpeó con más fuerza de la que esperaba. Tan solo pensar en ella lo agotaba por completo. La había amado profundamente, más que a nadie, y aunque ahora formaba parte de su pasado, su mente se negaba a dejarla ir.
Cada recuerdo, cada momento compartido, se repetía una y otra vez en su cabeza. Sabía que necesitaba sacarla de sus pensamientos porque revivirlo constantemente lo estaba volviendo loco.
De repente, el sonido de risas provenientes de la barra lo devolvió a la realidad. Se giró hacia allí y vio a un grupo de hombres riendo a carcajadas, con una copa en la mano. Pero lo que realmente llamó su atención fue la mujer que estaba entre ellos.
Tenía el cabello negro como el azabache, suave como la seda, que caía en cascada sin esfuerzo, y una sonrisa que iluminaba su rostro maravillosamente. Intentó apartar la mirada, intentó concentrarse de nuevo en su bebida, pero sus ojos lo traicionaron. Se sorprendió mirándola fijamente.
Era deslumbrante, su piel tersa se veía incluso desde lejos. Había algo natural en su belleza, algo espontáneo. No pudo evitar preguntarse qué hacía alguien como ella trabajando en un lugar como ese. Una belleza así no debería estar sirviendo bebidas. Debería ser admirada, apreciada, tratada como una reina.
Y en ese preciso instante, una idea se formó en su mente.
“Nicole, no me digas que con una simple propina conseguiste verte así de bien… No me extraña que decidieras no llevar el uniforme hoy.”
Rick, compañero de Nicole, la molestó abiertamente, provocando risas entre los presentes. Nicole sonrió, algo avergonzada, pero secretamente complacida. Ni siquiera ella podía negar la diferencia que había supuesto un simple cambio de imagen. Y todo gracias a ese generoso cliente.
Ella seguía deseando conocer a más clientes como él, o mejor aún, de vez en cuando. La vida sería mucho más fácil si la generosidad de ese tipo se diera con más frecuencia.
—No es tan obvio, Rick —respondió ella en tono juguetón—. Además, ¿qué mejor manera de gastar una propina que en mí misma?
Dicho esto, intentó volver a concentrarse en sus obligaciones, mientras Rick seguía sonriéndole.
HORAS DESPUÉS
—Adiós, Nicole. Nos vemos mañana —dijo Rick al terminar su turno.
—Oh no, Rick. Mañana verás a Vanessa. Hoy solo le hice un favor —respondió Nicole con una sonrisa.
“De acuerdo. Que descanses bien.”
“Gracias, Rick. Espero que tú hagas lo mismo.”
Tras ese intercambio, Nicole salió del pub. Ya era medianoche y su turno había terminado. Lo único que quería ahora era llegar a casa y disfrutar de un sueño tranquilo y reparador, tal como le había aconsejado Rick.
Al llegar a casa, fue directamente al baño para darse una ducha rápida y quitarse el cansancio del día. Después, decidió llenar su estómago con la pizza que había pedido antes. Apenas se había acomodado cuando llamaron a su puerta.
Se quedó paralizada.
Ella no esperaba a nadie.
Esperó un momento, preguntándose si lo había imaginado.
Toc, toc, toc.
Eso lo confirmó.
Curiosa y algo molesta, se dirigió hacia la puerta, dando por sentado que era Rick. Quizás se había olvidado algo en el pub y él había venido a devolvérselo.
—Más te vale que esto sea bueno, Rick, o te mataré por interrumpir mi cena —murmuró mientras abría la puerta.
Sus palabras murieron al instante.
Frente a ella se encontraba un completo desconocido.
Sus ojos se abrieron de par en par al observarlo. Sus ojos marrones eran cautivadores, intensos pero serenos. Su mandíbula bien definida, su nariz perfectamente puntiaguda y su aspecto refinado lo hacían innegablemente impresionante. No podía negarlo, era guapo. Muy guapo.
Pero la confusión no tardó en llegar.
¿Qué hacía un hombre de aspecto adinerado en su puerta a estas horas?
HORAS ANTES
Tenía los rasgos perfectos, justo el tipo de mujer que necesitaba para el trabajo. Si su plan funcionaba, cosa que esperaba fervientemente, su madre por fin lo dejaría en paz.
Lo único que tenía que hacer era hablar con ella en persona.
Esperó pacientemente hasta que ella terminó su turno. Después de que se despidiera, se levantó y la siguió, procurando mantener una distancia prudencial para no llamar la atención. Cuando ella subió a un taxi, le indicó a su chófer que la siguiera discretamente.
Llegaron a un edificio de apartamentos. Gabriel permaneció en el coche mientras su chófer la seguía dentro, con cuidado de no ser visto, solo para averiguar el número de su apartamento.
Tras unos minutos, el chófer regresó.
“Señor, su apartamento es el número 32.”
“Gracias, Darren.”
Gabriel permaneció un rato más en el coche, mirando al frente mientras la duda se apoderaba de él. Se preguntaba si lo que estaba a punto de hacer era lo correcto. Pero ya estaba allí. Dar marcha atrás ya no era una opción.
Respiró hondo, se recompuso y salió del coche.
Llamó una vez. No hubo respuesta.
Llamó de nuevo a la puerta y oyó leves movimientos y murmullos al otro lado. Unos instantes después, la puerta se abrió.
