MasukSalma se quedó mirándola durante largos segundos, estupefacta y con la boca completamente abierta. Luego dejó rápidamente lo que tenía entre las manos, como si hubiera perdido el apetito de repente.
"¿Mazen Al-Dahshan?... Yo lo conozco." Aquella breve frase captó la atención de Asia, que se incorporó de inmediato, expectante y concentrada. "¿De verdad lo conoces? ¿De dónde?" La otra soltó una breve carcajada ante la ingenuidad de su amiga. "No lo conozco personalmente... ¿Y quién no lo conoce? Su rostro apenas desaparece de los periódicos y las revistas económicas." La confusión se dibujó en el rostro de Asia, mientras Salma continuaba enumerando toda la información, grande o pequeña, que alguna vez había escuchado sobre él, como una niña pequeña hablando de su héroe de ensueño. "Es un empresario muy famoso, Asia. No sé exactamente a qué se dedica, pero cada cierto tiempo publican una noticia nueva sobre él, o anuncian algún acuerdo comercial, siempre acompañado de una fotografía impecable de su atractivo rostro." Guardó silencio durante unos segundos antes de continuar con aquel entusiasmo que despertaba la extrañeza de su amiga. "Dicen que construyó la mitad de su fortuna con sus propias manos antes de cumplir los cuarenta." Asia parpadeó varias veces con sus largas pestañas rubias, separando los labios por la sorpresa en un gesto involuntario. "¿Qué? ¿Cuarenta?... Qué mala suerte la tuya, Asia. El padre de mi hijo tiene la misma edad que mis padres. ¡Qué alegría!" "Cállate, idiota. No aparenta su edad... Además, la edad no significa nada frente a su atractivo. Incluso esas canas lo hacen más interesante. No puedo creer que de verdad no lo conozcas." Salma agitó la mano, descartando la idea. "No, ni siquiera quiero conocerlo. Nos llevamos quince años, aproximadamente. Casi podría tener la edad de sus hijos." "No, ¿no tiene hijos?... Su esposa aún no ha tenido ninguno. Se casaron hace nueve años." La otra soltó una carcajada, burlona. "Perfecto, conoces todas sus noticias... Entonces, ¿podrías averiguar cuántas veces bebe?" Por un instante, la expresión de Salma cambió. No sonrió ante aquella broma absurda. Permaneció en silencio durante unos segundos y luego dijo, con la mirada perdida: "Asia... La esposa de Mazen lo adora y es extremadamente celosa de él. Si llega a enterarse de esto, te matará." ❈-❈-❈ Se quedó a solas en su despacho de la empresa después de terminar la jornada laboral. Había completado todas sus tareas del día y, aun así, había pasado una hora entera desde la hora a la que debía marcharse sin que diera un solo paso hacia la salida. Se levantó lentamente, se quitó el abrigo del traje y se dirigió al gran sofá reservado para él, situado en un rincón apartado del despacho. Se dejó caer sobre él, intentando recuperar algo de descanso. No tenía ningún entusiasmo por regresar a casa. Allí lo esperaba la misma rutina de siempre, y aquel pesado silencio que se había instalado en el lugar. Sentía que toda su energía se había agotado por completo y que ya no era capaz de soportar más presión, especialmente mientras veía a Reem hundirse día tras día en una espiral de deterioro psicológico. Deseaba que ella pudiera liberarse de aquellos estándares que la sociedad había impuesto a las mujeres; de esa idea de que una familia feliz no está completa sin hijos. Él creía que aquello no era cierto, y jamás había formado parte de sus convicciones. Recordó los primeros años de su matrimonio, nueve años atrás, cuando tener hijos era lo último que preocupaba a Reem. No consideraba la maternidad una prioridad por la que mereciera sacrificar su esbelto cuerpo ni su exitosa carrera profesional como una modelo reconocida y destacada. "Señor, hay una mujer esperando para verlo desde hace más de una hora." La secretaria lo dijo con calma y profesionalidad después de llamar a la puerta y recibir permiso para entrar. Mazen se incorporó en su asiento y le preguntó: "¿Quién es?" "Dice que se llama Faten y que trabaja como enfermera en el Centro Especializado Al-Hayat, señor." En ese instante, la imagen se aclaró en su mente. Una enfermera... y del mismo centro. Sin duda, aquello tenía que ver con Reem. Dijo con frialdad: "Dile que me marché hace tiempo y que no te diste cuenta. Tú también puedes irte; ya es tarde." La secretaria vaciló antes de responder: "Pero insiste en que es algo de suma importancia, señor." Él levantó la mirada hacia ella, perdiendo la paciencia, y dijo con firmeza: "¿No has oído lo que te he dicho? Vete." ❈-❈-❈Asia se sentó en la silla de plástico pegada a la fría pared blanca, abrazando su pequeño bolso contra el pecho con ambos brazos. La sala de espera estaba casi vacía. Una mujer sentada al otro extremo de la sala miraba su teléfono, mientras una enfermera cruzaba de vez en cuando cargando algunos expedientes. Asia miró el reloj colgado sobre la puerta por una cantidad de veces que ya había perdido la cuenta. Pasaron apenas unos minutos. Pero le parecieron mucho más largos. Tenía los labios secos, así que los humedeció inconscientemente con la punta de la lengua. Luego volvió a mirar el suelo. Después, la puerta. Y finalmente, su teléfono, apagado dentro del bolso, que dudó en sacar. Desde que había salido de casa, había intentado no pensar. No quería pensar en ningún resultado ni en ninguna posibilidad. Solo quería seguir moviéndose. Hacer lo que había decidido. Llegar hasta allí. Terminar con aquello. Pero el problema era que el camino había terminado. Y ya no hab
