ANMELDEN—¿Cómo puedes pedirme que te crea, Diego? —respondió Ana Victoria con la voz temblorosa, sintiendo que el pecho se le oprimía de dolor al recordarlo besando a otra—. Me lastimaste de la peor manera. Me dijiste que me alejabas por mi bien, y al final estabas buscando consuelo en los brazos de tu enfermera. Diego la miró con los ojos anegados en lágrimas, sintiendo que el alma se le desarmaba. —Tienes toda la razón en dudar de mí, sé que fallé y que mis palabras ahorita no valen nada —dijo Diego con la voz rota, aferrándose a los reposabrazos con desesperación—. Pero sí, te amo. Te amo con todas mis fuerzas, Ana Victoria. Y te juro que haría cualquier cosa en este mundo con tal de borrar mi estupidez y recuperar tu confianza. A partir de ese día, las cosas no se resolvieron de la noche a la mañana, pero el panorama comenzó a cambiar lentamente. Los días pasaron y Diego se negaba rotundamente a regresar a Nueva York. Se había instalado temporalmente en un hotel junto a su padre, decid
Las primeras horas en Los Ángeles pasaron entre tazas de café caliente, abrazos silenciosos y la sensación extraña de estar volviendo a respirar después de una larga pesadilla. Ana Victoria se había instalado de nuevo en su antigua habitación, un espacio donde el tiempo parecía haberse detenido y donde cada póster o detalle en las paredes le recordaba a la chica que era antes de conocer a Diego. Estaba sentada en la orilla de la cama, con una cobija sobre los hombros, mirando por la ventana cómo el sol de la tarde comenzaba a teñir el cielo de tonos dorados y anaranjados. Su mamá, Victoria, entró a la habitación con una bandeja ligera y se sentó junto a ella con infinita paciencia. —Sé que el silencio pesa mucho al principio, mi amor —le dijo Victoria con voz suave, ofreciéndole un vaso de agua—, pero poco a poco vas a ver que el dolor va cediendo. Hiciste lo correcto al venirte. Aquí tienes tu vida, tu universidad y a nosotros, que daríamos lo que fuera por verte sonreír otra v
El golpe de realidad que se llevaron al ver el departamento vacío dejó a Diego completamente devastado. Todo el camino de regreso al penthouse fue un suplicio silencioso; él se quedó con la frente apoyada contra el cristal frío de la ventana, viendo pasar las calles de Nueva York sin decir una sola palabra, con el alma hecha trizas. En cuanto Alejandro lo ayudó a entrar de nuevo a la sala, el vacío del lugar se le vino encima con más fuerza que nunca. Todo seguía igual: el sitio en el sofá donde Camila solía dejar sus cosas, los cojines desacomodados, el silencio espeso que gritaba la ausencia de Ana Victoria. —Diego, hijo, tienes que tranquilizarte y descansar un poco —le dijo Alejandro con voz suave, acercándose a la silla de ruedas con preocupación—. Mañana vemos qué se puede hacer, pero en este estado... —¡Ya no hay nada que hacer, papá! —estalló Diego de repente, golpeando los reposabrazos con una rabia impotente, mientras las lágrimas se le escapaban sin control por las meji
El silencio en el penthouse se volvió todavía más pesado tras la marcha de Camila y la firme advertencia de Alejandro. Diego seguía con la mirada estática sobre sus propios muslos, sintiendo que cada segundo que pasaba sin saber de Ana Victoria era una condena peor que la propia parálisis que lo anclaba a la silla de ruedas. La culpa lo carcomía por dentro, devorándole los pensamientos y dejándolo sin una sola excusa a la cual aferrarse. —Papá... tengo que ir a buscarla —logró decir Diego al fin, rompiendo el mutismo con la voz temblorosa, levantando los ojos hacia Alejandro con una desesperación que bordeaba la locura—. Llevame al departamento donde vive Ana Victoria, te lo pido. Necesito verla, necesito explicarle que todo esto fue un error monumental, que Camila no significaba nada... Alejandro lo miró con dureza, cruzándose de brazos, aunque con un dejo de profunda lástima en el fondo de los ojos. No cabía duda de que su hijo había tocado fondo. —¿Explicarle qué, Diego? —le so
Las horas que siguieron a la partida de Camila transcurrieron en una dimensión donde el tiempo parecía haberse detenido. El penthouse era un mausoleo de silencios densos y sombras alargadas. Diego seguía inmóvil en el mismo lugar de la sala, con la espalda encorvada y los ojos hinchados por el llanto, consumido por un vacío tan profundo que le entumecía los huesos. Había perdido todo: el amor de Ana Victoria por su propia cobardía, y la compañía comprensiva de Camila por su incapacidad de soltar el pasado. Estaba solo, absolutamente solo, pagando la factura más alta por su terca soberbia. Fue en medio de ese panorama desolador cuando el ascensor privado emitió un leve sonido. Segundos después, la puerta se abrió y Alejandro entró al departamento. Había estado trabajando fuera durante todo el fin de semana y, al intentar llamar a su hijo y notar que no respondía, además de recibir la llamada de la agencia avisándole que la enfermera había renunciado de la noche a la mañana, decidió
El mundo pareció detenerse por completo. El beso entre Diego y Camila se interrumpió de golpe cuando el eco de un sollozo ahogado y cortante resonó en medio de la amplia sala. Diego giró la cabeza con brusquedad hacia la entrada, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas. Allí estaba ella. Ana Victoria. Con el rostro completamente desencajado, los ojos anegados en un llanto desbordado y las manos temblando de forma incontenible. Durante un segundo eterno, el silencio fue absoluto. Diego sintió que el alma se le caía al suelo; el pánico y la culpa lo golpearon con la fuerza de un huracán. Quiso abrir la boca, quiso decir su nombre, explicarle que las cosas no eran lo que parecían, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta, secas y dolorosas. Camila, por su parte, se apartó con rapidez de los brazos de Diego, sintiendo una punzada gigante de incomodidad y culpa al toparse con la mirada destrozada de la mujer que acababa de entrar. Bajó la cabeza, dándose cue