Frente a él estaba la señora del pub.
Solo que esta vez, de cerca, era aún más hermosa.
Gabriel salió del edificio y dejó escapar un largo y profundo suspiro que ni siquiera se había dado cuenta de que había estado conteniendo. Sintió como si el peso de la noche finalmente se hubiera posado sobre sus hombros en el instante en que el aire fresco le rozó el rostro. Sin mirar atrás, subió a su coche y le indicó a su chófer que lo llevara a casa.Al llegar a su mansión, se detuvo un instante, contemplando la enorme estructura que tenía delante. El lugar lucía tan grandioso e imponente como siempre, pero esa noche se sentía extrañamente vacío. Las palabras de Nicole resonaban en su mente y, por primera vez en mucho tiempo, admitió que ella no se equivocaba. En circunstancias normales, ya debería estar casado. Pero nada en su vida se sentía normal. La presión de su madre, las expectativas, los constantes recordatorios de cómo debería ser su vida, todo lo habían empujado a hacer algo que jamás imaginó que haría. Si esto era lo que se necesitaba para finalmente librarse de ella,
—Buenas noches —dijo finalmente Gabriel después de que se hubieran quedado mirándose fijamente durante lo que parecieron horas interminables.—Ehm… ¿en qué puedo ayudarle? —logró responder Nicole. En secreto, agradeció que él rompiera el silencio, porque, sinceramente, se había quedado completamente en blanco. No tenía ni idea de qué decirle al hombre de un metro ochenta y ocho que estaba allí, con aire de seguridad, llenando el pequeño portal con su presencia.—¿Puedo hablar con usted? —preguntó con calma.Nicole frunció ligeramente el ceño, con una expresión de confusión en el rostro. No podía entender por qué un hombre como él, alguien que claramente irradiaba riqueza, poder e importancia, querría hablar con ella.“Yo… eh… lo siento, creo que se ha equivocado de dirección”, dijo con una risita nerviosa, esperando que eso pusiera fin al encuentro.—En realidad, estoy en la dirección correcta. ¿Puedo pasar? —respondió con naturalidad.Nicole no pudo ocultar la sorpresa que se reflejó
Tras un día estresante en el trabajo, Gabriel decidió que ya era hora de irse. Se tomó unos instantes para ordenar su escritorio, colocando los documentos en su sitio y asegurándose de que todo estuviera en orden, una costumbre que había adquirido con los años. Una vez satisfecho, cogió su chaqueta y salió de la oficina.En la entrada del edificio de la empresa, su chófer ya lo esperaba junto a un elegante Rolls Royce negro, erguido como siempre.—Buenas noches, señor —saludó cortésmente el chófer, abriéndole la puerta.Gabriel asintió brevemente en respuesta mientras subía al coche. En cuanto se acomodó en el asiento de cuero, se aflojó un poco la corbata y exhaló como si intentara liberarse del peso del día. Casi de inmediato, su teléfono empezó a sonar. Miró la identificación de la llamada y suspiró al ver que era su madre.No estaba preparado para su charla motivacional, no esta noche.Ignoró la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo. Mientras tanto, su chófer permaneció en s
Nicole se paró frente al espejo por última vez, observando su reflejo con atención. Quería convencerse de que estaba lista para el día. Sus pantalones negros de talle alto le quedaban perfectos en las caderas, la tela suave al tacto. Se ajustó la blusa gris de cuello alto, asegurándose de que se ajustara a su figura a la perfección, sin arrugas ni pliegues. Su bolso negro, colocado cuidadosamente sobre la cama, combinaba a la perfección con su atuendo, un pequeño pero satisfactorio detalle que apreciaba. Calzándose los tacones de aguja negros, caminó con un ligero toque por el suelo de la habitación, poniendo a prueba su equilibrio y elegancia. Respiró hondo, agarró el bolso y se dirigió hacia la puerta, sintiendo una oleada de emoción recorrer su cuerpo.Al salir de su edificio, Nicole aspiró el aire fresco y bullicioso de Nueva York. La ciudad siempre parecía rebosar de vida, pero hoy se sentía especialmente vibrante, casi eléctrica. No había ido de compras en casi dos semanas, su t
Gabriel estaba sentado solo en su espaciosa oficina, con la postura rígida pero la mente llena de pensamientos confusos. Las luces de la ciudad que se veían a través de los ventanales se desdibujaban en el fondo mientras su mente divagaba, sin ser invitada, hacia la única persona en la que tanto se esforzaba por no pensar: su exnovia, Ashley.Por mucho tiempo que pasara, ella siempre encontraba la manera de reaparecer cuando menos se lo esperaba.******** RECUERDO ********—¡Estoy harta de esto, Gabriel! —espetó Ashley con rabia, alzando la voz y con un tono cortante.Gabriel se quedó paralizado, parpadeando sorprendido. Acababa de llegar a casa del trabajo, exhausto y mentalmente agotado, y desde luego no se esperaba semejante bienvenida. Su repentino arrebato lo dejó atónito y desconcertado.—¿De qué estás hablando? —preguntó, visiblemente desconcertado.“¡Aaaah!”, exclamó Ashley, levantando las manos al aire con frustración.—¿Sigues sin entenderlo, verdad? —preguntó ella, claramen







