FAZER LOGINOLIVIASu voz no tenía reproche, y eso lo hizo mucho peor. Noah no me estaba pidiendo una promesa ni exigiendo que cambiara mi vida de una noche para otra. Solo quería una mañana conmigo, y ni siquiera eso fui capaz de darle.—Buenas noches, Noah —murmuré antes de salir de la habitación.Llegué a la mía, cerré la puerta y permanecí allí exactamente cuatro minutos antes de comprender que no iba a poder dormir.Volví sobre mis pasos.Noah abrió al primer toque y me miró con sorpresa.—Olivia.Levanté una mano antes de que pudiera decir algo más.—Olvidé algo.Su mirada bajó hacia mis manos vacías y después volvió a mi rostro.—¿Qué olvidaste?Había tenido cuatro minutos enteros para inventar una mentira decente.No había conseguido ninguna.—Dormir.Noah se quedó inmóvil unos segundos. Después sonrió de una manera tan suave que consiguió dejarme más expuesta que cualquier provocación anterior.Extendió una mano hacia mí.—Ven.La tomé.Noah me acercó despacio y me besó con una ternura q
OLIVIA Llegué a la mansión poco después de las once con la cabeza todavía llena de Camille, Valeria y las pruebas que apuntaban a William. Lo último que quería era verlo. Por eso encontrar a Noah solo en la sala me produjo un alivio que no estaba dispuesta a analizar. Estaba recostado en el sofá con una computadora sobre las piernas. Al escucharme entrar levantó la mirada y sonrió. —¿Qué haces aquí? —pregunté. Noah cerró la computadora. —Se supone que vivo aquí. —Se supone. En realidad siempre estás en tu penthouse. Se levantó y caminó hacia mí con esa tranquilidad que empezaba a reconocer como una forma particularmente efectiva de provocación. —Últimamente no. —¿Por qué? Noah se inclinó hasta quedar junto a mi oído. —Porque cuando estoy solo allí te extraño demasiado. Su respiración rozó mi piel. El calor me recorrió el cuello antes de que pudiera impedirlo. Apoyé una mano en su pecho y lo alejé. —Alguien podría vernos. Noah sonrió. —Mi padre está trabajando. No h
OLIVIADos horas después de que Noah saliera de mi oficina, Héctor apareció en la puerta con una expresión lo bastante seria como para borrar de mi cabeza cualquier pensamiento sobre Camille, sus mensajes y mis absurdos celos.—Valeria llegó —anunció Héctor.Dejé el documento que estaba revisando.—Hazla pasar.Valeria Vargas entró unos segundos después.No parecía la misma mujer segura que había conocido durante los ensayos. Llevaba el cabello recogido, poco maquillaje y sostenía el teléfono entre ambas manos con una fuerza que delataba sus nervios.Miró primero a Héctor.—¿Podemos hablar solas? —preguntó Valeria.Héctor buscó mi mirada.—Estaré afuera —dijo cuando asentí.Esperé a que cerrara la puerta antes de señalar la silla frente a mí.—Siéntate.Valeria negó suavemente.—Prefiero quedarme de pie.No insistí.Ella ya me había confesado que alguien le había pagado para faltar al desfile. Aquello no era nuevo.Lo que llevaba días esperando era un nombre.—Dijiste que habías descu
Olivia —Quédate con William, Olivia. Pero déjame a Noah en paz. La puerta se cerró detrás de Camille y me quedé mirando la madera con las manos apretadas sobre las piernas. Su advertencia no me asustaba, pero la forma en que pronunció su nombre me revolvió el estómago. Noah. Lo dijo suave, como si ya tuviera un lugar seguro a su lado. ¿Por qué demonios quería a Noah ahora? Esa pequeña arpía no daba una sola puntada sin hilo. ¿Qué carajos planeaba? Llevaba seis malditos años arrastrándose a escondidas en la cama de mi esposo, alimentándose de las sobras de William, ¿y ahora le parecía divertido ponerle las garras encima a su hijo? Sentí la bilis subiéndome por la garganta. La hipocresía de Camille era un veneno puro: primero se acostaba con el padre durante casi una década a mis espaldas, destrozándome la vida sin el menor remordimiento, y ahora que el imperio de William se tambaleaba, decidía que Noah era un excelente premio de consolación. Quería lo mío. Siempre había
Diana.Durante años consideré que espiar era una vulgaridad reservada a esposas inseguras, periodistas mediocres y gente con demasiado tiempo libre. Aquella mañana descubrí que también podía ejercerse como un deber maternal.Por supuesto, yo no estaba espiando; estaba observando.Noah no era el misterio. Mi problema era Olivia.Tenía la insoportable sospecha de que la devoción de mi hijo había dejado de ser unilateral. Olivia lo buscaba con la mirada; con prudencia, sí, pero cada vez que él entraba a una habitación, los ojos de ella lo encontraban antes de que su cabeza llegara a girarse. Y esa complicidad me resultaba intolerable.El chirrido de la puerta del taller cortó mis cavilaciones. Me incorporé en el asiento del Bentley, pero en lugar de Noah apareció un desconocido cargando una pesada caja de madera contra el pecho. Llevaba ropa de trabajo y una camisa gris arremangada hasta los codos que dejaba a la vista unos antebrazos firmes. No era un muchacho, pero distaba mucho de ser
OLIVIALa mañana después del desfile, encontré una fotografía de William besándome en la portada de una revista digital. Su ramo de flores ocupaba el centro de la imagen; el vestido que yo había diseñado apenas se distinguía.Cerré la página. Puerta Propia había recibido sus primeros pedidos, pero yo seguía sin saber quién había pagado para dejarme sin modelos. Una de ellas había prometido hablar conmigo aquella tarde. Hasta que lo hiciera, no podía demostrar que William hubiera intervenido.Camille llegó al taller poco antes del mediodía con una carpeta bajo el brazo. Se detuvo frente a mi escritorio sin esperar que la invitara a sentarse.—La propuesta corregida de Laurent Maison —dijo, dejándola sobre la mesa—. Necesitas una copia porque participas en la campaña.—Héctor la revisará. Anoche te vi hablando con William —respondí—. ¿Pasó algo después de la reunión?Camille me miró con una desconfianza que ni siquiera intentó ocultar.—Me pidió ayuda, resolví el problema y me dijo que