.—Asia ha ido a abortar al bebé... a tu nieto.Mazen la miró con una furia tan intensa que casi parecía capaz de atravesarla con los ojos.—¿Estás loca?... ¿Y qué tenemos nosotros que ver con ella?Salma levantó directamente la cabeza hacia él, sin vacilar.—Porque es tu hijo.Mazen exhaló con fastidio.Las mismas palabras otra vez.¿Qué hijo?Fatima volvió la mirada entre ambos, completamente atónita. Sus ojos iban de un rostro al otro, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.—¿Qué estás diciendo?... Mazen, cálmate.Pero Salma no retrocedió.Sabía que el tiempo no estaba de su lado. Cada minuto que pasara podía hacer más difícil encontrar a Asia.Por eso habló rápidamente, con insistencia:—Señora... Asia está embarazada de su hijo. No estaba mintiendo. La inseminación se realizó por error, incluso sin que ella lo supiera... y ahora quiere deshacerse de él.Terminó de hablar respirando audiblemente.Pero el silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.Mazen perm
Aquellas palabras no llegaron a sus oídos como una propuesta pasajera que pudiera ignorar o posponer para más adelante. Se instalaron dentro de él de una manera que lo desconcertó.Era como si su madre hubiera abierto de repente una puerta que ni siquiera existía en sus planes.Durante los últimos días, había visto todo aquello como una acusación, un problema y un dolor de cabeza del que no quería acercarse. Pero la idea del niño en sí... nunca le había dado un espacio real dentro de su mente.En cambio, Fatima parecía contemplar el asunto desde una perspectiva completamente diferente.Bajó ligeramente la mirada y sus ojos se perdieron por un instante en un punto lejano.—¿Sabes cuántas veces he imaginado que hay un niño pequeño en esta casa?No esperó su respuesta.Las palabras salían de ella con calma, como si no estuviera hablándole únicamente a él, sino también a sí misma.Su voz se elevó ligeramente mientras continuaba:—¿Cuántas veces he comprado ropa de bebé solo para los hijos
❈-❈-❈Momentos después, una empleada entró llevando un vaso de zumo frío y lo colocó frente a la madre de Mazen, sobre la pequeña mesa situada frente a su escritorio.Hizo una ligera reverencia y se retiró con la misma tranquilidad con la que había entrado.La mujer le agradeció con una cálida sonrisa.Mientras tanto, Mazen se recostó en su sillón, frente a ella, se remangó y apoyó los antebrazos sobre el escritorio.La habitación estaba iluminada por una suave luz de oficina que se filtraba desde una ventana de cristal situada detrás de él. El silencio entre ambos llenaba el espacio con una familiaridad tranquila, interrumpida únicamente por los lentos sorbos que ella daba a su zumo.—¿No vas a decirme cuál es el motivo de esta visita, mamá?—Hijo, respeta a tu madre... Solo estaba haciéndome algunos análisis para controlar el azúcar y me encontré cerca de aquí.Ella dio otro pequeño sorbo de su zumo.Él permaneció en silencio, observándola.Ella parecía querer hablar, pero se detení
Salma estaba de pie frente a la puerta del apartamento de la tía de Asia, después de haberle pedido la dirección a su madre. Llamó a la puerta varias veces, y la preocupación había comenzado a apoderarse de ella desde el momento en que llegó al edificio. Durante todo el trayecto había intentado mostrarse racional y encontrar decenas de explicaciones lógicas que no dieran motivos para preocuparse. Quizá se había quedado dormida. Quizá había salido por alguna razón importante. Pero el problema era que su corazón no se creía ninguna de ellas. Conocía muy bien a Asia. Conocía su carácter y sabía cómo reaccionaba. La puerta se abrió y su tía la recibió llevando un pequeño paño de cocina en una mano. Sonrió al verla. —Hola, Salma. Salma le devolvió el saludo rápidamente, pero sus ojos se adelantaron a sus palabras y recorrieron el interior del apartamento de manera automática. Preguntó directamente: —¿Asia ha vuelto? La mujer frunció sus pobladas cejas, y la confusión apareció en
A la mañana siguiente, los pálidos rayos del sol inundaron la habitación casi vacía, dejando al descubierto la magnitud del cambio que había ocurrido en ella durante los últimos días. La mayor parte de los muebles que Asia estaba acostumbrada a ver en sus lugares había desaparecido. Solo quedaban algunas cajas apiladas junto a una de las paredes y una pequeña mesa en medio del amplio espacio, que ahora resultaba extrañamente vacío. Asia estaba de pie frente a un pequeño espejo que había colocado sobre el extremo de la mesa, contemplando su reflejo con el ceño ligeramente fruncido. Por tercera vez aproximadamente, intentó bajarse la blusa, pero la tela se detuvo a la altura de su abdomen ligeramente abultado, negándose a acomodarse como lo había hecho antes. Suspiró con fastidio mientras se miraba. Luego volvió a tirar del borde de la blusa con obstinación, como si intentara convencer a la tela de cambiar de opinión. Sin éxito. —Genial... murmuró con sarcasmo. —Hasta la ropa







